Nada más extinguirse en el aire la última nota, la sala estalló en aplausos y Liam Branagh se vio inmerso en un océano de mil colores. Los abrumadores azules de los últimos compases se tornaron fuertes amarillos estridentes, agudos, en Si bemol. O al menos eso le pareció, porque Liam escuchaba con los ojos y veía con los oídos.

Siempre había considerado su sinestesia como la peor maldición: le había hecho ser el bicho raro, el diferente. Y, por muy poético que pueda parecer, siempre había resultado un fastidio. Hasta que gracias a esa capacidad conoció a Áurea, su diminuta guardiana escurridiza como el humo.

No era su nombre real, ése era incapaz de entenderlo. La bautizó Áurea por llamarla de alguna manera, en base a cómo la percibía: vibrante, mágica, con un timbre que sonaba a naranja y olía a azahar. A pesar de ser una incógnita con alas, no se cuestionaba su lealtad ni había dudado un instante de la posibilidad de su existencia. No, no era como él, pero era la única amiga con la que podía contar.

Sin ser importante —al menos no tanto como la que intentaba darle caza—, era un hadita encantadora. El tiempo (y los sustos que le había dado su Reina) habían hecho que fuera capaz de distinguirlas perfectamente. La perturbación del aire provocada por las imponentes alas de Titania sonaba en su cerebro sinestésico exactamente igual al Aria de la Reina de la Noche, como si hubiera sido capaz de reconocer el peligro y lo hubiera relacionado con la venganza: Titania quería su bebé.

Der Hölle Rache. Otra vez. Le había encontrado y no se le ocurrió otra cosa que echar a correr en la dirección opuesta al sonido. Bajo los stacattos del aleteo de Titania escuchó el timbre cobrizo del vuelo de Áurea.

Sin saber muy bien cómo, acabó en la azotea del edificio. Se acercó a buen paso al borde: como pensaba, el rascacielos vecino no estaba demasiado lejos y su terraza estaba a un nivel más bajo. Era su única oportunidad de escapar.

Escuchó el frío en su nombre al llamarlo Titania y no quiso girarse. No le importaba su odio, él también la odiaba. Sus padres le habían encontrado en un bosque, no habían robado a nadie. Y ella… Ella los mató. Si era a él lo que pretendía conseguir no iba a darle esa satisfacción. Cogió carrerilla y saltó del rascacielos en el que se encontraba con la estúpida esperanza de llegar al otro. Sin ver, sin escuchar los movimientos de Titania.

Un giro de su mano, y Liam no llegó a pisar el otro edificio. Un simple chasquido de dedos, y Titania volvió al muchacho a su estado natural. Por suerte, al empequeñecerlo, su adorada guardiana pudo cargar con él y no terminó aplastado como un insecto en el asfalto.

Ignorante de todo, Titania volvió a su reino creyéndose victoriosa. Y él… bueno, al fin logró entender el verdadero nombre de Áurea.

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