Erap Esiorma sufría en silencio viendo a sus compañeros perecer. Aún había filas de soldados delante de él, pero no estaba preparado para enfrentarse. En esos momentos, lo único que desearía sería poder esconderse tras su escudo de hierro y no salir jamás.
Lo peor, es que no se enteraría si ocurría un ataque repentino a sus espaldas. Lo mejor, es que no se enteraba si la gente gritaba debido al sufrimiento. Lo que pasaba es que no oía.
Sin embargo, dicen que cuando tienes falta de sensibilidad en algún sentido se te agudizan los demás. Y él preferiría no ser capaz de ver cómo las heridas mortales se expanden en cuerpos ajenos, inmóviles, incurables.
Abandonó su carrera de enfermero debido a su temor a la sangre. Le costaba horrores tratar heridas que manchan tanto que hasta llegó a desmayarse en varias ocasiones. Prefería, desde lejos, quedarse charlando con los pacientes, inofrmar y jugar con los más pequeños. En definitiva, lo que más le gustaba de trabajar en un hospital era la sensación de satisfacción cuando un paciente salía en perfecto estado. Y es que, aunque jamás le hizo asco a los estudios o a la profesión de enfermería, intentaba escaquearse lo máximo posible del trabajo como tal.
No le costaba demasiado comunicarse con los demás pues incluso él mismo veía inútil utilizar el lenguaje de signos cuando tan poca gente sabía utilizarlo y entenderlo, así que desde bien pequeño aprendió a leer los labios y acostumbrarse a entonar palabras y, de algún modo, de hacía entender claramente.

El bando enemigo estaba venciendo estrepitosamente. Erap, que siempre anteponía su bienestar al de los demás, se sentía impotente, no creía que sus aliados estuvieran haciendo un buen trabajo.
De pronto, alguien posicionado delante de él giró su cabeza y le miró mientras movía los labios. El ex-médico no logró adivinar lo que quería decir, pues estaba distraído. Pero por su expresión facial, supuso que le estaba echando la bronca. Y él no aceptaba riñas respecto a su comportamiento.
Así pues, decidido, lleno de falsas esperanzas y confianza, empezó a avanzar, intentando parecer decidido, abriéndose paso entre sus compañeros.
Frenó en seco cuando vio a quien anteriormente le había gritado algo caer. Con diferencia de los demás, que éste seguía respirando.
Por suerte, una virtud de este personaje es su precavidad. Siempre llevaba encima unas gasas, aceite y larvas.
Antes de acudir a la guerra, se aseguró de llevar a tunear su espada, de forma que el filo y el mango se separaran para encontrar dentro de este último una especie de bolso. Inmediatamente, en medio de aquel escenario, sacó el frasquito de aceite, metió las larvas y mojó en las gasas con ello. Colocóselo delicadamente a la herida que se abrió en la cabeza del caído, sin saber qué pasaría. Contra todo pronóstico, dicho guerrero empezó a evolucionar en gigante, moviéndose descontroladamente, acabando con todos. De hecho, podría considerarse hasta un suicidio, pues, literalmente, el mutante acabó con **todos**.

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