El último de los thaûrim

Esta es la preventa de la primera novelette de Cristina García Trufero. Reserva ya tu ejemplar.

PRÓLOGO


Nunca me había sentido especialmente atraída por las historias, pues siempre acababan distorsionadas, ya fuera por malentendidos o para mantener la atención de una audiencia cada vez más exigente. Incluso a día de hoy, la mía contiene más mentiras que verdades, pero jamás me ha importado lo suficiente como para contradecir lo que se decía. Cada embuste vertido engrandecía mi figura y eso era bueno para el negocio. 

Jamás escuchaba a los bardos, por muy cercano que fuera el cuento que recitaban, pero, como me dijo un buen amigo, no se puede correr eternamente. Así que cuando un maldito juglar entró en la posada en la que me hallaba y empezó a hablar sobre el último de los thaûrim, la historia que intentaba esquivar me alcanzó sin previo aviso. Los recuerdos que había enterrado en lo más profundo de mi ser salieron a la luz. Sabía que, tras lo ocurrido, se contaron cientos de relatos sobre Vaalir Winterlock, apodado el Matabrujos, pero siempre me escabullía antes de que los bardos empezaran sus fábulas. Nunca pensé que me atraparía en aquella maldita taberna con olor a rancio que se hallaba perdida en algún punto del reino de los humanos. Nada parecía haber escapado a la imaginación del narrador, que sonreía mientras describía las desventuras del Matabrujos.

Hacía más de un siglo de aquello y parecía que la Magog de entonces nada tenía que ver con la de ese momento. Y, en cierto modo, así era. Vaalir me enseñó la bondad de las personas y guio parte de mi camino cuando nadie había apostado por mí, pero fue su muerte lo que me transformó. Podría explicar todo lo que me pasó antes de convertirme en lo que soy ahora, y quizá un día lo haga, pero no abrí la boca por mí, sino por Vaalir. 

—Te equivocas en casi todo, juglar —interrumpí.

El hombre, que debía de tener cerca de cuarenta años, alzó sus pobladas cejas y se estiró la camisa gris que llevaba. Retiré las botas de encima de la mesa y me enderecé para enfrentarme a mi interlocutor. Sentí el peso de las armas que llevaba colgadas al cinto. El bardo frunció el entrecejo y chasqueó la lengua, como si buscara una respuesta ingeniosa. 

—¿Acaso sois mejor cronista o sois una simple borracha que disfruta molestando a los demás? —Se colocó un mechón de pelo negro y brillante detrás de la oreja y se cruzó de brazos.

—Ni una cosa ni otra, mi joven amigo. —Sentí cómo sus ojos dorados me atravesaban, pero no me amedrenté.

—En tal caso, solicito una explicación por vuestro comentario. ¿Quién sois? 

Durante los últimos años había permanecido oculta, como si fuera una viajera del montón, pero en ese momento en el que había escuchado lo que decían de Vaalir no podía permitir que se propagaran tantas mentiras sobre el thaûrim.

Desenganché la espada que portaba y la coloqué encima de la mesa. La filigrana dorada de la empuñadura llamó la atención de mi interlocutor. El bufido que soltó tras echarle una ojeada me indicó que había reconocido el arma. 

—Mi nombre es Magog Redhunter. —Me retiré la capucha con la mano izquierda para dejar a la vista el color de mi pelo y mis puntiagudas orejas de elfa—. Por lo que, si vas a narrar lo que le sucedió a Winterlock, asegúrate de empezar por el principio y no inventar nada.

—Así que eres la recadera de Baruj.

Su desprecio me confirmó que todavía se hablaba sobre mí. Sonreí con suficiencia mientras desenfundaba una daga y jugaba con ella. Era cierto que había hecho un pacto, tiempo atrás, con el mensajero de los dioses para rescatar del olvido aquellos pedazos de historia que no me pertenecían y así entender lo ocurrido. A cambio de ese favor, me convertí en su aprendiz. Y no me arrepentía de ello.

—Llevo mucho tiempo callada, pero ya es hora de desenterrar todas las partes del relato y explicar lo que realmente ocurrió hace un siglo y medio, en el año cuatro mil seiscientos tres.