—Nosotros no tenemos miedo, tenemos fe.

Las palabras de tu tío te vienen a la mente, martilleándote con el eco de su enoquiano sereno. Porque para Miguel, como para el resto, el pavor no existe: son pura luz brillante entre las tinieblas. ¿Qué podrían temer ellos?

Y sin embargo no les envidias. El miedo es bueno, te hace estar alerta. Te vuelve más fuerte, más rápido, más listo. Tomas conciencia de lo que te rodea, te percatas de lo que parecen imaginaciones y no lo son. Hace que sigas con la mirada esa figura que desdibuja el aire, que tengas la certeza de que lo que apenas llegas a ver por el rabillo del ojo (eso que es imposible) es real. Tan real que te persigue, que oyes sus pasos tras los tuyos. Tan real que eriza el vello de tu nuca.

No, ellos no lo sienten. Pero tú eres más práctico, más realista. O quizás las causas sean meramente biológicas: tus temores son los rescoldos de ese cerebro primitivo tuyo, reminiscencias de tus orígenes. Te aterra la oscuridad porque sabes qué es lo que se oculta en ella. Y por eso mismo intentan cazarte ambos: eres el eslabón más débil de la cadena.

Aprietas el paso, alejándote de la luz que emana de la grieta que te ha salvado la vida, casi contra tu voluntad. Te da pánico seguir. Un viento frío y desapacible te hace llegar el ulular lejano de un búho. Al menos hay vida en este lugar dejado de la mano de Dios, no es el desértico infierno ni el asolado purgatorio. No sabes dónde estás, en dónde se halla ese bosque. Quizás sea lo que algunos llaman Tierra. Lo único que sabes es que te vigilan.

No eres capaz de distinguirlos, pero te observan. Y no sabes por qué lo sabes, pero lo sabes. La negrura de la noche no es más oscura, la luna no alumbra menos, pero el aire es más pesado. Sientes como unos ojos taladran tu nuca, aunque no sabes si son ojos porque nunca los has visto. Tal vez ni los tengan. Tal vez ni los necesiten para verte, para encontrarte.

¿Se esconden? ¿Realmente se esconden? Notas una presión en el pecho que te paraliza por completo. Intentas seguir tu camino, escapar a la espada de Mija-El, pero las tinieblas te envuelven. Te van a atrapar. Las sombras no son sombras, el polvo que refleja la luz plateada está vivo. Piensa. Forma parte de una inteligencia superior, de una oscuridad mayor. No puedes esconderte.

Los ángeles te encuentran aterrado, agazapado entre las raíces de uno de los árboles. Tratan de acabar contigo, pero no eres tan débil después de todo: el sentirte amenazado hace que los conviertas en cenizas casi sin pensar. No querías hacerlo, ahora no podrás regresar a la luz eterna.

Ya no te queda otra opción. O derrotas a ese arcángel o mueres en el intento, porque en este terrible mundo a oscuras no te quedas.

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