Al ver la termogranada que ha caído a nuestros pies nos movemos rápidamente para escapar de su mortífero alcance. Siento la vibración de la detonación y caigo al suelo. Tras la explosión, aunque aturdido, me levanto y sigo moviéndome. Los rayos C vuelan con un brillo azul eléctrico a mi alrededor. Evito recordar lo que me harían si tan solo me rozaran. Según leí una vez, su sonido te hiela la sangre cuando te pasan cerca. Mi sordera me libra de ese sufrimiento añadido y, en ese sentido, me alegro de provenir de una colonia tan pobre que nunca tuve a mi alcance los dispositivos de audición neuronal.

Parapetado tras una roca, tomo aliento antes de seguir adelante. Una instrucción apresurada no te convierte en un soldado. «Un médico en el frente nos vendrá bien», dijeron. ¡Maldita guerra! Desearía estar en casa, en mi planeta natal, donde podía ejercer mi profesión salvando vidas en lugar de destruirlas. Por muy sintéticos que sean estos seres a los que nos enfrentamos, los he visto llorar por sus compañeros caídos, mientras recuperaban la colección de fotos del cadáver. Sus preciadas instantáneas. Se aferran a ellas pues son la evidencia de los únicos recuerdos fiables que poseen, ya que los de su infancia, que nunca tuvieron, les fueron implantados. Me pregunto quiénes serán más humanos si ellos o nosotros.

Un rayo pulveriza la cabeza de mi mejor amigo. La ira barre mi intento de verlos como a iguales. Me vuelvo hacia el lugar de donde provenía el haz añil e intento hacer lo propio con el replicante que lo ha matado. Pero fallo.

Vuelve a disparar, esta vez en mi dirección. Pero le da a un compañero que está detrás de mí.

La Puerta de Tannhäuser comienza a cerrarse y no volverá a abrirse de nuevo a esta dimensión. Si no salimos ya, nos quedaremos en este inhóspito paraje para siempre.

Empiezo a correr. Lo mismo da ya que me abatan o que me quede a este lado de la puerta. En ambos casos pereceré. El no poder oír lo que sucede a mi alrededor añade tensión a mi desesperada huida.

Estoy a cien metros. Aprieto más el paso.

Ochenta metros. Tengo que llegar.

Sesenta metros. Vuelvo la cabeza sin dejar de correr. Soy el último superviviente.

Cuarenta metros. ¡Qué cabrones!, han bajado sus armas porque creen que no lo conseguiré.

Veinte metros. Ellos se marcharán con sus trasladores dimensionales y me dejarán morir aquí lentamente.

Diez metros. No sé si quepo por la rendija que queda abierta. Debo intentarlo.

¡Mierda, se ha cerrado! Me voy a dar de bruces con...

Inexplicablemente traspaso el umbral. Me vuelvo y veo el otro lado de la puerta. Está completamente cerrada. Vuelvo a atravesarla hacia adentro.

Los replicantes están saqueando entre los restos de mis compañeros. Paso por delante de ellos pero no me ven.

Llego hasta el lugar donde me tumbó la explosión y confirmo mis sospechas. Mi cuerpo desmembrado yace en el suelo.

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