Salgo al bosque a buscarla, a las ocho, tras la cena, sin decir una palabra. Mi hermano mayor me mira como queriendo decirme que me entiende, que hago lo correcto. No lo sé, todos tienen demasiado miedo y debo hacerlo solo, a pesar del frío, a pesar de la oscuridad. Sigo el camino hacia el bosque iluminándolo con la linterna grande, la que compró papá hace un mes, cuando se hizo de noche. Desde entonces no hemos salido de casa. Mamá sí lo hizo, ayer, a pesar de que le pedimos que no lo hiciera. Pero nadie se lo impidió, ni siquiera yo. La noche la llamaba, dijo. Esa noche interminable para la que nos preparamos desde hace semanas, cuando empezaron las bombas. El polvo ha nublado el sol con una oscuridad inmensa. Oigo que durará meses.
Llego al límite del bosque. Tiemblo, creo que de frío. Temo la oscuridad, pero aún más lo que esconde. Escucho sonidos que no reconozco. Siento cuerpos que se mueven. Creo que un búho pasa a mi lado y me sobresalto. Las sombras me engañan y se mueven conmigo, crecen, parecen vivas. Los árboles son esqueletos de ramas desnudas y grises. Oigo un ruido, luego algo me roza. Lo intento iluminar con la linterna, pero es rápido. Tal vez un animal, o quizás nada. No se si tener más miedo, pero mi cuerpo decide que sí, que lo tenga. Otra vez el roce, un golpe y se me cae la linterna, que rueda unos pasos más allá pero sigue encendida. Un gruñido claro, amenazante, y un aliento pestilente. Corro hacia la linterna y la agarro. Pero algo me hace caer. Noto a la bestia a mis pies, la pateo, grito de dolor cuando me muerde. Le doy una patada más fuerte y oigo un quejido. Creo que es un perro hambriento. Me levanto y camino, cojeando. Temo que se apague la linterna, que pierde fuerza y parpadea, porque sé que aún está ahí, Miro el reloj, es demasiado tarde. Escucho más gruñidos. Entonces la encuentro. Está tendida junto un árbol caído y parece que me mira, pero está muerta. Con los ojos abiertos y con sangre seca por toda la cara. No la toco. La linterna se apaga y me siento junto a ella. La oscuridad es espesa, como si tuviera los ojos cerrados. Todo ha terminado, no lograré volver a casa, el aire es negro y estoy ciego, la piel de mi madre está fría. Los gruñidos se acercan. No es uno, son tres o cuatro, que más da. Cojo la mano muerta de mi madre y espero. Están junto a mi, me rodean, y no me queda sino esperar el dolor y la muerte. Hace mucho frío pero ya no tiemblo. Soy menos que nada y siento un miedo extraño y tranquilo. No hay mañana para mí, ni lo habrá para nadie. Pero no encuentro consuelo en saberlo.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Maggeena @Maggeena 3 years ago

    ¡Siniestro! Y eso de que esté narrado en primera persona y presente hace la historia más real y más impactante =)


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