Las ramas secas crujen con cada pisada y el vaho escapa de su boca ante la gélida noche cerrada, perdido mientras alumbra con la linterna de un lado a otro. El pequeño Sam no aparece por más que grita su nombre al borde de la desesperación. Él y el resto de monitores del campamento llevaron esa tarde al grupo a jugar un partido de béisbol; sin embargo, no se dio cuenta de su ausencia hasta la hora de cenar y se marchó sin decir nada. Ya ha pasado una hora desde que salió en su búsqueda y no hay rastro del chiquillo.

De pronto, pisa algo duro, que casi le hace caer de espaldas, y lo alumbra con la linterna: la pelota. Empieza a pensar en lo que ha ocurrido como si sucediera delante de sus ojos. Sam se aleja del campo para recogerla después de que otro compañero bateara y la llevara fuera de área. Después, cuando el sol empezaba a ocultarse, recogieron las cosas y regresaron a la cabaña de descanso sin él. Adam se lleva la mano a la frente y se lamenta por tal imperdonable error. El viento ulula entre las desnudas copas de los árboles y un banco de nubes grises encapota el cielo. La combinación otorga al lugar ese aspecto fantasmal que recuerda del día que se perdió cuando era pequeño; por aquel entonces, su abuelo fue a buscarlo.

La luz de la linterna parpadea y teme lo peor. La agita entre las manos e implora como el niño que un día fue: «Por favor, por favor, por favor...». Tras un último parpadeo, la bombilla se funde. La mira con ojos vidriosos y maldice no haber cogido unas pilas de repuesto. La lanza lejos sin poder contener un grito de rabia que retumba en el silencio de la noche. Ahora, ni podrá encontrarlo ni le encontrarán. Se lleva las manos a la cabeza mientras su respiración se desboca al recordar su pasado, consciente de la gravedad de la situación y del pavor que siente en la oscuridad. No puede seguir. El terror ha bloqueado cualquier resquicio de razón y es incapaz de pensar en otra cosa que no sea regresar a la cabaña, si es que consigue salir de allí. Un calor sofocante invade su cuerpo y un intenso dolor aplasta su pecho, convencido de que va a morir. Levanta la vista e implora perdón. Se topa con una mirada brillante y amarilla, un par de grandes ojos que lo paralizan. El juicio ya se ha emitido. Sabe que correrá el mismo fin que el pequeño Sam.

A la mañana siguiente, encuentran el cuerpo sin vida de un pequeño de ocho años, víctima de un golpe en la cabeza al tropezar con la raíz de un árbol; y a escasos metros de él, descansa un joven con el cuerpo cubierto de heridas. Sospechan que lo atacó un alimaña. Un búho dormita sobre la copa de un árbol cercano.

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