Otra vez, ha vuelto la noche. Sigo sin concebir la idea de que lleve ya dos días perdida en el bosque junto a una mujer que conocí hace dos meses. ¿Acaso es posible conseguir tanta confianza en tan poco tiempo? Lo que tengo claro es que en ningún momento me pareció buena idea.

Mientras que ella es una aventurera innata y yo todo lo contrario.

Por lo que, a la hora de repartirnos los roles, ella sería quien guiara y yo la que alumbrara el camino con un farolillo y cuidara sus espaldas.

Hasta ahora, de alguna forma, hemos conseguido sobrevivir, encontramos comida y cobijo para mantenernos vivas. Espero poder salir de aquí en buenas condiciones.

Sin embargo, por mucho tiempo que pasa, menos claro tengo el hecho de que haya vida en un lugar tan lúgubre y silencioso, únicamente ambientado por la brisa, el canto de los pájaros, el arrastre de bichos entre el barro y las hojas, el ulular de los búhos o el aletear de aves.

No sirve de nada que repita en voz alta que estoy sintiendo un terror y escalofrío que nunca antes, puedo asegurarlo.

Quizá es que ya he llegado a un momento máximo de locura, pero noto que la figura de la luna está deforme, como si tuviera alas peludas.

¿La luna vuela? Qué extraño.

Mi compañera se sobresalta. No me he fijado en qué ha provocado esa reacción, y no veo cerca nada de lo que pueda sospechar.

La luna sigue igual, pero la respiración de ella no. La mía, en realidad, no la he tenido nada controlada desde que llegamos aquí.

-"¿No te gustaría salir volando en ciertas ocasiones?"

Siento una voz que no logro identificar de dónde proviene. Miro a mi alrededor, prestando atención a cualquier mínimo detalle, a la vez que distrayéndome del suelo por el que piso.

De pronto, la luna se me adelanta. Delante de mí ya no tengo el cuerpo de mi compañera, sino la brillante luna, mirándome fijamente. Como pensaba, su cara está deforme por unas alas, que podría asegurar son de búho.

Estoy temblando del pánico, de la angustia, de la desesperanza. De pronto, noto algo cálido rodeando mi cuerpo. Me giro para ver que es un búho, abrazándome, mientras la luna nos ilumina, aleteando sus alas y dejando un rastro de aire cálido.

-"Pero, tú no tienes alas, ¿verdad? Lo siento por ti. Pero, en realidad, las alas no dan libertad, ¿sabes?"

¿Por qué la luna me está intentando hacer reflexionar? ¿Qué estará haciendo mi falsa amiga en este instante?

Tengo demasiadas preguntas como para dejarlas brillar ante tan potente y celestial luz, por lo que me dejo abrazar entre las alas de un ave tan misteriosa y tranquila, a la que no parece gustarle el miedo, y que, aunque puede volar, prefiere mantenerse en árboles, mirando cómo sufren seres ajenos a él.

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