Te duele tanto que no puedes pensar con claridad; surge de algún punto en tu nuca y se extiende por toda la cabeza. 

No recuerdas nada. 

Temes abrir los ojos, pero sabes que tienes que hacerlo. Inspiras con decisión y el intenso olor a formol se pega a tu garganta. Entonces los abres. 

La luz hace estallar tu maltrecha cabeza. En cuanto te acostumbras todo lo que ves te resulta familiar; y eso no te reconforta en absoluto. 

Estás en el cuarto limpio del laboratorio donde trabajas, pero algo va mal: es el silencio. No se oye el aire filtrarse por los caros dispositivos que lo mantienen libre de bacterias y a una temperatura óptima. No percibes el zumbido de los aparatos de monitorización. Solo te escuchas respirar. 

El led de la puerta parpadea en señal de emergencia, así que solo puede abrirse desde fuera. No hay otra salida.

Te levantas como puedes. No llevas ropa. El suelo está mojado. Te das cuenta de que hay un gran recipiente de cristal roto en el suelo cuando lo pisas con el pie descalzo.

Te acercas cojeando a los ordenadores: todos están bloqueados. El teléfono tampoco funciona. 

Miras a tu alrededor, un pequeño movimiento atrae tu atención. Enseguida ves a Parker metida en un frasco de cristal. La diminuta araña te mira curiosa con sus ocho ojos. Es un espécimen único. 

—¿Qué está pasando? —le preguntas mientras coges su tarro y te sientas en una banqueta. 

No sabes qué hacer; miras al suelo intentando ordenar tus pensamientos y ves que debajo de la mesa asoma la placa metálica del contenedor roto. La recoges y un tsunami de recuerdos te golpea tan fuerte que tienes que contener las ganas de vomitar. 

Tocas tu nuca y acaricias unos pequeños trazos abultados, no necesitas verlos para saber que son los mismos números de la placa tatuados. Justo encima notas el chip intradérmico. 

Ahora todo tiene sentido, el formol, el recipiente roto, tu desnudez... ¡Tu eres el nuevo espécimen! 

Entras en pánico, te cuesta respirar. Miles de imágenes asedian tu mente. 

Parker te sigue mirando, jurarías que sonríe. Estrellas su bote contra la pared.

Corres hacia la puerta. Empiezas a golpearla con fuerza destrozándote los puños. 

Miras la sangre de tus manos y te agachas llorando de impotencia. Te tapas la cara. No aguantas más. Tu grito nace en lo más profundo de tus entrañas y desgarra todo a su paso. 

El mundo se acaba por un momento y en esa oscuridad una leve sacudida te despierta. 

—No te duermas —murmura tu compañero agitándote el hombro. 

Abres los ojos. Estás en la sala blanca. Has soñado algo inquietante, aunque no lo recuerdas. 

—¿Has visto los últimos especímenes? —le preguntas intentando alejar ese desconcertante pensamiento— ¡Han traído unas arañas impresionantes! 

Tu compañero asiente con una extraña sonrisa que te provoca un escalofrío. 

—Pronto tendremos uno nuevo —te contesta mirándote de arriba a abajo—: un ejemplar realmente extraordinario. 

Le devuelves la sonrisa sin tener muy claro a qué se refiere. Te invade una sensación de angustia cuya procedencia no sabes identificar. Decides ignorarla y continúas con tu trabajo.


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