La alquimia secreta de las almas

Prólogo

04 de noviembre de 1911


El agua del Tormes se deslizaba al ritmo de una melodía que aún se repetía en su cabeza. Las manos le temblaban como si pretendiesen tocarla; como si algo las obligase a hacerlo.

De vez en cuando, un carruaje cruzaba la oscuridad hasta adentrarse en el laberinto de callejuelas del que él había logrado escapar. Las pezuñas de los caballos empolvaban el aire, se mezclaba con el aroma del musgo que escalaba por las piedras ocres que construían el puente. Sabía que no debía estar ahí, no a esas horas, no él solo, pero un paseo nocturno era lo único que le calmaba tras una noche de estreno.

No era la primera vez que subía a un escenario; sin embargo, el miedo a no gustar o a que algo saliera mal nunca desaparecía. Antes siquiera de abandonar los bastidores ya había visualizado todos los posibles titulares: «El bochornoso concierto de Sebastián Ureña», «El genio estrellado», «Una vergüenza que no debería llamarse música»… y esos eran algunos de los más suaves.

Aunque no parecía que sus miedos fueran a cumplirse, no al menos esa noche. El público había acabado de pie para aplaudir durante minutos al más joven compositor de la década, pero ni esa perspectiva lograba que su pulso se normalizara. A sus diecinueve años ya tenía demasiados ojos puestos en él y sus obras, un peso constante al que sus profesores particulares no le habían enseñado a enfrentarse.

—¿Sabes que has dejado a la duquesa plantada? —dijo una voz a su espalda que conocía bien.

Sebastián no le dio una respuesta; solo se giró mientras ocultaba sus manos en los bolsillos. Las afueras de Salamanca apenas contaban con dos faroles de luz de gas, pero la noche clara le dejó ver que su hermano le observaba con un enfado impostado, que contenía una risa. Los brazos cruzados sobre el pecho y el peso en una sola pierna le daban una pose de maestro de escuela, como si fuese una autoridad.

—Mira que los genios sois extraños —siguió Gaspar—. Hay, aproximadamente, un centenar de chicas y tres o cuatro decenas de chicos que desean hablar contigo, y tú estás aquí intentando pillar una pulmonía.

El menor de los Ureña encogió los hombros.

—En los contratos no pone nada de que deba asistir a las fiestas. Solo me pagan por componer y tocar, no por coquetear con duquesas, marqueses o cualquier otro poseedor de un título nobiliario. Eso no es para mí.

—Tus músicos seguro que te lo agradecen, así tienen menos competencia. Pero deberías probar a ir alguna vez, no es tan horrible como crees.

—¿Con nuestra madre exhibiéndome como un trofeo? No, gracias. Muy buenas compañías tienen que ser para que compense.

—No puedes echarle la culpa siempre a ella. Si quieres seguir con la imagen del misterioso compositor que no se deja ver, por mí genial, estás en tu derecho, pero eso es cosa tuya.

Gaspar lo conocía lo suficiente como para saber que nada que dijera haría que cambiase de actitud. Siempre había sido igual. En su primer recital de piano, a los ocho años, huyó del escenario sin saludar. No miró al público ni por casualidad. Temblaba y se encontraba al borde del llanto, pedía que no le obligaran a hacerlo; no quería hablar con nadie, ni siquiera quería oír halagos. Repetía una y otra vez que se iba a morir mientras se agarraba el pecho. En ese momento creyeron que era una exageración, hasta que se desmayó y vieron que su pulso se había parado.

Once años después, no había cambiado nada. La misma piel morena, los mismos ojos negros, el pelo lleno de rizos y, sobre todo, el mismo corazón enfermo. Aunque fingiese frialdad, era sabido que le aterrorizaba repetir esa noche en la que acabó en el suelo a punto de morir.

—Bueno, Sebas, la fiesta durará como mínimo hasta el amanecer. Si cambias de idea, ya sabes dónde estamos.

—Lo pensaré —mintió. Con un profundo resoplido se apoyó en el muro que le separaba del agua. Ya no cantaba; la melodía había dejado paso a un relincho en algún lugar próximo.

—Ten cuidado. Hoy hay luna llena, es noche de brujas.

—Las brujas no existen, Gaspar.

Mientras se alejaba de espaldas, el hermano mayor hizo un ademán exagerado y se santiguó como si esas palabras le alarmaran. De pequeños decían que dudar de la existencia de las brujas traía mala suerte y desgracias. Y puede que fuese cierto porque si no hubiese dicho eso, si Gaspar no se hubiera distraído con gestos supersticiosos… tal vez habría visto venir el carruaje desbocado a tiempo.


Capítulo 1

Siempre iba corriendo a todas partes. No es que llegase tarde, simplemente necesitaba descargar algo de la energía acumulada durante la noche. Iván Rojas era un verdadero peligro, uno conocido por todo el centro de Salamanca no solo por su velocidad al bajar las cuestas y girar en las enrevesadas calles, sino por su incapacidad para calcular distancias. La gente se apartaba según oía sus pasos.

Esa mañana, por supuesto, no era ninguna excepción. Tras asearse y peinar su pelo rubio en una coleta mal agarrada, salió de su casa con el desayuno aún en la garganta y su bolsa de trabajo colgada del hombro. Había atravesado las calles casi destartaladas al oeste de la ciudad hasta cambiarlas por las del centro y todas las historias que vivían en ellas. Distraído, solo se dio cuenta de que había llegado a la Plaza de la Libertad cuando una de las floristas, a la que arrolló en el pasado, le saludó. Allí, en una esquina, estaba el taller de Ludovico Espinosa, a la espera de algún cliente. El cartel de madera colgaba sobre la puerta, tan torcido como el hombre que vivía en su interior. Le gustaba leerlo siempre que cruzaba su umbral, aunque le costase distinguir cada curva de la tipografía entre los borrones. Al hacerlo, Iván se imaginaba a sí mismo con una toga burdeos como símbolo de maestro en la alquimia. Aunque ya estaba a punto de cumplir los veinte años, su profesor siempre decía que iba a ser uno de más jóvenes en conseguir ese reconocimiento.

El interior olía a polvo, a etanol y azufre, también a libros añejos. Las ventanas estaban recubiertas por una costra ocre. La mayoría de la gente tardaba unos instantes en adaptarse a la luz del taller, pero él estaba ya acostumbrado a ese edificio, a su lenta respiración, que escapaba por las grietas de la madera, y a sus amenazas de caer sobre él.

Sin pensar demasiado, corrió hacia la larga mesa de trabajo. Soltó la bolsa para sacar sus guantes y gafas protectoras. Había llegado pronto, como siempre, pero ya no podía esperar para empezar con las tareas. Una vez preparado examinó el matraz de su último experimento, un filtro que hiciese el hierro maleable sin necesidad de calentarlo. Se suponía que la mezcla debía ser grisácea, pero, aunque la había dejado macerar las horas necesarias, esta seguía transparente como el agua. Con la nariz arrugada dejó el frasco de nuevo en su sitio y caminó por el taller.

—¡Señor Ludovico! —Se esforzó para que su voz alcanzase la planta superior—. ¡Ya he llegado! Y me parece que la prueba de ayer no ha salido como imaginé. Creo que me pasé con el agua regia. ¿Cómo lo puedo solucionar?

Esperó varios segundos, pero lo único que escuchó fueron unos pasos apresurados de un ratón en alguna de las habitaciones superiores. Torció la boca y deslizó su ojo bueno por el techo para averiguar por qué motivo su maestro no contestaba. Meditó. Solo le llevó un instante, ya que su cerebro acostumbraba a ir con la misma prisa que sus piernas. A lo mejor su profesor necesitaba ayuda, o simplemente se había quedado dormido. Fuera como fuere, Iván decidió que iba a averiguarlo.

Se apoyó en el pasamanos que guiaba al segundo piso. Su tacto era astillado, pero siempre le daba seguridad notarlo. En ocasiones como esa, lo apretaba mientras subía por los escalones de madera carcomida.

—Señor Ludovico —repitió, esa vez en un tono más bajo e interrogante—. ¿Está aquí? ¿Está bien?

Otra vez sin respuestas. El pasillo estaba aún a oscuras, Iván solo llegaba a reconocer formas que no podía ubicar. Una rendija de luz le indicaba que había una puerta entreabierta al fondo. Tragó saliva antes de continuar su travesía.

—Señor. —Un tercer esfuerzo al llegar a la altura del quicio—. ¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

No se molestó en darle un tiempo de cortesía. Abrió la puerta con cuidado. La luz del sol se colaba por un tragaluz en lo alto de un cuarto tan destartalado como el resto de la casa.

Ludovico Espinosa, en su día uno de los más importantes alquimistas de Salamanca, era un hombre consumido por una edad tan elevada que él mismo había perdido la cuenta. Era fino como un arbusto sin hojas. La piel estaba tirante sobre unos huesos demasiado marcados. Tenía las mejillas hundidas y sus ojos estaban desorbitados, los párpados no bastaban para cubrirlos. Apenas le quedaba pelo y el que sobrevivía era fino y blanco, más bien parecía una tela de araña que se le hubiese quedado pegada. A Iván no le hubiese extrañado que lo fuera. 

Le encontró sentado en la cama, sus callosas manos sujetaban una nota llena de pliegues.

—¡Ah! —dijo al ver a su joven ayudante—. Ya estás aquí.

—Sí, le estaba llamando.

—Lo siento. Me he distraído con una carta que llegó esta mañana… Y mi oído ya no es lo que era —siguió mientras se levantaba con un quejido y un rechinar para después dejar la hoja sobre su mesilla—. Anda, niño, ayúdame a bajar las escaleras.

Iván sonrió con suavidad. Se sentía un poco exagerado por haber pasado miedo sin motivo. Caminó de vuelta al experimento con su profesor agarrado del brazo y la madera chirriante bajo los zapatos.

—¿De quién era la carta? —preguntó cuando alcanzaron las escaleras.

Ludovico pareció meditar un momento una respuesta satisfactoria para su curioso aprendiz. No siempre podía encontrarla.

—De una antigua alumna. Hace mucho que no sé nada de ella y tras años fuera de España ha regresado.

—¡Qué bien! ¡Debe de estar deseando verla! ¿Es una alquimista? ¿Es famosa? —El chico se giró para mirarle con un movimiento tan brusco que casi logró tirar a su profesor.

—Tranquilo, Iván —Buscó el apoyo del pasamanos—. Es solo una joven normal y corriente como tú; aunque, sí, es alquimista, y bastante buena.

—¿Puedo conocerla? Me gustaría conocerla.

—No lo sé. Su carta decía que tiene que contarme algo importante y que vendrá esta noche, pero no sé si mañana seguirá en la ciudad. No suele quedarse mucho tiempo en el mismo sitio.

El entusiasmo de Iván se esfumó tan rápido como había llegado y consiguió bajar las escaleras con la calma suficiente como para no caer. El joven no veía muy bien, pero sí sabía escuchar. Esa vez notó un ligero suspiro en la voz de su maestro, un deje de melancolía que se quedó suspendido en el aire. Iván quiso seguir con sus preguntas; sin embargo, estas se le olvidaron cuando empezó a trabajar.


Sus pulmones aún se negaban a funcionar con normalidad y las horas solo habían conseguido que sonasen como un fuelle. El poco aire que lograba respirar se agriaba por el olor del tanatorio, era una mezcla de azaleas y tabaco de algún visitante. Sebastián permaneció en un rincón, en un intento de pasar desapercibido y mimetizarse con las coronas de flores.

Las manos le temblaban y no sabía qué hacer con ellas, dónde ponerlas o cómo esconderlas. Todavía las notaba pringosas y calientes. Daba igual cuánto restregara el jabón, las sentía llenas de sangre, casi veía restos en los surcos de los dedos. Los espasmos le recorrían las falanges cada vez que en su cerebro aparecía la imagen de su hermano pisoteado por cascos de caballo y ruedas de metal. La garganta aún le dolía por los gritos de ayuda.

El llanto de Macarena no se había interrumpido, Luisa le acariciaba las mejillas o la agarraba de la mano para calmarla cuando nadie miraba. Sebastián no había logrado dirigirle una sola palabra a ninguna de las dos. Cualquier cosa que saliese en esos momentos de sus labios solo serviría para romperlas un poco más, y también para romperse a sí mismo. De cualquier forma, no sabía qué decir. Era Gaspar, no él, quien siempre tenía un consuelo escondido como un mago guarda una moneda. Él solo tenía un talento, tocar el piano, y entonces, con las manos agarrotadas, dudaba que pudiera volver a hacerlo con normalidad.

Se levantó del sillón donde quería hundirse. Procuró parecer una sombra, pues se sentía una, y salió del habitáculo que habían preparado para el velatorio. Necesitaba aire, pero, sobre todo, necesitaba estar solo. Nadie se fijaba demasiado en él. Aun así, las voces se mezclaban con el llanto de sus madres en un vórtice que tiraba de sus piernas hasta lo profundo de un pozo. Escapar era la única solución.

El jardín estaba coloreado por los tonos anaranjados del atardecer. La luz rebotaba en las lápidas y los granos de cuarzo brillaban como centellas. Cerró los ojos y dejó que los rayos de sol atravesaran sus párpados. Estaba cansado, más de lo que nunca se había sentido. No había dormido y notaba las ojeras hincharse bajo sus ojos negros. Tenía el pulso en las sienes y un dolor en la mandíbula, principio de una jaqueca.

¿Debía estar llorando? ¿Por qué no podía hacerlo? ¿Acaso no adoraba a su hermano mayor? ¿No estaba triste?

Sí, lo estaba. Tal vez no lo suficiente, puede que demasiado. ¿Había alguna unidad de medida que dijese la cantidad de tristeza normal en esas ocasiones?

Necesitaba poner en orden sus pensamientos, cada acontecimiento y segundo de ese terrible día. No se sentía digno de olvidarlos: Gaspar no volvería por su culpa y era incapaz de llorar. Quería guardarlos en sus retinas pese a que ello supusiera dolor, aunque no el suficiente… o demasiado…

Intentó centrarse en el aroma de los ramos de flores y el silencio del cementerio. Pero algo le distrajo; el sonido de una tela al deslizarse y unos pasos ligeros entre las losas del camposanto. Sebastián, al notar la compañía de alguien, abrió un ojo y luego el otro.

A unos metros había una figura. Estaba de espaldas, pero la caída de la ropa dejaba entrever que se trataba de una mujer pequeña y delgada. Tenía un largo pelo negro, que dibujaba ondas hasta la mitad de su espalda. Su cabeza se inclinaba hacia una lápida a la que parecía rezar con un murmullo.

—La vida no es justa. Pobre niño —dijo de pronto, no muy alto, solo lo suficiente como para que la oyese—. Era demasiado joven y prometedor.

Sebastián frunció el ceño. Tal vez no hablaba de Gaspar porque no reconocía esa voz. Tampoco recordaba la cara pálida que vio cuando la mujer se giró.

—Disculpe —habló él—, ¿conoce… conocía a mi hermano?

Ella le tanteó en silencio. Incluso en la distancia pudo distinguir un rápido movimiento de pupilas al examinarle.

—No. —Su respuesta fue corta, pero la susurró con tanta delicadeza que pareció flotar en el aire hasta desaparecer—. Pero me basta con veros a ti y a sus seres queridos para saber que era muy bueno.

Un sollozo murió en la garganta del menor de los Ureña. Lo era, Gaspar era la mejor persona que existía, por lo menos para él. Le hubiese gustado decirlo, pero no pudo contestar más que con una sacudida de cabeza. Dejó la mirada agachada, por si alguna lágrima decidía escaparse.

La mujer se acercó, despacio, como si temiese asustarle. Sebastián, al verla de cerca, comprobó que tenía unos enormes ojos oscuros y la boca roja como una cereza. Su piel parecía caolín, era la de alguien encerrado en una torre custodiada por un dragón.

—Dime una cosa. Él, Gaspar Ureña Vallejo, de veinte años, que soñaba con ser pintor… ¿merecía morir?

—¡No!

La negación fue rápida, le sobrevino desde el estómago igual que la bilis. Salió de su boca desesperada. Ni se paró a plantearse cómo esa mujer que afirmaba no conocer a su hermano sabía tantas cosas de él. No lo hizo porque solo quería dejar claro al mundo que Gaspar no merecía un final lleno de pisotones, con el cráneo aplastado y sangre por todas partes. Quería acusar al destino de su error, del terrible error que había cometido al llevárselo. Y también culparse a sí mismo por haberlo ocasionado.

La respuesta no logró que la desconocida se inmutase. Parecía esperarla, incluso que se alegraba de escucharla. Esbozó una sonrisa que transformó toda su cara.

—En tal caso —susurró—, tal vez, yo pueda ayudarte y devolverte a tu hermano.

El músico se atragantó. De todas las frases que había pensado que escucharía ese día esa era, sin duda, la que menos imaginó. Y también la que más había deseado. Pero eso era imposible. Gaspar estaba muerto, lo vio apagarse sin que sus gritos de ayuda se escuchasen a tiempo. Esa mujer se burlaba de él con crueldad. Se negaba a aguantar eso.

—No… no tengo tiempo para tonterías. —La voz le tembló y apretó los puños hasta clavarse las uñas—. Tengo que volver con mi familia.

—¿Tienes acaso algo que perder?

La pregunta chocó contra el músico. Aunque quiso mover las piernas, estas no le respondieron. Volvió a mirarla. Como mucho tendría treinta años, pero su barbilla alzada con orgullo hacía que pareciese que había vivido siglos.

—Ya has perdido a tu hermano, lo que tengo para ti no le hará ningún daño.

La desconocida hizo una pausa. Si esperaba una respuesta por parte del chico, no la obtuvo.

—¿Has oído hablar de la alquimia? —siguió, pero no le dejó responder—. ¡Qué pregunta más tonta! Evidentemente, vives en Salamanca. Lo que tal vez no sepas es que la alquimia puede usarse para mucho más que transformar unos metales en otros o curar un resfriado, como soléis creer quienes no la habéis estudiado.

Sebastián enarcó las cejas. Había escuchado habladurías, leyendas sobre antiguos expertos que pretendían alargar la vida o cambiar sus cuerpos… No eran más que cuentos que fueron populares cuando era un niño, pero esa mujer no parecía mentir. Su corazón se calmó solo con la idea de volver a ver a Gaspar y reparar su error. Si había algo a lo que agarrarse, aunque le quemase las manos hasta los huesos, él lo haría.

—Yo practico un tipo de alquimia muy particular. Imagino que mañana enterrarán a tu hermano, entonces será tarde. Solo tendrás una oportunidad. —Calló un segundo, pensativa—. Ve a la catedral esta medianoche, busca la capilla de Nuestra Señora de la Verdad. Ahí estará la solución que necesitas.

—¿Y tú qué ganas con todo esto?

Esa vez fue él quien se quedó a la espera de una contestación que no llegó. La mujer encogió sus diminutos hombros y sonrió. No dijo nada. O, tal vez, Sebastián no lo escuchó.