Cuando despertó tendido sobre el suelo todo estaba borroso. Lo primero que vio con claridad fue una llave en su mano y, justo detrás, otra mano que no estaba unida a ningún y cuerpo que también la agarraba. No recordaba nada. Había vuelto a perder el control. Se levantó y liberó la llave de la extremidad inerte. Las paredes de la celda estaban salpicadas de sangre y restos de vísceras, como si un montón de cuerpos hubieran estallado en su interior. Aspiró el delicioso hedor de la carnicería y se relamió los labios.

Pum pum, pum pum. El latido se abrió paso en su mente, atrayéndole como un imán. La puerta de la mazmorra era un amasijo de metal fundido, así que salió al corredor para buscar el calor que aquellas pulsaciones le prometían. Cada vez más fuertes, le guiaron por las frías galerías hasta una estancia circular. En el centro, encima de un atril, una caja negra con un candado plateado bisbiseaba su nombre. Uriel, Señor del Fuego.

Al entrar, el frío se fortaleció y le advirtió de la presencia de la Madre Blanca. Aguardaba de pie, su pelo era una cascada de nieve sobre sus hombros y sus ojos dos aterradoras perlas vacías. La niña que esperaba junto a ella tenía un velo de escarcha en la mirada.

—Grrr. —Lo único que consiguió arrancar de aquella torpe garganta humana fue un gruñido.

La frialdad que desprendía la mujer le mortificaba, así que corrió como un animal herido hasta la caja, su salvación, que seguía latiendo. La tocó y el placer le poseyó al sentir la carne quemarse.

—¡¿Qué hay en la caja?! —preguntó la niña alarmada.

—Su alma inmortal, su llama —respondió la Madre—. Él nos la confió.

—¿Uriel el Quemaniños nos entregó su poder?

—¿Cómo si no podríamos arrebatárselo?

—Va a abrirla, tiene la llave. Matémosle ahora que es vulnerable.

—Vino a nosotras en busca de ayuda, niña. No podemos impedir que recorra su camino.

Uriel ansiaba lo que contenía el recipiente y nada se interponía entre él y sus deseos. Cogería lo que era suyo y aquellas perras arderían. Una lucha encarnizada se encendió en su interior, tan violenta que la frágil vasija que era aquel cuerpo se resquebrajó. Por las rendijas se derramaba una ardiente luz cegadora. Solo él podía detenerse a sí mismo.

Recordó todas sus atrocidades. Su mente se llenó con los ojos verdes que le miraron con horror después de haberle amado. Después de que él la amara. No volvería a ser merecedor de esa mirada. Dejó caer la llave y apartó la mano de la caja antes de encaminarse de vuelta a su encierro, resignado al hambre y al frío.

—Sabía que vencerías, Uriel. —La voz de la Madre Blanca sonaba como nieve quebrándose bajo sus pies.

—Cállate, bruja. —La odiaba tanto como la temía—. Ni siquiera eres capaz de encontrar un cuerpo que pueda contenerme.

Quizá no existía ninguno, quizá repetir aquella escena una y otra vez era su purgatorio particular. Pero no podía hacer otra cosa que seguir intentándolo.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Peliwars @Peliwars hace 3 años

    Me ha gustado. Principalmente la forma de narrar. Sin estar sobrecargada me ha permitido tener una imagen muy clara de lo que sucedía, y la historia me suscita interés

  • Majobooks @majobooks hace 3 años

    Me gusto mucho, la manera en como se narra la historia te hace vivirla, querer saber mas, de querer entender más


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