Con su abundante melena coloreada de un pálido bermellón, el joven principe, heredero al trono de los Swartalfr, salta de rascacielo en rascacielo por todo el Distrito de Metztli. Acompañado por la mirada vigilante de la luna, y de su fiel amigo de infancia.

—¿Cuántas atrapaste, Xiuq?

—Tres

—¿Solo tres? —El principe suelta una carcajada, ganándose una mirada vacía por parte de Xiuq—.Yo por otro lado, mi querido amigo, he conseguido siete.

—Bueno, no todos somos grandes cazadores de hadas.

—Ciertamente no hay nadie que se me compare —responde el aludido, hinchado de orgullo—.Pronto mi colección será tan grande que todos me envidiaran.

—Dudo que eso suceda, alteza.

—¿Por qué lo dices?

—Me temo, que nadie comparte la misma afición que usted, en cuanto a mi, yo solo me limito a ayudarle.

—Tal vez, pero cuando todo el reino vea mi colección de hadas embalsamadas, ellos tambien querrán cazarlas.

Tras un silencio de escasos segundos, Xiuq, se atrevió a formular la pregunta que yacía en su mente.

—¿Por qué hadas? Si me permite preguntar.

El principe, deteniéndose en lo alto de un edificio destartalado, esboza una sonrisa mirando hacia el cielo.

—Porque me gustan.

—Pero, ¿por qué las caza?

—¿Debe existir un motivo en concreto?

—No, supongo que no —responde Xiuq dudoso.

El principe al notarlo, suelta un suspiro cansado.

—Mira, no tienes que darle tantas vueltas al asunto. Cuando algo te gusta lo quieres para ti, ¡así de simple! Lo quieres tanto y a su vez lo odias.

—Quieres decir, ¿que es algo que te gusta y por eso quieres destruirlo?

—Exacto —El principe satisfecho saca una hada de su bolsa de caza—.¿Lo ves? Es hermosa, pequeña y perfecta, todo un deleite para la vista, tanto, que me dan ganas de arrancarle las alas y ahogarla en bálsamo para conservarla en un rincón de mis aposentos para siempre mirarla. Ahora ¡Continuemos! que la noche es joven, y hay muchas hadas que cazar, sin mencionar el olor penetrante del petróleo que irrita mi nariz.

No obstante, Xiuq, haciendo caso omiso a sus palabras, se queda plantado en el mismo lugar repitiendo para sí mismo:

Es algo que te gusta, por eso quieres destruirlo.

El principe, notando que esta siendo ignorado, le da la espalda dispuesto a continuar su marcha con o sin él, sin embargo, las palabras pronunciadas por su amigo le detuvieron.

—Usted me gusta. No, tú me gustas.

El aludido gira sobre sí mismo para darle la cara, pero apenas le da tiempo a reaccionar, cuando un tubo de metal lo golpea de lleno en la cara.

—Lo que te gusta lo destruyes, es lo que haces, lo que me has explicado, ¿no?

El principe sin poder responder, lo mira desde abajo aterrorizado.

—¿Porque me miras así? Tú me gustas y te quiero para mi, por eso te destruirte y contigo me quedare. Porque prefiero destruirte y tenerte embalsamado que dejarte a otros. De no ser por ti, jamás lo habría comprendido.

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