Existía solamente una posibilidad entre mil de que algo malo ocurriese cuando abriera el bote nº6. El arácnido, tan pequeño débil y a su vez tan diabólico, estaba esperando el mínimo contacto con el agente tóxico para transformarse en una bestia igual que las que habían arrasado la mitad del país. “Vamos Doctora West, es el momento” se escuchó por un altavoz. “¿Por qué no entras tú y lo haces?” vociferé. “Porque has sido tú la que ha sacado el palillo roto, vamos, no tenemos tiempo”. Y era verdad, no había tiempo para dudas. Aquel lugar estaba totalmente esterilizado, el supuesto agente sospechoso de las transformaciones no estaba allí dentro, eso era seguro. No tenía nada que temer. Me acerqué al bote mientras una gota de sudor recorría mi frente. Mis compañeros permanecían expectantes más allá de la cristalera y sus caras no me ayudaban en absoluto a calmar el ambiente. Tomé el bote de cristal en mi mano y desenrosqué la tapa. Nada sucedió. Saqué el arácnido con unas pinzas de precisión y lo deposité en una bandeja de aluminio. “Vaya, vaya pequeñajo. ¿Así que tú y los tuyos estáis poniendo en jaque este planeta? ¡Chicos! Confirmado al cien por cien, el agente no está en la sala.” “Genial doctora West, introdúzc… pffff pffff” CLIC CLIC. La comunicación por radio fallaba pero no importaba, yo tenía claro el procedimiento. Tan solo tenía que volver a introducir al bicho que correteaba por la bandeja en el bote, cerrarlo en un compartimento estanco y salir de la sala. Me levanté las gafas protectoras y sequé el sudor en un gesto reflejo que me iba a poner en un aprieto. Recogí el bicho con mis propias manos, lo deposité en el bote y busqué la tapa. ¿Dónde demonios estaba la tapa? Me dirigí a la cristalera e hice el gesto de cerrar un bote para que me indicaran si habían visto dónde la había puesto. Mis compañeros estaban exaltadísimos, señalándome y haciendo aspavientos como si no hubiese un mañana. “Tan solo es una tapa chic…” No terminé de pronunciar las palabras y me di cuenta en el reflejo del cristal que algo estaba creciendo detrás de mí. Mierda, la araña se había transformado y ahora medía más de dos metros. Su aspecto era espeluznante, cada parte de su cuerpo era aterradora a ese tamaño. Caí de espaldas y fui arrastrándome hacia la puerta. “¡Abridme joder, abridme de una puta vez!” La puerta no se abría. Estaba claro que no iban a dejar salir a ese bicho de allí. El maldito artrópodo se fue acercando sus patas a mi rostro, y con sus uñas tocó delicadamente mi piel. ¡Qué asco! En un rápido movimiento me levanté y corrí hacia la mesa de experimentación, la araña se giró detrás de mí, pero yo había sido más rápida. Un bisturí ya estaba clavado un su corazón y el suelo de la sala se empezó a teñir de rojo. ¡Por poco!

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