El filo hendió en la mejilla derecha con tal fuerza que partió en dos el maxilar superior y convirtió el inferior en un colgajo astillado.

«Glugluglú», borboteó la espiritrompa reducida a un harapo cianguinolento.

Pese a la herida, el suzargo no caía y seguía obstruyendo el paso. Sólo él me separa de La Ofrenda. La veía tras él, a escasos padots. La mole rectangular fulguraba excitando mis ocelos, haciendo hervir mi linfa. ¿Qué nos habían regalado esta vez Los Altos? Nadie en la colmena lo sabía. Yo, como campeón trisenal, tenía que despejar el camino hasta ella y abrirla.

Aunque antes debía vencer al engendro. Como si no hubiera sentido mi golpe, la bestia proyectó su brazo derecho en un zarpazo descendente. Me revolví, me agaché. No bastó: la hoja siseó para acabar impactando contra un lateral de mi pronoto. La placa gimió, chirrió, pero no hubo crac alguno.

—Arf… —El gañido escapó a través de mis maxilas. Temblé ante aquella vergonzante muestra de debilidad.

El suzargo seguía resistiendo, más que ninguno otro antes. ¿Acaso…? Aquel presentimiento me hizo gritar:

—¡La caja! Maldito, ¡habla! ¡¿Qué hay en la caja?! ¡Lo sabes!

Él se limitó a alzarse sobre sus cuatro zancos. Pese a la herida, se pavoneaba:

—¡Aaaauuuu-gala-glá!

 

—El aullido acabó con una tormenta de cianguinolentos escupitajos azules.

Desafiante, el suzargo desplegó los dos dalles en que acababan sus brazos superiores. Córneos y de filos aserrados, habían evolucionado para arrancar nuestra coraza de metalitina

No me dejé impresionar: los jirones inferiores de su cabeza dibujaban una chorreante corbata cian sobre el cuello.

«Moría», pensé. «Y pronto. Pero…».

El suzargo se adelantó a mi pensamiento. Saltó con sus brazos dibujando dos espirales entrelazadas: más que golpear, las guadañas buscaban desgarrar mi exoesqueleto.

Aguardé al último momento. Solo entonces me deslicé a la izquierda. El torbellino gemelo acabó clavándose en la grava. Sin dudarlo hice descender mis dos alfanjes contra el guardián. La primera hoja se hundió en el lomo, la segunda acabó por decapitarlo.

Pero aquello no acabó con el condenado: su cerebro hiafásico reaccionó desatando una coz salvaje. Dos de sus pezuñas impactaron de lleno en mi tórax. Me encontré volando por los aires.

Entonces lo escuché. El chasquido recorrió todo mi cuerpo. El exoesqueleto había cedido. Noté una punzada resplandeciente en el saco ventral. El terror se apoderó de mí: «¡La llave! ¡No puedo perderla!».

El impacto contra el suelo, brutal, aumentó el pavor. El marsupio se había desgarrado. Me tanteé el abdomen.

«¡No está!».

Aterrado, al borde del desmayo, palpé el suelo. Solo encontré polvo y terrones.

Aullé, sollocé. El dolor me ahogaba, pero seguí buscando, rastrillando, arañando, escarbando…

Perdí la consciencia.

Ignoro cuánto tiempo transcurrió. Desperté con el cadáver del suzargo a mi lado, helado; en mi mano, por algún milagro, la llave.

Dolorido, bendije a Los Altos y arrojé la señal de feromonas: «¡Camino despejado!». Repté los últimos padots hasta La Ofrenda. Solo me incorporé para abrirla. Croé satisfecho. Ya podía descansar: misión cumplida.

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