—Una cosa es el _parkhour_ y otra muy distinta esto —dije abriendo los brazos, como si así señalara la enorme distancia que había entre los dos edificios.
—Lo que importa es que puedes hacerlo. Visualiza el objetivo, corre, salta y no te mates.
—Lo intentaré. —Notaba la boca seca, las manos me sudaban y me sorprendí haciendo caso a aquella chica morena, con pecas y tan guapa. Visto con algo de perspectiva, tal vez fuera una estupidez saltar entre dos edificios porque una tipa con alas a la que acababa de conocer me animaba a ello tras convencerme de que era pieza fundamental en una guerra secreta entre el bien y el mal que llevaba librándose años en un microuniverso que está contenido en este, pero salté.
—¡Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes! —gritó divertida.
Intentaba asimilar que la había conocido esa misma mañana, en la puerta del instituto. Intentaba recordar en qué momento me convenció de que era un hada, y cuándo me creí lo de que era una especie de Elegido…
El salto se me hizo eterno y las sensaciones no fueron para nada parecidas a cuando hacía _parkhour_. Cuando vi que lo conseguiría con cierta facilidad comencé a preparar el aterrizaje. Fue con el pie izquierdo. Lo apoyé, el tobillo se dobló y caí sobre un costado para, después, rodar hasta parar contra un pequeño muro. Rezaba por que la cazadora no tuviera ningún roto. ¿Cómo no se me ocurrió saltar sin ella?
—Lo has hecho horrible, pero aprenderás. Eres el único al que no he tenido que rescatar en el primer salto. —Ella ya estaba de pie, frente a mí, sonriendo y con los brazos en jarras.
—¿Cómo…?
—¿Cómo he pasado de un edificio a otro? Volando. También lo aprenderás. Lo bueno de volar es que la gente no suele mirar hacia arriba. Están demasiado ocupados mirando los móviles, o sus zapatos, o por dónde pisan. Juro que no voy a entender nunca a los humanos.
»Tienes potencial, así que continuaremos tu entrenamiento en mi mundo. Bastará con que abramos un portal con las runas que llevo en este saquito —dijo meneando una bolsa de tela—. Además, aprenderás a pelear cuerpo a cuerpo y con diferentes armas, y a montar Quelibates. Será divertido.
—¿Todas las hadas son como tú?
—Cariño, ningún hada es como yo. Conmigo te ha tocado el premio gordo.
—Me encantaría abrazar mi destino y todo eso, pero tengo que volver a la hora de la cena para la fiesta de mi hermana —objeté.
—Lo más probable es que hayamos salvado el mundo para esa hora. Ya te he dicho que vamos a otro plano de existencia. El tiempo seguirá transcurriendo en el tuyo, pero a una velocidad muy inferior respecto al mío.
—En esa fiesta estará mi exnovia.
—¿Y quieres que vaya para ponerla celosa?
—No quiero que la pongas celosa. Quiero que seas mi pareja.
—¿Mestizaje? Las hadas lo tenemos terminantemente prohibido.
—¿Entonces…?
—Me apunto.

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