“Pinta”, te dije, con voz espectral, una noche de verano.

Despertaste, muerta en vida, y no volviste a dormir jamás. Veneraste mi esencia y presencia, la gélida brisa que recorría tu espalda cuando me buscabas entre la niebla. Caminaste por oscuros senderos hacia el infinito y navegaste en tus recuerdos con la brújula de la locura. Te abandonaste a la misión sagrada que tu Diosa te había dado y se te olvidó cantar, reír, besar, llorar, beber, comer e incluso respirar.

Como un fantasma, aún recorres cada estancia en silencio, con un pincel por mano y una paleta en vez de alma. Pintaste la pared del comedor, pintaste los muebles de la cocina, pintaste el techo de tu habitación y pintaste el suelo de la despensa. Pintaste las sillas, pintaste las lámparas, pintaste las ventanas y pintaste su cara. Hiciste de ella tu lienzo mientras yo te observaba, riendo, tras el reflejo de la ventana. Grabaste a cuchillo mi mensaje en los pliegues de su espalda. Nadie escuchó sus gritos o, al menos, nadie a quien le interesaran.

—¿Por qué sigues conmigo? —preguntaste una mañana, recorriendo con los dedos las cicatrices de su cuerpo bajo la tenue luz que se filtraba.

Su sonrisa triste atravesó tu mirada, una respuesta silenciada. ¡Qué lástima que ya no te importara!

Te levantaste, siguiendo la melodía de mi aparición, y deslizaste tus pies descalzos por las frías baldosas. Eras tan lenta, tan pausada, que al llegar a la puerta la luna ya brillaba. Ella te seguía, desesperada, intentando detenerte. Pero tú no oías sus palabras y sus gritos ya no te atravesaban. Armada con pincel y paleta, bajo el cielo nocturno te arrodillaste y una plegaria salió de tu boca.

—Enciende las antorchas —dijiste con voz queda.

Ella obedeció, rendida y desolada, y prendió con su fuego el círculo de la magia. Tu vestido manchado, roto y gastado, ondeaba detrás de ti y pude ver cómo sus ojos enamorados se clavaban en tu piel de porcelana, temerosa por su vida y, aun así, siempre confiada.

—Túmbate de espaldas —ordenaste, artista poseída.

Sonreí desde mi mundo viendo las marcas que cruzaban su cara, su cuello, sus hombros, su espina. Allí se abandonó a sí misma, tumbada en la gravilla de tu jardín descuidado. Buscaste mi guía en las estrellas y quise gritarte que no hay lugar para mí en el cielo. Ella lo sabía y, si hubieras comprendido lo que hacías, hubieras detenido tus manos en ese instante, la hubieras abrazado y habrías decidido huir tan lejos como fuera posible, sin volver jamás.

Recorriste todas sus heridas, abriendo la carne, desgarrando a tu amada. Pintaste con su sangre el símbolo que faltaba, y esperaste junto al maltrecho cadáver, los agónicos segundos que tardó el portal en rasgarse, permitiendo que mi ejército en tu dimensión entrase.

Por fin pudiste verme en toda mi gloria, gigantesca, eterna y majestuosa. Robé tu aliento y robé tu alma y, cuando entendiste que yo era un monstruo: Me alzaba, victoriosa, sobre la tierra conquistada.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar