— _Humanos y mutantes, les informamos que el avión a Carkimur para mutantes saldrá en cinco minutos. Gracias._
Por fin. Por fin tenía la oportunidad de salir del maldito frigorífico que era Rusia en aquel frío invierno. El ir por navidades a Carkimur con mi mejor amigo mutante ruso Sergey por navidades a ver a mis padres era el mejor regalo que podía tener.
Llevaba tres años viviendo en Rusia a causa de la guerra comenzada unos meses antes de cuando me mudé.
En aquellos años en las que yo estaba en sentrani, lo que sería la secundaría de aquí, El Reino de Maravilia estaba gobernado por una reina, la cual mató a sus tres hermanos unos años atrás. Nuestro reino se empezó a derrumbar desde entonces. Mis hermanos, los cuales ya trabajaban, no pudieron salir del reino. Yo, al contrario, tuve la suerte de ello.
Durante los años de reinado de aquella mujer, Maravilia fue atacada por varios reinos de los alrededores y al verse impotente ante aquellas amenazas, todos los jóvenes tuvieron que abandonar sus casas y luchar, incluidos mis hermanos. Ellos sobrevivieron, pero una cuarta parte de la ciudadanía murió. Murió a causa de esa maldita harpía.
— Sua, el avión saldra pronto. Nos deberíamos de dar prisa. No hemos
llegado ni a la de zona de embarque todavía— me dijo Sergey, con su notable acento ruso. Algunas veces exageraba tanto las erres cuando hablaba mi idioma, que lo hacía totalmente único.
— Tranquilo. Llegaremos muy rápido, mi querida avelaíña.
— Sé lo que estás pensando.— me dijo marcando la última "s" y mirandome con cara sería.
— ¿Y..?- le dije con cara curiosa y una sonrisa bien amplia.
— No me parece mala idea.
Sergey, mejor conocido como la mariposa nocturna, me agarró bien por la cintura y yo me agarré a la suya.
— Dos, tres...— y salimos volando a toda velocidad, dejando atrás a la gran cola de gente que teníamos.
Siempre disfrutaba de aquellos momentos. Esos magníficos paseos al vuelo que hacía con él por San Petersburgo son uno de los recuerdos que tengo tatuados en mi mente, que perdurarán allí hasta que mis días acaben.
Siempre me fijo en sus alas. Ahora lucen blancas, majestuosas y espectaculares. Pero de noche, sus colores se avivan, como las de una avelaíña. Esa es una de las razones por las que lo llamo así. Espectacular.
— ¡Corre, que no llegamos!— le grito entre risas.
Llegamos a la puerta y rápidamente entregamos los billetes. Corriendo con todas nuestras fuerzas, llegamos hasta la azafata.
—Buenas tardes. Por favor, siéntense y abróchense los cinturones.
Andando a zancadas llegamos al fondo, donde los asientos nos esperan. Los pasajeros nos admiran, pero al instante apartan la mirada.
— Una entrada estelar,¿no te parece?- me dice.
— Sí, totalmente.
El avión alzó el vuelo, y cuando dos semanas después volvió a hacerlo, nuestras mentes ya llevaban consigo una aventura inolvidable más.

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