El reloj marcaba las 2:19 a.m. Cada tic y cada tac le provocaban una punzada de dolor en la cabeza. Dana sabía que debía irse a dormir. Era tarde, y su compañera de piso ya dormía a pierna suelta en la habitación de al lado. Pero ella tenía malos sueños.

Así que, sin pensárselo dos veces, se puso su vieja chaqueta, salió por la ventana y subió hasta la azotea del rascacielos por las escaleras de emergencia. Fue allí, rodeada por un mar de rascacielos y luces de neón, donde lo conoció.

Estaba sentado en la cornisa, con los pies colgando sobre el vacío, de espaldas a ella. La suave brisa hacía ondear su pelo blanco.

— Hola - saludó tímidamente.

El chico se tensó antes de darse la vuelta. Sus ojos, teñidos de rojo escarlata por la luna de sangre, la observaron con recelo.

— Ho-Hola.

— No pretendía asustarte. Hum... Puedo... ¿Sentarme?

El chico se encogió de hombros.

— Sí, claro.

— ¿Cómo te llamas? - preguntó tras acomodarse a su lado.

— Kaylen. Bueno, Kay. Y tú eres Dana.

Sus ojos se desorbitaron.

— ¿Cómo lo has sabido?

— Erin me ha hablado mucho de ti - esbozó una pequeña sonrisa - Somos amigos desde que éramos pequeños.

— Y... - Dana se humedeció los labios - ¿Qué haces aquí arriba?

Kaylen arqueó una ceja.

— ¿Aparte de combatir el insomnio y mirar el eclipse?

— Sí. Es decir... Parecías muy concentrado antes.

— Sólo estaba... - desvió la mirada, visiblemente incómodo, y suspiró - Vigilando. Como siempre, supongo.

— ¿"Vigilando"? - ella ladeó la cabeza con curiosidad - ¿Vigilando el qué? ¿A quién?

Un rugido salvaje sacudió la ciudad, y una sombra tapó la luna. Su acompañante tragó saliva, y se levantó de golpe.

— No, no. ¡No! Esto no... Por favor... ¿Por qué él? ¿Por qué ahora? - se giró hacia ella - Dana, entra en el edificio. Ya.

— ¡Quiero quedarme contigo! - protestó.

La criatura trepó por la fachada de un rascacielos al otro lado de la calle. Soltó un nuevo rugido, y las ventanas se hicieron añicos. El edificio entero tembló, provocando que ambos cayeran al suelo. Un objeto alargado salió disparado de la manga de Kay y resbaló por la azotea, cayendo al vacío.

— ¡MIERDA!

— ¿Kay...? - le salió una especie de gallo al decirlo.

— Necesito que confíes en mí, Dana... - susurró antes de agarrarla de la muñeca y llevarla hasta la cornisa - ¡AL RASCACIELOS DE ENFRENTE! ¡SALTA!

Saltó. Y la gravedad no tuvo ninguna piedad con ella. El mundo giraba a su alrededor demasiado rápido, el viento soplaba con demasiada fuerza. Sólo podía gritar. Y gritar todavía más. Y aún más alto...

Todo aquello cesó de golpe, y ella abrió los ojos. La ciudad se extendía bajo sus pies, demasiado cerca. Pero no estaba cayendo.

Porque Kay la sujetaba por una de las mangas. Sin ningún apoyo sólido. Excepto el par de alas de cristal azul que los mantenían a doscientos metros del asfalto.

— Eres... Un... Hada - murmuró, incrédula.

— Sí... - jadeó - Y ahora, si me disculpas, necesito recuperar mi varita.

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