—¿Te queda mucho? —Día se cuela dentro de la ducha dándome un susto de muerte. Doy un manotazo para apartarla y se aleja revoloteando, mientras sus risas amortiguan el zumbido de sus alas de colibrí pelmazo.

La encontré por casualidad en un parque, inconsciente entre unos arbustos. Cuando despertó, me explicó que había atravesado el portal que conecta su mundo con el nuestro en busca de ayuda, porque una plaga estaba acabando con todas las orquídeas doradas, de cuyo polen se alimentan las hadas, y la magia no era capaz de combatirla. Prometí ayudarla, ¿a que suena emocionante? Pues en realidad, lo único que he hecho durante las últimas semanas ha sido buscar toda la información posible sobre orquídeas en Internet y en la biblioteca, aguantar a un hada presumida y seguir yendo al instituto como si nada, sin poder contárselo a nadie.

—Venga, tardona, hemos quedado con el profesor Rodríguez a las seis.
—¿Hemos? YO he quedado con él —recalco. Se trata de un experto en una enfermedad de las orquídeas con síntomas muy parecidos a los que me ha descrito Día.

Tras varias paradas en metro llegamos a la escuela de ingenieros agrónomos. Día va escondida en mi mochila, como siempre, y lleva un ejemplar marchito de orquídea dorada que ha traído desde su dimensión.
Estoy llegando al despacho del profesor, cuando todo empieza a dar vueltas a mi alrededor. Al levantar la vista, veo que ya no estamos en la universidad, sino en la azotea de un rascacielos.
Una risita me hace volverme, para ver a otra hada, o más bien "hado", porque tiene cara de chico.
—¡Vaya, si es la amiguita de las hadas!
Al oír aquello, Día sale del bolsillo en el que se esconde.
—¿Qué haces aquí, cara de rábano podrido?
—¿Y este quién es? —pregunto a mi vez.
—Es un trasgo. Son nuestros enemigos.
—Verás, haducha, te seguí cuando atravesaste el portal para ver qué tramabas. Y llevo días tras vuestros pasos en este extraño mundo. No permitiré que habléis con el profesor. Si las orquídeas doradas mueren, por fin acabaremos con todas vosotras y nos quedaremos con todo el polvo mágico. Así que acabaré contigo y a tu amiguita le borraré la memoria.
—¿Acabar conmigo, tú, pedazo de estiércol reseco? —Día suelta una carcajada. Luego se acerca a mi oreja y me susurra—: Cuando diga "Ahora", sal corriendo hacia la izquierda y salta. —Miro en esa dirección, pero el siguiente edificio está lejísimos. La miro con pánico—. Tienes que confiar en mí.

Sin más, me rocía con su polvo mágico y grita:
—¡Ahora!

Sin pensarlo, salgo corriendo, mientras Día se lanza sobre el trasgo. Al llegar al borde, salto con todas mis fuerzas; en cuanto mis pies se despegan del suelo, siento mi cuerpo tan ligero como una pluma y aterrizo al otro lado sin problemas. Salgo del edificio, pues debo volver cuanto antes y convencer al profesor de que nos ayude. Espero que Día no tarde mucho en volver.

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