—Dani, despierta.

Su voz quiere arrancarme de mi sueño, mientras sus labios acarician mi oreja y el aroma de su pelo nubla mis sentidos. Me resisto a despertar todavía, perdido en el recuerdo de mis manos tras desvestir su cuerpo, descubrir sus secretos y adentrarme en ella...

Con los ojos cerrados la empujo hacia mí, hacia la sed de mis labios y el calor de mi entrepierna.

—Ahora no. Tenemos que volver. —Ríe y me aparta—.Ya es de noche.

Esa última palabra golpea mis entrañas y el calentón me abandona más rápido que un gemido.

—¿Qué dices?

Abro los ojos. Es cierto. La oscuridad ha engullido el prado.

Enciende la linterna de su iphone y señala al bosque. La casa rural está al otro lado.

—Venga, vamos.

Pero mis piernas no obedecen. Se niegan a adentrarse en ese bosque donde ella aguarda.

Ella, quien me priva del más valioso sentido, esconde demonios y fantasmas, guarda pesadillas y enloquece pensamientos.

La oscuridad. Mi mayor miedo.

Laura me mira, impaciente. No debe descubrirlo.

«Solo son quince minutos. Puedes lograrlo».

Sonrío y aprieto los dientes, intentando detener el temblor que recorre mi cuerpo.

Me coge la mano y nos adentramos en ese mar de ramas. El smartphone apenas alumbra un metro y, conforme avanzamos, las sombras avanzan conmigo, retorciéndose, pisándome los talones.

La oscuridad. La oscuridad me engulle. Se estrecha alrededor de mi cuerpo y de mi garganta, robándome el aire que respiro. Siento el pulso galopante en mi cuello y el aire helándose en mi pecho.

La oscuridad dibuja formas terribles: me muestra ojos, colmillos, bestias y rostros deformes.

Sé que nada es cierto, pero aun sabiéndolo, mi respiración cada vez es más corta, la boca se me seca y un sudor frío baña mi espalda y mis manos. Laura lo nota.

—¿Estás bien? Estás sudando.

—Me duele el estómago. —Miento. Y aprieto el paso.

Podría inventarme algo. Decirle que de pequeño caí a un pozo o me quedé encerrado en un sótano. Cualquier cosa que justifique este irracional y patético miedo.

Algo me sopla en la nuca y me vuelvo demasiado rápido.

—¡Ay! ¿Qué haces?

Entonces los veo. Dos enormes ojos amarillos me observan y se inclinan a un lado.

Doy un paso atrás y algo se me clava en la espalda.

Mi mente colapsa, empujo a Laura y corro lo más rápido que puedo. Necesito salir de allí.

Corro hacia adelante en la negrura más absoluta. El ulular de un búho se aleja mientras atravieso ramas y hojarasca.

Finalmente el bosque se acaba y veo la casa. Tembloroso, saco la llave, que se resbala entre mis dedos.

Una vez dentro, enciendo todas las luces y recobro el aliento. Allí, se ordenan mis pensamientos.

«Solo era un búho, imbécil», me recrimino y me golpeo la frente.

Espero. A través de la ventana veo llegar a Laura. Su ropa está cubierta de tierra y su mirada destila odio.

Lo sé. La he cagado.

Adiós a mi segunda cita.

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