—¿Qué hay en la caja?—La escritora insiste—: ¿No me lo dirás?. Sabes que intentaré abrirla.

—Por supuesto. Siempre lo haces. No es la primera caja que me destrozas.

La escritora se encoge de hombros. —Si me dieras la llave ya … pero no importa. ¿Alguna pista?

—Acerca tu oído a la cerradura. ¿Escuchas el zumbido?

La escritora se sorprende. —¿Zum… qué? No conozco esa palabra.

—Precisamente. Ahí tienes tu pista. Adiós.

Cada vez que el cajero se va la escritora prueba a abrir la caja que le ha dejado. A veces se sube encima y salta. Otras la deja caer desde los más alto. Ahora tiene dudas. No comprende que será eso que le ha dicho el cajero que escuche, pero indudablemente suena algo. Algo que no puede nombrarse con palabras. Por eso le asusta un poco. Esta vez dejará la caja en paz.

El amanecer encuentra a la escritora con una llave en la mano. Se despierta y la nota entre los dedos. El debió volver y colocársela. Al cajero le gusta este tipo de juegos. Hurga en la cerradura y a medida que cede escucha un ñaccc. La caja comienza a abrirse. Algo chirría. Un zumbido vuela. Salta un sapo . Unos tic-tacs avanzan y suena una titiritaina . Sobre la cama un quiquiriquí busca la garganta de algún gallo para colársele dentro. 

El mundo se llena de palabras nuevas para todos los sonidos que hasta entonces la escritora no ha sabido escribir. No sentía tanta emoción desde el día que recibió el baúl de las esdrújulas. Ahora podrá contar como borbotea el agua o como chicharrea la cigarra. Siseará cuando no apruebe las bromas del cajero o se carcajeará entre ji-jis y ja-jas.

A lo lejos el cajero de las palabras —fris-frás— pule el cartel de la caja nueva . Se lo llevará en un rato. “Onomatopeyas” pone.

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