Tú ya lo sabías, y no vas a ser quién se queje. Ahora ya no.

Cuando recogiste aquel pincel, viste que no era otro más, de hecho, nunca habías visto ninguno de ese tipo. Y con esa inscripción que reza:

¡Serás eterno!

Curiosa afirmación, pensaste. Deseando se hiciera realidad.

Era un pincel diferente, no era de madera clara como los otros que tienes en tu mesa de trabajo, alborotados cada uno en un rincón diferente. El caos, ese debe ser tu problema, eres un ser caótico y desordenado. Pero ese pincel con las cerdas de color rojo sangre no te extrañó verlo después, más tarde, encima de la mesa.

Al final del trabajo, para hacer retoques, empezaste a pintar con él. Te debería haber parecido extraño. No tenías ni idea, ni te imaginabas, en ese momento, de quién podría ser esa sangre. Porque primero oliste el pincel. Sí, acercaste tu nariz a él, y no te pareció raro el olor metálico de aquella pintura viscosa. Tampoco era tan grasienta como la de los otros colores. Era más fluida, como líquida, y que se desparramaba por la tela sin ningún control. Eso, tampoco te pareció que estuviera fuera de lo normal.

Pero claro, te tuviste que cortar la mejilla con el filo trasero del pincel. Sí, era muy afilado, como una cuchilla de afeitar, nueva. Te estabas rascando, como de costumbre lo haces, la cara, con suavidad, hay que decir que ahí estuviste afortunado. Pero poco te duró la suerte. A la primera te salvaste. Luego ya sería tarde, como has podido comprobar o, mejor dicho, como ya no puedes comprobar, físicamente hablando, con tus propios ojos.

Tu retrato sí que puede.

Ciertamente, tu autorretrato es genial, de una naturalidad tan vital, que cualquiera diría que vas a saltar del lienzo para abrazar al público. Pero ya es tarde. Tu hierática posición en el cuadro es desafiante. Estás altivo, con la paleta y "el" pincel que ha cortado tu yugular, al final. Pero eso no ha quedado reflejado en el lienzo. Ha sido después, justo cuando le diste el último toque a tu obra maestra, aquella que tú mismo no podrás valorar, ensangrentando como estás ahora el suelo del estudio. Pero tranquilo, la caída ha sido limpia, y cuando llegue la policía, el pincel se habrá encargado de recoger toda esa sangre desparramada. Ese es su trabajo, amigo.

¿No pediste ser inmortal?

Pues no especificaste de qué manera. Pero tranquilo, tu funeral será ceremonioso, digno de un príncipe.

Aunque no entienda la policía que una herida tan sobrevenida, aparezca como una vieja cicatriz en la pintura, al final poco les importará si llevaba más o menos tiempo en ese cuello tuyo.

Pero bien está aquello que, para algunos, bien acaba. Es hora de abandonarte, cretino. Hay alguien que está mirando la leyenda del pincel, y ¡sí! Se lo mete en la cartera.

¡Más trabajo!

Corre el reloj. Habrá que inmortalizar al siguiente.


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