Era más de media noche cuando llegó a la dirección que le habían dado. Piso 32, puerta 203. Llamó. No hubo respuesta. Miró a su alrededor, nervioso, temiendo que le hubiesen tendido una trampa. Sabía que su compañero andaba cerca, pero con los cazadores todas las precauciones eran pocas. La puerta se entreabrió súbitamente y una mujer joven lo miró con suspicacia a través de la ranura.

—¿Quién eres? No te conozco.

—Me dijeron que podía venir aquí —se apresuró a decir—. Necesito una poción.

—Ya veo. —No parecía convencida del todo—. ¿Tienes dinero?

El chico asintió y la mujer se retiró para dejarle pasar. El piso era pequeño, con las paredes repletas de estantes en los que brillaban cristales de colores, botellas retorcidas y cajitas con etiquetas amarillentas. Al fondo había un gran ventanal entre cuyas cortinas se filtraban las luces de la ciudad. La puerta se cerró a sus espaldas y la mujer le invitó a sentarse. Al volverse le sorprendió el cambio que había experimentado su rostro. La piel pálida había adquirido el color del musgo. Sus rasgos se habían alargado. Las orejas eran ahora más grandes y puntiagudas y sus ojos, antes oscuros, se habían vuelto dorados. El hada se sentó frente a él, todavía recelosa.

—Bien, ¿qué es lo que buscas?

El muchacho le tendió un papel, que ella leyó con el ceño fruncido.

—¿Una poción de sangre sintética? ¿Para qué necesitas algo así? –inquirió.

—Para un amigo. Hoy día no sabes quién puede tener la sangre envenenada. —Se estaba impacientando—. ¿La tienes o no?

—La tengo, pero te saldrá cara.

—No me importa. Yo...

Calló. Había oído algo. Una especie de chasquido metálico, en la habitación contigua. Saltó a un lado por puro instinto de modo que, cuando la puerta se abrió de par en par, el dardo de plata fue a clavarse en el respaldo de su silla. Dos cazadores entraron de sopetón con las ballestas en ristre. El hada se apresuró a esconderse bajo la mesa y él miró a su alrededor, desesperado. La puerta estaba fuera de su alcance. Sólo había una salida. Cogió una de las sillas y, esquivando un segundo dardo que le pasó rozando el hombro, la lanzó contra el ventanal. El cristal se hizo añicos, dejando entrar un fuerte viento que inundó la habitación. El edificio más próximo estaba a unos veinte metros, pero tenía que intentarlo. Corrió hacia el abismo y se impulsó con todas sus fuerzas. En mitad de su salto, notó cómo un tercer dardo se le clavaba en el muslo. Extendió el brazo tratando de rozar con sus dedos la superficie de cemento. Demasiado lejos. No iba a llegar. Entonces una mano surgió de la nada y frenó su caída. Miró hacia arriba y vio a su compañero, el vampiro, colgando bocabajo de uno de los balcones de la fachada.

—Buen salto, colega. –Sonrió con resignación—. Parece que tendremos que buscarnos otro proveedor.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar