El viento bisbea por entre las rendijas de los desgastados muros de piedra. La hermana Esculapia repasa ventanas, controla puertas, apaga las últimas luces. Oye el siniestro tong-tong de la campana de los Templarios. Es la hora de las almas condenadas.

 Anciana, toda su vida entregada al servicio divino, conoce las historias de milagros y apariciones, demonios, santos y brujas que resuman esas viejas paredes.

Todas las monjas duermen, ella está de vigilia ¿remordimientos? A su edad los pecados son los de siempre, también las penitencias. Nada que deba pagarse con una noche sin sueño. Pero a veces la necesidad de expiación no es propia sino ajena «¿Existen el Purgatorio, el Cielo o el Infierno? Es demasiado tarde para confesar dudas, mejor apagarlas como a las velas, solo queda morir con ellas». Rezó ante las reliquias de Santa Fabiana, que en el A.D. 304 sufrió martirio bajo gobernador Saturnino Rabato; fue quemada en la plaza de esta misma ciudad. Sus amigos guardaron los huesos chamuscados en una urna sobre la que edificarían un oratorio primero, luego una iglesia . De aquella primera basílica, que dos siglos después arrasarían los vándalos, hoy solo queda una parte de la cripta y el arca.

¡Brooom...! La hermana da un cabezazo, sus vigilias ya no son lo que eran, por suerte el trueno la ha despertado. Tiene en la mano una llave muy antigua, muestra el signo templario: dos hombres sobre un caballo; Esculapia recuerda haberlo visto sobre una caja ─¿un pequeño tesoro?─ durante una obligada meditación en el osario. La priora encontró ayer esa misteriosa llave y le ordenó buscar donde encajaba. Ahora Esculapia regresa a las tinieblas subterráneas a escarbar entre telarañas, polvo y esqueletos entreverados. Ya no le teme a los muertos; aunque sí a los vivos que más allá de los siglos suelen dejar sus malignos rastros.

─¡¿Qué hay en la caja?! ─exclama la priora con ojos desorbitados cuando la abren.

 ─¡Snif! ─suspira desengañada. Dentro sólo vegetan unos huesos calcinados.

─Hay también un pergamino ─ dice Esculapia y le alcanza el documento. La priora lo lee en voz alta:

Yo, Gilberto de Montagu Caballero Templario,

Confiteor:

Sor Arlet era bruja, se había consagrado a Dios, pero adoró al diablo; y éste le dió poderes para dominar mi mente; noche y día, en la paz o en la guerra, desde que la vi no la pude  apartar de mis pensamientos; me había embrujado, endemoniado con impuros deseos. Por eso la hice achicharrar en la hoguera. Mas aún así, no pude separarme de ella, y secretamente escondí sus huesos en un lugar santo. Para mi y para siempre.

A. D. 1200.


El obispo ordenó un análisis arqueológico de los huesos hallados en la caja; los fecharon hacia el tercer siglo (e.c). Asombrado, insistió en que dataran también las reliquias de la santa y el resultado fue que éstas eran del siglo XIII.

«¿Quién oye mis oraciones ─dudó la hermana Esculapia─ la bruja o la santa?»

 


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