—¡Cógelo! —gritó Liam. Y yo lo cogí.

Él era mi mejor amigo desde que se mudó al piso de al lado. Estudiábamos en el mismo colegio y él se inventaba nuevos caminos a todas partes. A su lado mi infancia fue más rica. Y aún ahora, en el instituto, seguía siéndolo.

Miré mi mano, que sujetaba una pelota de golf. Me reí, jadeante, pletórico por haber escapado de unos pandilleros. Liam siempre había estado un poco loco.

Levanté los ojos y supe que el loco era yo.

Sus ojos marrones brillaban, dorados. Su piel resplandecía y su cabello, de pronto largo hasta su cintura, ondeaba como las ramas de un sauce al viento. Destacaba sobre los grises y azules del callejón sombrío en el que nos habíamos metido. Pero lo que más llamaba la atención eran sus alas. Eran enormes, estilizadas, con irisaciones verdosas. Era hipnótico.

—¿Te gusta? —pronunció sin esconder cuánto se divertía. Incluso su voz había cambiado. Ahora era más melódica y grave. Quería decirle algo. Preguntar, gritar. Tocarle. O incluso huir. Estaba paralizado.

Él se acercó y cogió la pelota de mi mano.

—Así será más fácil —dijo con el semblante serio—. Proteger a un ciego del mundo oculto puede ser agotador. —Una sombra le cruzó el rostro—. Además, así me ayudarás —añadió con una sonrisa.

Me sorprendí cuando mis labios se movieron para responderle.

—¿Qué necesitas que haga? —sonreí. Me sentía invencible.

—¡Corre!

Subimos a una velocidad de vértigo por la escalera de incendios de aquel edificio que parecía no tener fin. Miré abajo para comprobar que nos perseguían tres figuras oscuras. Supe por instinto que eran los pandilleros que nos seguían hace un rato, aunque su aspecto había cambiado. Eran más altos y desgarbados, pálidos. Sus largos dedos acababan en garras que usaban para auparse por la pared. Poco a poco iban cogiendo terreno.

—Si te lo preguntas, eso son vampiros —me dijo sin dejar de correr.

—¿Por qué nos persiguen?

—Digamos…. Que les debo algo —sonrió mientras se llevaba la mano al bolsillo —. Ahora salta —terminó, arrastrándome de la mano.

Cerré los ojos mientras saltábamos de nuevo hacia la calle, diez pisos más abajo. Sentí un choque leve. Volví a abrir los ojos. La panorámica de la ciudad de noche me golpeó. Estábamos en la azotea. Liam sonreía.

—Eso… ha molado —le dije mientras contenía una risa histérica, borracha de magia.

—Lo sé —respondió ausente. Calculaba nuestras posibilidades de huir. —Necesito que confíes en mí y saltes hasta allí —añadió señalando al edificio de enfrente.

—Son dos rascacielos con una avenida en medio. Es imposible.

—¿Sabes qué es imposible también? Que nos enfrentemos a un grupo de vampiros en plena noche y salgamos vivos.

—Acepto barco —suspiré.

Sentí una patada en el trasero. Y me precipité al vacío. Golpeé suavemente un colchón de muelles, el de mi cama, tentado de pensar que todo había sido un sueño.

Pero sabía que mi viejo amigo, sin piedad, me había hechizado.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Te contesto aquí la evaluación que hiciste a mi comentario. En él me dijiste que me equivocaba al decirte que "sonreír" es un verbo no _dicendi_ porque es una excepción, pero no es cierto. Los verbos de habla se caracterizan por ser transitivos (él dijo eso) y sonreír es intransitivo. No se puede decir "él sonrió eso (el diálogo)". Tú lo que querías decir, tal y como me indicaste, es que "él dijo eso sonriendo". Como ves no es lo mismo, y lo correcto será ponerlo como este último ejemplo o "dijo mientras sonreía", pero "sonrió" solo como _dicendi_ no. He intentado buscar documentación de dónde has visto que es una excepción y no he encontrado nada. O sea que aunque veas en un blog que sí funciona como _dicendi_ gramaticalmente no tiene ningún sentido y sería erróneo usarlo como tal. Tiene que puntuarse como un verbo no _dicendi_, que es lo que es :) Espero que te ayude mi explicación.

  • Hola. ¿Estas segura de que este comentario es para mi? De verdad, no me suena haber hablado con nadie a ese respecto. Aunque tu explicación mola mucho y de hecho yo utilizo ese verbo y creo que lo puntúo como dicendi, así que la corrección me resulta útil.

  • Ay, cierto! Me he confundido de relato D: como vi el «sonreír» de pasada en tu relato pensé que fuiste tú. Me alegro al menos de que la confusión fuese útil!


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