Sebastián se despertó por el chirlear de las aves. Intentó aferrarse a la almohada para seguir durmiendo pero la simple acción le hizo percatarse del dolor que recorría todo su cuerpo. Por tanto, de un movimiento, se sentó sobre la cama, se llevó las manos a la cabeza y exclamó:

—¡Puta luna!

Luego soltó otra maldición, por el dolor.

Al revisarse las manos se encontró en unas de ellas con una llavecita con forma de corazón. El muchacho empezó a preguntarse por qué la llevaba. Pero el toc-toc que vino desde la puerta le distrajo. Luego escuchó:

—¡Eh, Tian! ¿Estás decente?

—Al menos llámame Sebas —dijo mientras buscaba taparse con la sábana—, subnormal…

—¡Me vale perra! —La puerta se abrió y un muchacho entró por ella cargando una charola que desprendía un aroma grasiento y algo quemado— ¡Tachán! El desayuno, bello durmiente.

—Es demasiado temprano para estas mariconerías, David.

—Si no quieres… —se interrumpió, dejando galantemente la charola sobre las piernas del otro, poniéndole la hamburguesa en primer plano—, puedes dejarlo.

Las babas de Sebastián fueron la única respuesta que expresó antes de empezar a desayunar.

Mientras devoraba la hamburguesa, se fijó que David intentaba ocultar algo a su espalda. Tras un momento mirando de reojo y fingiendo indiferencia mientras masticaba, tragó y preguntó:

—¿¡Qué hay en la caja!?

—¿Te refieres a esta? —dijo David con fingida inocencia. Poniéndole a los ojos lo que ya había visto: una cajita rosada, con cerrojo de corazón—. Ni idea, no tengo la llave —Le miro a los ojos, con una sonrisa socarrona—. ¿Sabes dónde podría estar?

Con el hastió marcado en su ceño, Sebastián le siguió el juego a David. Con más emoción y nervios de los que jamás admitiría.

Al abrir la cajita se provocó un sonoro clic.

Sebastián solo llego a sonrojarse, sin saber cómo reaccionar. Mientras tanto David aprovechó la oportunidad para posicionar su dedo índice sobre sus labios y dedicarle un Shhhhh, antes de largarse como si lo siguiera un espanto.

Solo en la habitación, Sebastián chasqueó los dientes de la frustración, haciendo todo lo posible para no mirar la cajita abierta... y la placa con forma de hueso que llevaba inscrita «Sebastián», junto con el número telefónico de David.

Enojado, se tiró sobre la cama. Mirando al techo reflexionó cuál había sido el peor error de su vida: ¿confesar sus sentimientos a su mejor amigo?, ¿revelarle que es un hombre lobo?, ¿aprovechar la universidad para empezar una relación?

Sebastián soltó un suspiro.

Volvió a comer lo que le quedaba del desayuno, y se dijo: «Ya lo mato cuando termine».

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar