Aterrizo torpemente sobre la azotea y ruedo sobre la gravilla para amortiguar el golpe. En cuanto consigo recobrar el equilibrio y ponerme en pie, me giro sobre mis talones y observo el rascacielos adyacente.

—¡Lo he conseguido! —aúllo victoriosa—. Has visto, ¿Fae? ¡He volado!

—No —responde la pequeña hada con gesto contrariado—. No has volado. Has saltado de un edificio a otro. Eso no es volar.

—Bueno… —Me dispongo a replicar, al tiempo que me quito el polvo de los pantalones a manotazos—. Es casi lo mismo.

Fae me lanza una de sus miradas fulminantes. Su pequeño y torneado cuerpo emite rápidos destellos de azul verdoso. Aunque trata de mostrarse enfadada, se alegra de mi logro.

—Ariel —empieza a decir con semblante serio—. Tienes que tomártelo en serio, es casi tu decimosexto cumpleaños. Ya sabes lo que eso significa, tienes que estar preparada.

Durante unos segundos mira hacia el horizonte, hacia las tierras tenebrosas, con el ceño fruncido.

—Fae, ¿es cierto? —pregunto en voz baja—. ¿Son verdad todas las historias que cuentan los ancianos? En la Oscuridad habitan… ¿monstruos?

—Sí —responde al cabo de un instante, y el color de su aura cambia a un violeta pálido—. Son demonios. Necesitan la luz para vivir, pero su propia existencia destruye esa luz. Por eso se alimentan de la vida de nuestro reino. Es su propia naturaleza, no es su culpa. Pero debemos hacerles frente —dice clavando sus ojos en los míos—. Debemos luchar.

—Y, ¿los humanos? —Normalmente Fae no se muestra tan comunicativa, por lo que intento sonsacarle algo más de información—. ¿No podrían ellos ayudarnos?

—Aquí, en estos enormes edificios de piedra y metal —dice golpeando el suelo con sus talones—, viven decenas de familias humanas. Completamente ajenas a la guerra que nosotros libramos. No —susurra pensativa—, no pueden ayudarnos.

—Pero a lo mejor nosotros los Perkel podríamos…

—¡Basta de cháchara, jovencita! —Me corta con tono airado, su luz refulgiendo con tonos rojizos.

Con un rápido gesto de sus manos señala al siguiente rascacielos, a unos 500 metros. En el aire marca con una luz naranja la trayectoria de vuelo que debo seguir. La fina línea dibuja una parábola que llega hasta el tejado y luego cae en picado. Es difícil, pero puedo hacerlo. Me concentro y cojo carrerilla.

—¡Espera! —Me detiene antes de que dé el primer paso—. No corras. Consiste en concentrar tu energía y volar. No debes tomar impulso. Haz que tu luz sea ese impulso. Sé que eres capaz de saltar —dice apoyando su pequeña mano en mi hombro—. Demuéstrame que eres capaz de canalizar tu fuerza. Demuéstrame que estás preparada.

Sin mediar palabra empiezo a concentrarme. Busco la luz en mi interior y una vez la tengo localizada la dejo salir a la superficie. En pequeñas cantidades al principio y a borbollones después. El impulso me lanza por los aires hacia mi destino. Debo estar preparada.

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