En el cementerio viejo, bajo la sombra del ciprés que crece contra el muro sur, hay una pequeña lápida. Muy poca gente la conoce, porque ya casi nadie visita este lugar, y aún menos se molestan en fijarse en los pequeños detalles.

Pero yo no soy cualquiera.

Me paseo entre los sepulcros y mausoleos bajo el aguacero; cualquier principiante puede usar un hechizo-paraguas para resguardarse, pero a mí me gusta notar la lluvia cayendo por mi piel, empapando mi ropa, gélida. Sólo quien está en sintonía con el mundo puede desentrañar sus secretos, y el frío y la oscuridad son lo adecuado para ser uno con este lugar de reposo. Así que recorro los caminos embarrados hasta llegar a mi escondite favorito sin que los elementos puedan hacer mella en mí. Dura y hermosa. Como los ángeles de mármol que adornan algunas de las tumbas.

Me cuelo en el hueco bajo las ramas y me deslizo hasta la lápida. La limpio de tierra y hojas con las manos hasta que la inscripción vuelve a ser legible: «Danielle Morisat», también conocida como Mademoiselle Bastet, una gran hechicera a quien un puñado de académicos envidiosos relegaron al olvido. La gran Bastet investigó precisamente sobre la comunión con la naturaleza para lograr un mayor entendimiento de la magia basado en la intuición, en contra de las estrictas normas y rígidos cálculos que siguen inculcando en la Academia.

Levanto la losa y extraigo el pesado libro que reposa junto a una discreta urna. Todo lo que queda del trabajo de Mademoiselle Bastet está recogido en este manuscrito. Llevo estudiándolo desde que encontré este lugar, hace algunos años, mientras buscaba un lugar donde meditar. Necesitaba huir del alienante ambiente de la Academia donde inicié mis estudios mágicos, lleno de profesores prepotentes, muchachos fanfarrones, y qué decir de mis compañeras; muñequitas de uñas perfectas y túnicas de seda multicolor. Todos ellos tan preocupados por las apariencias, en sus aulas asépticas y aisladas del universo. Se desmayarían si me vieran con la ropa mojada, sucia y con los bajos rasgados. Sonrío. Podría aplastarlos con un giro de muñeca si quisiera, y lo intuyen. Nunca se han atrevido a hablarme. Intentan ignorarme, aislarme, porque a pesar de su fría lógica no pueden evitar ceder a su instinto, que percibe mi fuerza. Y eso les da miedo.

Acaricio las tapas de cuero con reverencia antes abrirlas y repasar el texto por enésima vez. Siento el poder que corre por mis venas, toda la energía de las piedras, la hierba y la lluvia que cae. Ya queda muy poco. Creen que soy loca, la tonta Angelique, pero ellos son los locos, los que intentarían parar una tormenta en lugar de unirse a ella. Yo seré la tormenta. Abandonaré mi ridículo nombre mortal y seré la segunda Bastet, más poderosa de lo que nadie antes se atrevió a soñar, majestuosa, envuelta en ricas telas y rutilantes joyas.

Una diosa.

Veremos quién osa ignorarme entonces.


Comentarios
  • 1 comentario
  • C. Sierra @carsieper 3 years ago

    Me gusta como narras cada acción y cómo consigues darle ambientación con sutileza a medida que vas contando las cosas. El final despierta interés. ¡Está genial!


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