Cuando recupere la esperanza

Esta es la preventa de la primera novelette de María Gómez Zúñiga. Reserva ya tu ejemplar.

PRÓLOGO

Construimos nuestros recuerdos en base a lo que nos cuentan y los adornamos con detalles que pone la imaginación. Este es uno de mis favoritos:

Aquel miércoles cumplía tres años y mi madre preparó la tarta de chocolate y galleta que ya me ha acompañado en dieciocho cumpleaños. 

Por la tarde salimos a comprar mi regalo juntas. Siempre hemos estado las dos solas, completas, y aquellas tardes que pasábamos juntas en Madrid tampoco echábamos en falta a nadie más.

Fuimos hasta el centro y entré por la puerta pequeña en la tienda de juguetes. No recordamos qué regalo escogí. Más tarde compramos un helado y paseamos por esas calles que me han visto crecer, estrenar zapatos y correr para refugiarme de la lluvia. Dudo que algún día dejen de gustarme. Al pasar sobre una rejilla de ventilación del metro, una corriente deshizo el lazo rojo anudado a mi pelo y me levantó la camiseta.

Aquella noche ocurrió por primera vez. Tuvo lugar cuando llegamos a casa, yo con el pelo revuelto y los brazos casi dormidos de abrazar el cuello de mi madre. Me llevó hasta mi habitación, encendió la luz de la mesita de noche y me desvistió mientras se me cerraban los ojos. Más tarde, mientras ella veía una película en el sofá, yo me desperté, bajé de la cama… y me despegué del suelo. 

Fue sencillo; el suelo tan solo dejó de estar en contacto con mis plantas descalzas y mi cabeza casi rozaba el techo con pegatinas de estrellas fluorescentes. Espiral todavía habla de la sonrisa que tenía en aquel momento. La conocí entonces, con sus rizos rojos y sus ojos dorados, más brillante que las estrellas y tan grande como la palma de la mano de mi madre. 

Me tambaleé por el pasillo, como si mis pies ya no quisieran recordar cómo pisar firme y fueran a despegarse de un momento a otro del parqué. Entré en el salón seguida del hada, que revoloteaba junto a mí, me acariciaba el pelo y rozaba mi nariz con la suya. 

Mi madre me ha contado muchas veces lo que sintió al verme aparecer seguida de aquel destello, cómo la sorpresa inicial fue sustituida por la emoción cuando volé hasta su regazo. Me abrazó con los ojos llenos de lágrimas mientras daba las gracias a Espiral por elegirme y concederme un don.

A partir de entonces comencé a darme cuenta de los destellos por la calle y, aunque nunca podía verlas con la misma nitidez que a la mía, sabía que eran las hadas de esos niños con los que me cruzaba. 

Conforme crecía, me enseñó a controlar mi don. Aprendí a levantar pequeños objetos, a elevarme cada vez más. Podría definirse como una capacidad para manipular las presiones y las corrientes de aire que me rodean. A mí eso no me importa. No tiene sustento científico, ni tampoco sigue una lógica que yo tenga un poder, que también lo tenga mi vecino o algunos amigos del barrio y otros no. Es decisión de las hadas, y nadie las comprende. 

Rompí algún que otro vaso y lancé más de un par de calcetines por la ventana, me di bastantes golpes en la cabeza contra el techo y mis tobillos se torcían a veces al aterrizar. Poco a poco conseguí recurrir a mi poder como quien mueve los dedos de una mano, sin pararse a pensar. 

Por supuesto, Espiral no estaba conmigo todo el tiempo; aunque no faltaba a los momentos clave de mi infancia, como cuando acabé la educación infantil o en la aparición de mi primer diente definitivo. 

Cuando cumplí siete años, como es tradición entre las hadas, acordamos una señal para que acudiera junto a mí, continuara mi formación y me ayudara en lo que necesitase. Mi madre propuso el momento de desatarme el lazo del pelo, al volver a casa después de colegio, y esa la mantuvimos hasta que dejé de ponérmelo a los nueve años. Se sucedieron varias claves más, hasta que a los once años comencé a quedarme un rato por las noches a leer y Espiral acudía cuando sonaba la campanita del microondas al calentar mi taza de cacao. Leíamos un rato juntas. Ella, sentada en mi hombro, me preguntaba por mi día, me aconsejaba en mis dudas y me consolaba si la tristeza me impedía ver más allá de aquel día. Ella no me contaba gran cosa sobre las horas que no pasaba conmigo, así que yo no insistía. Venía, estaba conmigo y eso era suficiente. Si en algún momento de urgencia la necesitaba, su destello aparecía como si nunca se hubiera ido de mi lado.


Así como Espiral no avisó de su llegada, tampoco lo hizo el cáncer. 

Con tan solo catorce años entré en un bucle de dolores, cansancio, pastillas y sesiones de quimioterapia. Sin embargo, eso no fue lo peor. Durante la tercera sesión de quimioterapia, algo cambió dentro de mí y me cortó la posibilidad de usar mi don. Con ello, también se fueron mis ganas de volar.



MADRID

16 de mayo de 2017


Llego a casa y escucho el ruido de las cacerolas. Un olor delicioso impregna el pasillo de entrada. Me alegra saber que mi madre aún encuentra fuerzas para, de vez en cuando, dedicar tiempo a lo que le apasiona. Me asomo a la cocina y veo cómo se agacha para abrir el cajón. Me doy cuenta de la fuerza con la que se aferra a la encimera, tiene los nudillos blancos. Me acerco, libero sus manos de un par de tapas y una cacerola y dejo que se apoye en mí para incorporarse. 

—Hola, cielo —me saluda con un beso—. Ayúdame con esto, por favor.

Me apresuro a llenar la cazuela de agua y colocarla sobre la vitrocerámica.

—Han llamado del hospital —dice mi madre mientras programo el fuego—. Mañana la doctora quiere verte, a ver qué tal has evolucionado estas dos semanas. 

—¿A qué hora?

—Tienes cita a las doce. Si sales en la pausa del recreo llegas con tiempo. En la nevera tienes el justificante. 

—Otra vez por la mañana, mamá… —Resoplo—. Estoy cansada de faltar a clase y tener que depender de mis compañeros. 

—No creo que a Lucas le importe pasarte…

Frunzo el ceño, pero al momento veo cómo casi me suplica con gesto apenado que no se lo ponga más difícil. 

—Los profesores ya lo saben, Carlota. —Se sienta en una de las sillas para esperar que el agua hierva—. No tienes que seguir el ritmo de tus compañeros. Tu caso es excepcional. 

—Eso es lo que no quiero, mamá —digo, con el tono de voz cada vez más alto—. No quiero que me consideren privilegiada por haber tenido cáncer, no quiero que me vean como un caso aparte, no quiero que me traten de forma distinta ni con preferencia. —Suspiro y admito con voz débil—: Solo quiero volver a lo de antes, a encajar. Por eso decidí volver al instituto. Si quisiera seguir siendo la rara, me habría conformado con quedarme en casa. 

—No es malo salirse de la masa, Lota. Tú no has podido evitar tu enfermedad y no deberías rechazar por ahora cierto trato de favor de quienes intentan ayudarte. Al menos muéstrate agradecida, ¿vale? —Me lo pide también con la mirada. 

—Ya. Solo que… 

—Es duro, mi vida. —Se levanta, se acerca despacio y me abraza cuando comprueba que no voy a rechazarla—. Lo sabemos. Pero hay que seguir adelante, ¿no crees? Tienes personas que te quieren a tu alrededor y te queda mucha vida por delante. No se te viene el mundo encima, aunque lo parezca en algunos momentos. Lo peor ha pasado. Ahora para arriba, ¿de acuerdo? —Toma mi cara entre sus manos y pega los labios a mi frente.

Miro a mi madre y reconozco que sí, que he pasado lo peor, que ya casi me he recuperado y solo me quedan unos meses de esfuerzo para acabar con cada una de las secuelas. En cambio, ella… Ella no va a recuperarse en unas semanas, no va a volver a encenderse como antes. Creo que averigua lo que pienso, porque veo titilar sus ojos verdes. Me abraza de nuevo, todo lo fuerte que el cuerpo le permite.  

—No nos vamos a rendir. 

En sus brazos, me doy cuenta de que mi madre no sabe que más de una vez estuve a punto de hacerlo. 

—Hablaré con Lucas luego para que me pase los apuntes mañana. 

La sonrisa de mi madre no se ha dejado hundir entre los cojines de la cama y sale a flote cuando yo también le enseño la mía.


***


Llamo al telefonillo del bloque vecino al mío, en el que vive Lucas. Mis recuerdos me transportan al verano de 2016, cuando mi madre le pidió que me ayudara en mi vuelta al instituto después del año de tratamiento. No ha pasado todavía un año y parece que nos conozcamos desde hace mucho más tiempo. La voz de su padre me trae de vuelta al presente. 

—¡Carlota, qué alegría verte! —Miro hacia la cámara con una sonrisa—. Pasa. 

El chasquido de la puerta al abrirse me recibe, atravieso el rellano del portal y subo en ascensor hasta el sexto piso. Lucas me espera en su puerta y me abraza en cuanto me acerco. 

—Qué guapa estás hoy. —Me mira con sus ojos, negros, muy abiertos y las cejas levantadas. 

—No me tomes el pelo. —Río y le doy un golpe sin fuerza en el hombro. 

Él me roba un beso antes de dejarme pasar, todavía con la sonrisa pícara en los labios. 

—Vengo a aprovecharme un poco de mi novio —confieso cuando entramos en el salón. 

—Pero ¿no lo haces habitualmente? —Riéndose, se sienta en el sofá. 

Le imito y coloco las piernas sobre las suyas. Acaricio sus rizos irlandeses, como me gusta llamarlos, y él me mira con atención. 

—Mañana tengo revisión y cita con mi psicóloga por la mañana, así que si me pudieras pasar los apuntes de las clases de después del recreo te lo agradecería.

—Dalo por hecho. 

Pongo mis manos en sus mejillas y le atraigo hacia mí para besarle. 

—Ahora me toca a mí pedirte algo —murmura casi sin separarse—. El sábado he quedado con mis amigos para ir de concierto, ¿te vienes? 

Me echo un poco hacia atrás para mirarlo. 

—Creo que no debería. ¿Y si les molesta? Dices que les caigo bien, pero al final van a pensar que no te dejo estar con tus amigos sin estar yo cerca...

—Que no se te pase por la cabeza. Ellos también se han llevado a sus novias alguna vez y no pasa nada. —Me acaricia la nuca justo en el límite con el pañuelo. Me gusta llevarlo aunque ya hace tiempo que recuperé mis rizos negros—. Tienes que dejar de pensar que molestas o que no puedes caer bien a la gente, ¿no crees? 

Lo cierto es que no. Hay días en los que me siento más una carga que una amiga. 

—Ven al concierto, Lota. Pásalo bien. Olvídate, aunque solo sea un rato, de los pensamientos que a veces te taladran y que hacen que esos ojos de nubes lluevan. —Sabe que con esa vena poética puede conseguir casi todo lo que quiera—. Supongo que, si ya no tengo nada extraordinario, no me querrán por interés ni lástima.

—Tú eres extraordinaria, vueles o no vueles. —Me abraza con más fuerza y sonrío. 

Seguimos en esta posición hasta que escucho los pasos del padre de Lucas en el pasillo. Intento separarme de él y sentarme en condiciones, pero me sujeta por la cintura e impide que me aleje demasiado con una risa que no disimula. 

—Hola de nuevo, Carlota. —Su padre se asoma con una sonrisa que le acentúa las ojeras—. Siento no haberte saludado antes, este chico casi me ha echado de la puerta… —Me guiña un ojo—. Isabel se va a acostar ya y quiere que le deis las buenas noches. 

—Ahora vamos —responde Lucas. El hombre se retira a su despacho y él me da un beso rápido antes de levantarse.

Isabel es un calco de su hermano mayor, solo que con el pelo liso y la sonrisa mellada típica en los niños de ocho años. 

—¡Lota! No sabía que habías venido hoy —exclama, y al momento salta de la cama para abrazarme—. ¿Qué tal mi profe? —Siempre se refiere así a mi madre y, aunque me hace gracia, supongo que es lógico. 

—Está bien. Hoy estaba un poco cansada. Sin embargo… —hago una pausa y me inclino hacia su oído— me ha dicho que a lo mejor te trae unas cuantas galletas de las que te gustan cuando venga a ayudarte con matemáticas mañana —le susurro mientras la llevo de vuelta a las sábanas. 

Ella aplaude en silencio y me sonríe con complicidad. 

—Pero solo para mí, ¿vale? Montones de galletas de la mejor cocinera y la mejor profe del mundo solo para mí.

Asiento y le doy un beso en la frente, dispuesta a marcharme de la habitación. 

—Espera un momento, Lota —me retiene por la camiseta—, tengo que hacerte una pregunta importante.

Me giro hacia Lucas, que ha observado nuestra conversación sin intervenir, y se encoge de hombros. 

—He discutido con Ópalo. —El hada de Isabel le concedió hace cinco años el don de arreglar las cosas que alguien haya roto—. Esta tarde la he llamado para que me ayudara con los deberes y se ha enfadado. Me ha dicho que si vuelvo a hacerlo no va a venir nunca más —acaba con tono de asombro—. ¿Tú crees que lo decía en serio? 

—Ópalo solo quiere que aprendas a usar tu don y ayudarte en todo lo que pueda, Isa. Pero también tiene otras cosas que hacer y, si solo la llamas para que te resuelva las sumas, harás que se le acumule el trabajo.

La niña frunce los labios y luego asiente con energía: 

—Entonces mañana le pediré perdón. 

—Seguro que se le pasa —la tranquiliza su hermano y le da un beso en la frente—. Buenas noches, brujilla. 

—Buenas noches —responde ella antes de que cerremos la puerta a nuestra espalda. 

—¿Es cierto lo que le ha dicho Ópalo? ¿Es posible que las hadas no acudan a la llamada de sus ahijados? —me pregunta Lucas mientras caminamos hacia su habitación. 

—Sí. Llega un momento en el que los niños ya no lo son tanto, saben usar sus dones y tomar decisiones, así que empiezan a llamar a las hadas por interés, para pedirles algún favor, y dejan de tratarlas con respeto, como si fueran el genio de la lámpara. —Se deja caer en la cama con las piernas estiradas y yo elijo el enorme cojín junto a la ventana—. Un día ellas se cansan y dejan de aparecer cuando las llaman. Es lo «natural», lo que suele pasar. Aunque Isabel todavía es pequeña para que pase, solo tiene ocho años y, por los casos que he conocido, suele ser a los trece o catorce. 

—Entonces, ¿por qué Espiral siguió contigo? Me has contado que no se fue cuando tenías trece años, sino más tarde.  

—Porque yo nunca fui egoísta con ella —le dirijo un mohín de burla—. Bueno, en realidad se debió a mi enfermedad. Con catorce años llegaron el cáncer y el tratamiento —siento un nudo en la garganta al recordarlo—, así que se quedó porque necesitaba su apoyo y supongo que ya nos acostumbramos a tenernos la una a la otra, como una hermana o una madre. 

—Y cuando perdiste los poderes… ¿por qué se quedó? —Lucas traga saliva y hace una pausa—. No hables de ello si no quieres…

—No te preocupes —le dirijo una pequeña sonrisa—, no es un tema tabú para mí. En cuanto me di cuenta de que había perdido mi don, quise separarme de todo lo relacionado con él. Me esforzaba para no intentar usarlo y hasta procuraba no pensar en situaciones en las que habría recurrido a él. —Dudo que algún día se me olvide la horrible sensación de vacío que sentía las primeras veces—. Sin embargo, me di cuenta de que, mientras mi hada estuviera conmigo, no desconectaría de mi don ni del recuerdo, así que le pedí que se marchara cuando empecé el instituto de nuevo. Quería una vida lo más normal posible. 

Lucas aprieta los labios y hace ademán de interrumpirme, pero continúo:

—Ella se retiró sin cuestionar mi decisión. Supongo que tendría más niños a los que dedicarse, aunque presiento que nunca me ha dejado del todo. —Me encojo de hombros—. Han pasado ocho meses y todavía hay ocasiones en las que pienso cómo me gustaría contarle algo de mi día, pedirle consejo sobre algo que me preocupa o tan solo observar juntas las estrellas desde la azotea como hacíamos antes. 

—La echas de menos.

Resumir tantos sentimientos, todos los pensamientos y dudas, en unas palabras tan sencillas me parece un logro. De pronto, una certeza me golpea por dentro. 

—Creo… —empiezo, pero siento una presión alrededor de la garganta. Sin embargo, quiero decirlo en voz alta—. Creo que me equivoqué al pensar que Espiral representaba tan solo un vínculo con mi don. Ella es mucho más que eso. Me ha acompañado en los mejores momentos de mi infancia y también estuvo al pie del cañón en los peores. —Me tiembla un poco la voz—. Se quedó, incluso cuando, como has dicho antes, no tendría por qué haberlo hecho. 

Las lágrimas que he intentado reprimir me recorren las mejillas. Lucas hace un gesto para que me siente junto a él y me rodea con sus brazos. Apoyo la cabeza en su hombro hasta que me tranquilizo. Al cabo de unos minutos, me separo y me seco la cara como puedo con los dedos. 

Lucas se mira las manos, cruzadas sobre el abdomen, con el ceño un poco fruncido. Dudo que haya entendido todo lo que le he contado. Ningún hada le concedió un don cuando era un niño, aunque estoy segura de que habría hecho mejor uso de él que yo. Al cabo de un rato se sienta en el borde de la cama y me mira muy serio. 

—Pero ¿tú ahora eres feliz con la vida que estás construyendo, aunque no tengas tu don?

—Sí —le respondo sin pensarlo demasiado.

Cuando estoy con él, la ausencia de mis poderes se hace mucho más ligera. Su expresión se relaja al momento y ahora soy yo quien le abraza para agradecerle sin palabras su preocupación y su cariño.