Correr, correr, correr y correr.

John corría de su desgracia. Pero no le sería muy útil; había escogido el bando equivocado.

Bajo el cielo teñido de depresivo azul, pero oculto tras voluptuosos nubarrones grises, él escapaba de todo mal que había provocado.

Corriendo, la llanura que yacía bajo sus desesperados pies se convirtió repentinamente en La Ciudad Abandonada, destruida por su bando. Entró y desaceleró el paso.

Llegaba al centro de la ciudad cuando una tormenta negra se le acercó, girando sobre sí misma. John abrió grande los ojos y se metió en el primer edificio que vio, bajó al sótano y ahí permaneció temblando. La nube lo había alcanzado, pues la lluvia lo empapaba.

Segundos más tarde, un hada apareció.

—¿Qué quieres ahora?—gritó John por sobre los rayos, con las mejillas enrojecidas de cólera—.¡No me acoses!

El hada, pasiva como bondadosa, contestó.

—Tu rendición. Sabes que has obrado mal, y que morirás si no ganas esta guerra. Sin embargo, no quiero que ganes, sabes que mi lado merece ganar. Pero no puedes ocultarte de tu desgracia.

— ¿Y tú qué sabes? ¡Ahora mismo me ocultaré y ni el peor de los males podrá encontrarme!—escupió.

Acto seguido, salió corriendo y subió las escaleras cual rayo. Pero el hada lo perseguía bien de cerca. Y estaba en la cima de un gran rascacielos. Entonces, debía saltar al rascacielos gemelo.

Correr, correr, correr, saltar, volar, volar, caer y... seguir corriendo.

Lo había conseguido, y las hadas jamás volaban tan lejos del piso. Ahora sólo quedaba volverse a ocultar.

El esqueleto del edificio, el cual rebosaba de mugre y arañas, estaba lleno de recovecos perfectos para esconderse... de haber tenido tres años ¡Maldición! ¿Por qué tenía dieciocho? ¿Por qué era un adulto, ya? ¿Por qué mierda había aceptado destruir su juventud para ayudar a esa gente? Se quedó llorando en el frío piso de mármol, que alguna vez había sido blanco y puro. Al igual que él.

En ese momento, sus lágrimas se iluminaron, coloreando su cara. El hada.

—John, sabes muy bien que ese trato con ellos estuvo mal. —Continuó compasiva— ¿Dañar todo el planeta por tu propia riqueza? No, deberías enmendarlo. Corrompiste tu alma; no corrompas las nuestras. Seré sencilla: necesito que te sacrifiques o ellos ganarán. ¿Cómo? Pues, todo contrato mágico puede ser contrapuesto con una intención contrapuesta ¿Verdad? Si tu intención entonces es salvarnos, y no salvarte, al sacrificarte contrapondrías tus intenciones anteriores.

—No puedo.

—Sí puedes. No me gusta sacrificar gente, pero es necesario; si no mueres, moriremos. Medítalo.

Titubeó por un rato, hasta que se decidió. Lentamente se paró, caminó hasta la punta del rascacielos y mirando abajo, se aferró a la pulsera de su fallecida hermana. Fallecida por su culpa.

Dio un paso y, junto con una lágrima salada, se lanzó al infinito.

El cielo se despejó.

Una semana después, los males habían sido erradicados de la Tierra.

John, héroe y villano, no lo había hecho tan mal al final.

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