El aire me golpea la cara al abrir la puerta de la azotea. En la calle, ochenta plantas más abajo, corría una leve brisa pero aquí arriba parece un huracán.

—¡Rápido! —grita Lhara—. El tiempo se agota.

Sigo a la pequeña hada hasta la barandilla que delimita la zona segura de la azotea. Miro hacia abajo y me flaquean las rodillas. Las personas son simples puntos del tamaño de un grano de arroz.

—No te quedes ahí parada, nos esperan.

Esta mañana al levantarme me había quejado de la rutina de un día normal. Casa, instituto , gimnasio… Hasta que llegué a comer y me encontré la pequeña hada revoloteando por mí casa.

—Te esperaba, Lidia —dijo cuando entré por la puerta—. Todas te esperamos en casa…

Los recuerdos de mi vida anterior, antes del destierro, llegaron en tromba e hicieron que me marease. La guerra, las muertes, el pacto que hice a escondidas y la expulsión del mundo mágico cuando la reina descubrió este.

—Ahora soy una humana más. Esta es mi casa —respondí—. Además, no podría volver aunque quisiera. Y tengo una familia...

El hada se posó en mi mano.

—La reina ha muerto, el destierro ha sido anulado y el portal se ha abierto. Todas esperábamos este momento.

Me quedé sin palabras.

—No puedo volver. La nueva reina tampoco me perdonará haber pactado con los trolls.

Lhara se colocó frente a mi cara.

—Salvaste el reino mágico. Seguimos vivos gracias a ese pacto. Por eso te hemos elegido como nueva reina.

—¡Tienes que saltar ya! —grita el hada.

Miro hacia donde señala Lhara, al edificio de enfrente, sin lograr ver nada.

—¿Y el portal?

Me observa extrañada.

—¿No lo ves? Esta aquí —comienza a revolotear en círculos alrededor de la nada.

—Ahí solo hay una caída de cientos de metros…

Lhara se acerca hasta mí y mira hacia el otro edificio.

—Será por tu forma humana. Espera…

Vuela frente a mis ojos soltando un polvo brillante que me hace estornudar.

Cuando vuelvo a abrir los ojos lo veo. Un remolino violeta flota frente a mí, entre los dos edificios.

—¡Lo veo! —grito ilusionada. Al final voy a poder volver a casa.

El remolino parpadea y se encoge un poco.

—¡Se cierra, date prisa!

Paso la barandilla de seguridad y miro los pocos centímetros que me separan del borde.

—No puedo coger impulso, está muy lejos.

Vuelvo a la zona segura de la azotea y busco algo que me sirva para darme impulso. Veo lo que parece una plataforma de madera y la arrastro hasta la barandilla para usarla de rampa.

La apoyo y me voy hasta el centro de la azotea. Corro con todas mis fuerzas y salto hacia el portal. Todo se ralentiza. Lo veo acercarse, voy a llegar sin problemas. Vuelve a parpadear a pocos metros de mí y se cierra.

La próxima terraza queda demasiado lejos. Veo a Lhara mirarme con cara de pánico antes de empezar a caer.

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