—Es hora de que partáis. Permaneced en el bosque hasta que vuestro tótem se presente. Marchaos como niños y volved como adultos, o no volváis.

Esas son las últimas palabras que nos dirige el chamán. La ceremonia ha concluido. Nos aproximamos a él y nos da una vejiga de agua junto a las hierbas sagradas. Nos despojamos de nuestras vestiduras sin mirar a nadie y abandonamos la aldea.

Oigo un quejido a mi espalda y sé que es Nauk. En mi mente aún resuenan sus palabras, su intento de convencerme de dejarlo todo y escapar, de no morir como mi madre, sola en el bosque, en la noche. En la oscuridad que tanto miedo me ha dado siempre, que durante años me ha abrazado asfixiante sin dejarme mover un músculo cuando despierto aterrada, amordazada para no desvelar mi debilidad, empapada en sudor.

Me adentro en la espesura tratando de no pensar en ello, pero con la muerte del último haz de sol me bloqueo. Cada vez respiro más deprisa. No puedo caminar. Tiemblo y sin saber como me descubro recostada, enroscada sobre mí misma en la maleza. Está aquí. No es la negrura que trae la noche, no es la falta de luz. Es más, es un ser vivo que me envuelve, que me conoce. Es una mano invisible, espesa, oscura que acaricia mi cabello. Sé que estoy soñando, deben ser las hierbas.

Quiero levantarme. Necesito huir. Permanezco quieta y siento su respiración, fría y húmeda sobre mí. Me desea.

Un búho se aproxima con un quejido casi humano. Quiere herirme y no puedo defenderme. No. No desea herirme. Parece disminuir la velocidad, volar atravesando algo espeso, oscuro. Le reconozco como mi tótem y abro mi corazón a la esperanza. Creo que va a lograrlo. Un segundo antes de llegar a mí la oscuridad gana y el animal detiene su avance. Cae sobre mis pies desnudos, helado, como si hiciera tiempo que pereció.

Siento su muerte resonar en mi interior, noto el vacío que deja en mi alma. Un hueco que se llena poco a poco de la tan temida oscuridad. La noto en mis oídos, en mis ojos, entrando en mí, violando con su presencia lo más sagrado de mi alma.

Recupero mi voz y grito. De dolor. De miedo. De repulsión. Finalmente, de victoria cuando recupero el control de mi cuerpo y me pongo en pie.

A mis pies no yace ningún búho. Me siento fuerte, ya no siento terror.

A mis pies permanece, intacta, la mezcla mágica. He encontrado mi tótem, mi progenitor, he descubierto lo que la oscuridad siempre quiso mostrarme; el dolor que tanto me aterraba no era mío. Era de mi madre. Forzada, abandonada en el bosque, mutilada, condenada a vagar observando como sus asesinos desterraban a su hija.

Mi mano que poco a poco se desvanece en la oscuridad fundiéndose con ella. No me verán volver. No nos verán.

Roanoke aguarda.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Me encantaría que esta historia siguiera. El tema de los tótems me ha parecido siempre muy particular y la historia de Roanoke tiene mucho potencial para ser desarrollada.


Tienes que estar registrado para poder comentar