Mara subía los escalones casi de tres en tres. Aún tenía en la cabeza la promesa del hada: «Haremos que tengáis tanto poder como ellos. Todo gracias a nuestra alianza entre hermanas».

¿Podía creerla? Deseaba hacerlo. Al menos no todos los días una se encuentra con un hada auténtica: diminuta, alada, rubia, sonriente y con un saquito de polvos mágicos.

Corre hacia la terraza. Una vez allí te daré instrucciones.

Sin dudarlo, llevada por una intuición, Mara abandonó los pisos inferiores del rascacielos, dejando atrás la humedad enfermiza, la penumbra asfixiante. «Son los niveles más seguros», decían ellos. «Allí, entre el piso diez y el veinte, estáis a salvo tanto de las olas del océano como de los vientos salvajes de arriba». Pero, ¿cuántas semanas habían pasado desde el último huracán?

Llegó a la azotea exhausta. Aun así tuvo fuerzas para abrir la puerta de un empellón. Un sol desnudo la cegó.

—¿Qué haces aquí? Largo, baja. Esto no es seguro.

«Antes no era así. Antes podíamos subir», pensó.

—No. Tengo que mostraros algo.

Lágrimas surcaban sus mejillas, rabia diluida en deslumbramiento.

—Baja —dijo él, firme—. Las chicas debéis manteneros a cubierto. En cualquier momento se puede alzar el viento…

—Debemos seguir encerradas, ¿no? Como ganado —los ojos se le estaban aclimatando al sol. Reconoció al chico que le bloqueaba el paso: Pablo, un neoadulto de apenas dieciséis años—. ¿Me lo vas a impedir tú, Pablito?

El chico se movió inquieto, desplazando su peso de un pie a otro.

—Sí.

—Ya, claro. Y yo debo regresar al interior. Mientras tanto vosotros, los fuertes, los osados, los prescindibles, cabalgáis los dirigibles. —Mara señaló al muelle y las naves, algunos metros más allá—. Voláis de rascacielos en rascacielos comerciando, entablando relaciones… alianzas.

—Mara, es la ley. Desde que el mundo se inundó velamos por vosotras. Nos arriesgamos para que vosotras no tengáis que hacerlo.

—¿Ah, sí? Pues se acabó.

Bien. ¡Ahora! —susurró una voz aguda a su oído—. Corre hacia el borde del edificio.

Por un instante Mara dudó. ¿Le estaba pidiendo el hada que saltara al abismo? Podía escuchar el mar, centenares de metros más abajo.

No temas. Obedece.

«Debo confiar», pensó. Tomando por sorpresa a Pablo, pasó a su lado y se abalanzó hacia el precipicio.

Bien, así.

Mara saltó. Lo hizo con todas sus fuerzas. Confiaba en el hada, en la alianza que habían sellado: ella con su sangre, el hada con el icor verdoso que fluía por sus venas.

Perfecto —musitó el hada envolviendo a la muchacha en una nube de invisibles polvos dorados.

Para asombro de Pablo y de la propia Mara, la chica no cayó sino que se elevó.

—Sí. Ahora nosotras viajaremos. ¡Sin vosotros!

Mara volaba, eufórica.

En los pisos inferiores, inmersos en oscura humedad, se reunieron hadas, duendes, djinns, ninfas, onis, gnomos, exús, ojáncanos, caaporáes, kappas… Un hada habló:

Todo marcha como planeamos. Empieza la segunda fase: volveremos a dominar este plano.

Y sonrió con una mueca llena de dientes.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Wolfdux @Wolfdux 4 years ago

    La fantasía urbana juvenil se te ha atragantado igual que a mí, ¿eh? Me quedo con el inicio del relato, me encanta.


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