“¡Kikirikí!”

El canto del gallo le despierta. Apenas puede abrir los ojos y le martillea la cabeza. Se lleva la mano a la frente con un gesto de dolor y descubre que una pequeña llave cuelga entre sus dedos, anudada con un cordel. Su brillo al exponerse a la luz del sol le deslumbra y entrecierra los ojos mientras piensa en la gravedad de su cogorza y en sus hechos previos. Esta resaca es de las que hacen historia.

—¡Jajajaja! ¡Arriba Bella Durmiente, que ha llegado tu príncipe! —Las risas y los gritos de su mejor amigo aumentan el malestar del pobre Luis—. No me seas lila y levántate del suelo, que menudas pintas llevas… Estás hecho un guarro y hueles a choto.

—Tío… ¿Qué pasó anoche?

—¡No te creo, tío! —Juan se lleva las mano a la cabeza— ¿De verdad no te acuerdas de nada?

—¡No me vaciles, tío! Me despierto al raso y oliendo a mierda, y tú no tienes otra cosa mejor que hacer que partirte el culo a mi costa. Te conozco y sé que me has liado algo. Y me has puesto esta llave aquí que no tengo ni idea de para qué sirve.

—¡Venga ya, Luisito! ¡Es imposible que no te acuerdes! Anoche montamos un fiestón. Celebramos tu despedida de casado por todo lo alto, campeón… Es broma. En serio. Solo hicimos turismo rural.

—¿Y la llave esta para qué es?

—¡Buf! ¡De verdad, qué cansino eres, tío! Cuando se te mete un runrún en la cabeza no hay quien te saque de ahí. ¿Para qué va a ser la llave, a ver? Pues para abrir una cosa.

—Desde luego… No sé cómo he podido vivir sin ti todos estos años...

—Eso mismo me pregunto yo.

Juan le tiende la mano y le ayuda a levantarse. Resignado, Luis entra en la pequeña casa de pueblo y estudia con detenimiento cada rincón. De pronto, encuentra una caja negra y brillante con una minúscula cerradura dorada, encima de la mesa de madera antigua que preside el salón.

—¡¿Qué hay en la caja?!

—¡Ay, joder! ¡Qué susto! —exclama Juan con la mano en el pecho—. ¡Deja de pegar voces y ábrela!

Luis traga saliva. Piensa en las veces que se ha visto metido en líos por culpa de su querido amigo y le teme más que a una vara verde. Tiene la boca pastosa y las manos pegajosas por un sudor frío, pero al final se decide y abre la caja.

—¿Qué… es esto?

—¡Tachán! Ves, tontito. Si es que te preocupas por nada, Luisito. ¿Cuándo te he hecho yo algo malo?

—¿Luis? —Una voz de mujer se escucha desde el piso de arriba—. ¿Cariño, ya has vuelto? —Mira a su amigo con desconfianza y enormes ganas de matarle—. Anda, sube. Que llevo un rato esperando mi desayuno...


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