_El tiempo pasa diferente entre mundos._

El sol ya se había puesto tras la marea de edificios que inundaba la ciudad. Oberon arrastraba los pies por la calle, sus ideas sucediéndose con rapidez, atropellándose unas a otras. Por más que lo intentaba le era imposible dejar de darle vueltas a aquello. Un destello iluminó la calle. Levantó la vista, a tiempo para ver el coche que pasaba a toda velocidad junto a él. Pero sus ojos se habían frenado un poco más lejos.

_Se dice que para pasar de un mundo a otro debes tocar a un hada._

Decidió girar la esquina, movido por una vaga curiosidad. Contra todo pronóstico, no se asombró al encontrar una pequeña llama azulada danzando a metro y medio sobre el suelo. Algo en su interior le obligaba a aproximarse, sin poder apartar la mirada de ese fuego fatuo. Con cada paso la llama se alejaba un poco más, la curiosidad convirtiéndose en una atropellada persecución en un laberinto infinito de calles.

_Espíritus de la naturaleza que habitan un mundo invisible a nuestros ojos._

La llama se detuvo. Detrás, un imponente rascacielos se perdía en las alturas. Y aún más atrás quedaban los pensamientos que habían atormentado a Oberon minutos antes, sustituidos por el ciego deseo de atrapar a esa aparición. Por eso, cuando la llama comenzó a ascender por el hueco de las escaleras, Oberon ni siquiera dudó al pulsar el botón del último piso del ascensor.

_Un mundo en el que un instante equivale a miles de años en el nuestro._

Las puertas se abrieron, mostrando el esplendor de la ciudad poco después del ocaso; farolas apagadas, edificios grisáceos contra el horizonte anaranjado. Oberon avanzaba por inercia, recortando distancia con la llama, que flotaba justo encima del abismo. Su mirada perdida en ese fuego, que se resistía a sucumbir ante la creciente oscuridad.

_Existen multitud de leyendas sobre las hadas, pero todas coinciden en una cosa..._

En las llamas azuladas se adivinaba una diminuta forma femenina, hecha del fuego mismo, devolviéndole la mirada con una sonrisa pícara. La difusa silueta aparecía y desaparecía al son del crepitar de las llamas, mientras se alejaba hacia otro de los rascacielos de la ciudad. Apenas unos segundos y Oberon estaba en el aire, tratando de alcanzar el siguiente rascacielos con un salto desesperado.

_Las hadas no son buenas._

Su mano se cerró en torno a la pierna de la etérea criatura, pero el aire se escapó entre sus dedos. En el instante en el que rozó al espíritu aparecieron ante sus ojos extrañas criaturas surcando el cielo, deslizándose entre los edificios. Y cientos de hadas, todas observándole. Las lenguas de fuego lamieron sus dedos una última vez, y Oberon volvió a nuestro mundo. Las enredaderas cubrían los edificios, ahora en ruinas; la naturaleza se abría paso entre los escombros. El sol era unos miles de años más viejo, mientras el viento arrastraba el polvo que una vez tuvo el nombre de Oberon.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS 4 years ago

    He tenido la suerte de comentar este texto y de disfrutar leyéndolo desde la primera frase, que ya me encandiló. Es un relato con una belleza especial en el que dos historias se mezclan para tejer una fantasía delicada y evocadora. Sólo quería darte la enhorabuena una vez más. Espero seguir descubriendo relatos tuyos tan geniales como este :)


Tienes que estar registrado para poder comentar