Maggie levantó la vista de los apuntes. Estaba rodeada de libros, subrayadores y latas de Monster. Las líneas se juntaban ante sus ojos y se volvían tornasol. Fue a echar un trago de la bebida, pero estaba vacía, así que salió del cuarto. Descendió hasta la cocina y abrió la nevera. Su madre estaba sentada viendo una telenovela.

—¿Cómo lo llevas?

La muchacha se dejó caer en la silla de enfrente con un brik de zumo.

—No lo sé, mamá. Siento mucha presión. —Le dio un largo sorbo, conteniendo las lágrimas—. Mis compañeros de clase ya están mandando solicitudes a las unis y yo aún no sé si quiero estudiar en una normal o una mágica.

—Cariño, no pienses en eso ahora. Primero aprueba los exámenes finales.

—¿Cómo pudiste decidirte tú? Por una parte querría estudiar Medicina, pero siento el deber de utilizar mi don.

—Yo estudié en la universidad mágica porque mis padres no pudieron hacerlo. —Su madre sonrió—. Estaban demasiado ocupados en sobrevivir durante la segunda guerra mundial.

—Gracias —susurró antes de volver a su habitación.

Se centró en los apuntes, pero su mente continuaba dando vueltas. Su vista se desvió hacia la ventana y recorrió los edificios tratando de decidir qué esperaba de ella su ciudad. Pronto una figura tomó su atención: una mujer estaba en la azotea de un rascacielos cercano. Se mantenía con un precario equilibrio cerca del abismo. De manera instintiva abrió la ventana y subió al alféizar. Desde la acera nadie apreciaría que en la planta vigesimoséptima una chica brillaba en un halo de rayos solares.

Sus orejas se afilaron, un par de alas de mariposa verdes atravesaron su camiseta, y su pelo se tornó de ese color. Entonces saltó hacia el rascacielos donde la mujer se debatía entre las alturas.

—No lo haga, por favor.

La señora tenía los ojos cerrados. Tampoco hubiese visto nada más que una adolescente, una ilusión protegía la identidad de Maggie.

—Vete, no lo entiendes.

—Por favor, quiero ayudarla.

La muchacha utilizó su poder empático para calmarla.

Pero sus dudas quebraron la conexión. La mujer avanzó y se dejó caer, y Maggie se lanzó tras ella. Descendían a toda velocidad, con el viento golpeándoles la cara. Sus alas de hada no podían cargar con ambas. No tenía tiempo, las dos morirían. Se concentró en su poder alquímico. Con un intercambio entre materia crearía un paracaídas. ¿Cuánta masa necesitaba para ello? Decidió que con un brazo sería suficiente.

Llegaron con suavidad al suelo mientras los transeúntes seguían ajenos a la magia. La mujer abrió los ojos y la miró, pero fue incapaz de ver que Maggie estaba mutilada a la altura del hombro.

—¡No te había pedido que me salvases! —gritó iracunda antes de marcharse.

Maggie llegó sangrando hasta su casa. Abrió la puerta con la mano que le quedaba y fue hasta la cocina. Su madre la miró aterrorizada.

—Mamá, lo he decidido. Estudiaré en la universidad mágica. Os ayudaré, los exterminaremos a todos.

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