Amanezco en el suelo con un buen dolor de cabeza y una llave en la mano. La noche de bodas estuvo a la altura del banquete.

Me incorporo y reparo en que, en realidad, me duele todo el cuerpo. ¿Dónde está mi recién estrenado marido? La resaca golpea sin piedad. Alcanzo a ver los obsequios de nuestros invitados. Todos están por abrir y me muero de curiosidad.

—¿Ya estás despierta? —Por fin aparece mi esposo, a medio vestir—. ¿No tienes frío? Estás desnuda.

—¿Sabes qué abre esta llave? —La sujeto con dos dedos y se la muestro.

—La paciencia no es una de tus virtudes, desde luego —suspira y se sienta en el suelo junto a mí—. Juraría que es parte del regalo de mi hermano, pero quién sabe.

—Sus presentes tienen mucho peligro —río—. La última vez por poco acabamos con el pelo en llamas.

—Lo recuerdo a la perfección —refunfuña.

—Entonces, ¿empezamos a abrirlos?

Mis expectativas están por encima que el contenido final de los obsequios de nuestros seres queridos: joyas, tinajas decorativas y otros objetos cerámicos conforman el grueso de los regalos de bodas. Sin contar las ovejas, el vino o el pan.

—Solo quedan dos. —Pese a que mi cónyuge le encanta señalar lo obvio creo que puedo llegar a quererle—. Este cofre tiene que ser el de mi hermano…

—… Pero esta caja es mucho más intrigante. —Me lancé sobre ella—. ¡Ja!

—¡Espera! ¡No podemos abrirla!

—¿Por qué?

—¿Es que no has leído la nota?

Extiende un papel con una caligrafía perfecta: «Prohibido abrir bajo ningún concepto»

—Será una broma. —Mi cara tiene que ser un poema digno de Homero.

—No veo por qué habríamos de arriesgarnos. Mi familia ha sabido ganarse enemigos.

—¿No quieres saber lo que hay dentro?

—Me da igual. —Se encoge de hombros—. Tenemos todo lo que necesitamos: una casa, ganado, una generosa dote… Podemos poner esa cosa en el gineceo, con su tapita y sin que nadie la toque. —Me guiña un ojo—. Tú eres el mejor regalo de todos.

—Déjame que la agite un poco, anda.

—Lo haré yo.

Con un rápido movimiento de manos del que le creía incapaz me la arrebata y la mueve sin mucho convencimiento mientras pega su oreja a ella.

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

—¿¡Qué hay en la caja!?

—¡No lo sé! —La menea un poco más fuerte y frunce los labios.

—¿Qué oyes? ¿Crash? ¿Boom? ¿Bang?

—¡Chist! Qué raro. Es una especie de runrún. O de sollozos. Parecen gritos.

—¡Trae acá!

Se la quito y doy un salto para incorporarme. Del impulso retrocedo un par de pasos, tropiezo con el tálamo y caigo con mi regalo. Cuando quito el pelo de mi cara veo a Epitemeo, pálido e inmóvil. También veo la caja. Ya no está tapada.

—¿Qué has hecho, Pandora?

—Tal vez abrirla no sea tan importante. Tal vez nadie se entere nunca.

—Sigue diciendo eso —suena desesperado—. La esperanza es lo último que se pierde.

Comentarios
  • 4 comentarios
  • Raquel Valle @ValleS hace 5 meses

    Menudo final a la altura del relato ;) Como siempre, un texto impecable y sorprendete. Me encanta cómo has integrado el requisito de las onomatopeyas, de una forma muy natural. ¡A por el último reto! :)

  • Rísquez @Risquez hace 4 meses

    Muchas gracias, @ValleS! De verdad que haces que me ponga colorado. Y más viniendo de TODA UNA CAMPEONA como tú xD Encantado de que te guste!

  • Peliwars @Peliwars hace 3 meses

    Un final brutal. No me lo esperaba. Me ha encantado. Le da un sabor de boca muy curioso, y me ha dejado con una sensación muy agradable.

  • Rísquez @Risquez hace 3 meses

    Hola, @Peliwars! Muchas gracias por pasarte por aquí y dejar tu comentario! Me alegro de que te haya gustado. la idea era intentar no dar demasiadas pistas acerca del final, o de quién hablaba, o de en qué época sucede... y sorprenderos al terminar ;) Si se ha conseguido, bien está. Hasta pronto!


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