Al principio creyó que soñaba. Un ser alado de un palmo de alto acababa de entrar por la ventana. Era peludo, de un color entre verde y marrón, y con ojos dorados y saltones. Sus alas membranosas temblaban con cada paso, dejando caer un sutil polvo brillante sobre los apuntes de física.

—¿Eres un hada?

Creyó haberlo pensado, pero lo dijo en voz alta y el pequeño ser dio un respingo y alzó el vuelo hasta lo alto de una estantería.

—¿Puedes verme? —Alex asintió.

Súbitamente el suelo empezó a temblar y los cristales de la ventana entreabierta comenzaron a resquebrajarse.

—¡Tenemos que huir! —exclamó el hada, apareciéndosele de golpe frente a los ojos—. Si puedes verme, él podrá sentirte. ¡Vamos, al terrado!

Y como creía que soñaba, obedeció.

Tras subir diez pisos por las escaleras, sin aliento y con flato, Alex supo que no soñaba. ¡Las hadas existían!

—Tenemos que saltar por los edificios y llegar al parque.

—¿Estás de coña?

—Nos persigue un Hambriento y no cesará hasta cenarse nuestra magia, en el parque estaremos a salvo —El hada se acercó a él, le dio la espalda y aleteó con fuerza, provocando que aquel polvo brillante le diera en la cara—. Con esto bastará. No podrás volar como en las pelis que os inventáis, pero sí serás más ligero. ¡Vamos!

Alex la vio dirigirse al edificio contiguo. Se tocó la cara y se miró las yemas de los dedos, brillantes a la luz del atardecer.

No se percató de que el edificio ya no temblaba hasta que oyó un gruñido temible a su espalda. Se giró y vio lo que parecía un perro negro enorme con las fauces desencajadas y espumosas abalanzarse sobre él. Alex corrió, subió al bordillo y saltó.

Aterrizó de bruces contra el suelo con el Hambriento a su espalda y un frío glaciar calándole los huesos. Estaba absorbiéndole la vida. De repente volvió a sentir calor y se giró, temblando, para ver al hada enfrentándose a la criatura. Esta escupió una masa espesa de espuma que derribó al hada, haciéndola caer a los pies de Alex. Antes de que el Hambriento se abalanzara sobre ella Alex la recogió y extendió la mano libre frente al ser maligno, deseando que desapareciera.

La espuma que cubría al hada empezó a evaporarse y la criatura soltó un quejido agudo antes de girarse y huir.

—¿Qué…? ¿Por qué ha huido?

—Eres un protector —dijo el hada, sorprendida—. Tu magia es más poderosa de lo que un Hambriento puede almacenar.

El hada aleteó hasta quedar frente a él y le besó en la frente. Un roce que le escoció y le erizó el bello de la nuca.

—Ahora tu magia es nuestra y hasta tu muerte cumplirás con la obligación de usar tu poder para protegernos, devolver el equilibrio mágico a la ciudad y acabar con los Hambrientos.

Lo único que se le ocurrió preguntar a Alex fue:

—¿Pero podré presentarme a los exámenes?

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