Reconócelo: como encantador eres un desastre. Año tras año has decepcionado a tu padre, el Gran Maestre, por tu falta de carácter. En el fondo sabes por qué jamás le has confesado que deseas ser herrero: lo matarías del disgusto. No puedes escaparte como un niño asustado de las miradas de los veinticuatro miembros del Consejo de Hechicería, suspenderías, y no puedes permitírtelo. El decano te ordena que les muestres tus habilidades (inexistentes, lo sabes), que convoques y ates a un demonio del inframundo.

Tu padre desconfía de tus posibilidades, por ello te ha prestado su talismán potenciador que ocultas como un ladrón bajo tu túnica. Apuntas con tu vacilante báculo hacia las baldosas y pronuncias la secuencia de hechizos como mal recuerdas. Abrir portal dimensional, fijar coordenadas infernales (desconoces en qué orden), succionar ser, atar demonio.

El portal, una esfera oscura, increíblemente se abre. Hasta tú te sorprendes. Fijas las coordenadas sin saber hacia dónde. Succionar succionas y algo que traes que desde luego demonio no es, sino armadura animada; ignoras su aspecto e intentas atar demonio. No lo logras.

A la armadura se le prenden los ojos y dice con voz metálica: A-TAQUE DE-TECTADO. RES-PUESTA IN-MEDIATA. Le lanzas un desesperado «disipar magia» y como quien oye llover. Va hacia ti con muy malas intenciones. «¡Ayudadme, por los dioses!», gritas presa del pánico. Algunos consejeros huyen teletransportándose, los más fieles le atacan con «frío espantoso», «somnolencia infinita» y «morirse de golpe». Nada funciona. Debiste hacerte herrero.

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