La mujer llevaba un hacha en la mano. Era la primera del grupo de humanos apostado delante de la gran cueva. En su interior se escondía el monstruo que llevaba años aterrorizando a los pueblos cercanos. El dragón al que estaban dando caza.

Hartos de que el rey no hiciera nada para ayudarles, los aldeanos decidieron contratar a un grupo de mercenarios que resolviera el problema, que tenía alas, fauces y muy mal genio. Lo más difícil fue encontrar su refugio, matarlo sería sencillo porque ya habían lidiado con otros dragones.

O eso creían ellos. La dragona estaba preparada para su llegada. Sabía que, tarde o temprano, los humanos aparecerían. Era la última que quedaba del pequeño grupo de dragones en el que se había criado. Los demás ya habían muerto y a ella no le quedaba nada más que perder.

Barrió al primero de los intrusos con la cola, lanzándole contra una pared. El resto reaccionó rápido, separándose para no ofrecer un blanco tan sencillo. La mujer del hacha atacó, seguida por dos de sus hombres desde direcciones diferentes.

La amplitud de la caverna no era suficiente para una pelea así. La dragona no pudo escapar de esos ataques. El filo de las armas arañó sus escamas e hirió la carne que había debajo. Su rugido de dolor alentó a los humanos y más mercenarios se unieron al ataque de sus compañeros.

Al sentirse acorralada, la dragona abrió la boca y dejó escapar todo el fuego que almacenaba en su interior. Su aliento barrió toda la cueva, sin dejar ni un centímetro por recorrer. El intenso olor a carne quemada se mezcló con el humo. Alguno de los mercenarios, los que estaban más cerca de la entrada, consiguieron escapar. Ninguno se quedó para comprobar qué era de sus compañeros. Se reagruparon a una distancia prudencial.

La silueta de algo enorme se abrió pasó entre el humo al salir de la cueva. La dragona extendió las alas y alzó el vuelo, pero estaba demasiado herida como para ir demasiado lejos. Tuvo que aterrizar cuando le fallaron las fuerzas.

Poco después, sintió la vibración de la tierra bajo su cuerpo cuando algo muy pesado se posó cerca. La dragona alzó un poco la cabeza, pero luego la dejó caer con cansancio, resignada a que sus perseguidores la hubiesen alcanzado. Estaba demasiado agotada para seguir huyendo. Y harta, sobre todo harta.

No iba a huir más. Caería mirando a sus enemigos a los ojos. Replegó las alas sobre sus costados. No le quedaba más fuego en el estómago, pero se colocó como si aún pudiera escupirlo. Movió la cola de un lado a otro mientras esperaba, dando pequeños golpes a la tierra.

Dos figuras se acercaban, demasiado pequeñas para provocar la sacudida de antes. La de mayor tamaño pertenecía a un hombre de cabello claro. Su ropa estaba manchada por el polvo del viaje. Apoyaba una mano en la empuñadura de la espada que le colgaba de la cadera. Le acompañaba una joven de tez pálida, cabello azabache y ojos oscuros, que vestía pantalones y camisa de chico.

Los dos se plantaron ante la dragona con actitud confiada. La mirada del hombre era curiosa. La de la muchacha mucho más seria y profunda de lo que correspondía a alguien de su edad.

Ninguno de los dos formaba parte del grupo que había obligado a la dragona a abandonar su hogar, pero ella no se confió. Siseó, enseñándoles los dientes. La amenaza no surtió efectos en la pareja, que intercambió una larga mirada para decidir su estrategia.

—Déjame a mí, Gilbert —le pidió la joven a su compañero, dando un paso hacia delante cuando éste asintió—. No vamos a hacerte daño.

La dragona frunció el ceño cuando ese nombre despertó varios recuerdos en su mente. Observó al hombre, que no parecía para nada intimidado a pesar de estar en presencia de un dragón. Como si estuviera acostumbrado. Él, que continuaba con la mano apoyada en la espada, se dio cuenta de que le observaba y se adelantó junto a la chica. Sus ojos verdes relucían curiosos a la vez que tranquilos.

—Venimos a ayudarte —dijo extendiendo la mano libre hacia el morro de la dragona, aunque no llegó a tocarla.

—¿Por qué debería creeros, Ágata y Gilbert? —Su voz sonó algo extraña, forzada a salir de una garganta que no estaba hecha para hablar. Rasposa y siseante, pero entendible.

—Sabes quiénes somos —comentó Gilbert en tono de sorpresa.

Su compañera se giró hacia él para fulminarle con la mirada y luego se volvió hacia la dragona.

—Porque sabes quiénes somos —respondió a su pregunta—. Sabes que te protegeremos.

La dragona solo estaba segura era de que no la atacarían. No Ágata, una poderosa dragona que dominaba el arte de transformarse en humana y que había elegido aliarse con ellos. No Gilbert, el rey humano de un reino vecino que había prohibido la caza de dragones y luchaba codo con codo con una de ellos. Ellos no.

Dobló las patas hasta apoyar la barriga en el suelo. Su cuerpo agradeció el descanso. Gilbert y Ágata intercambiaron una mirada preocupada.

—Prefiero morir libre a vivir cautiva —les dijo, manteniendo la cabeza alzada con orgullo.

—Nadie va a encerrarte —contestó Gilbert.

—Gilbert, déjame a mí —le regañó su compañera.

A la dragona le sorprendió que lo aceptase con tanta facilidad. Ni una sola protesta escapó de sus labios y se mantuvo en segundo plano.

—No tienes que unirte a nosotros. Hay dragones que viven en nuestras montañas, te llevaremos con ellos si es lo que quieres. Pero si cambias de idea, si quieres arriesgarte, algunos estamos creando algo nuevo junto a nuestros compañeros humanos. Alguien a quién tú elegirías.

—¿Cómo tú le elegiste a él? —preguntó ladeando la cabeza en dirección hacia Gilbert.

—Espero que no —respondió éste con una sonrisa que iluminó sus ojos—. ¿Qué? Me salvaste la vida y luego te la salvé yo a ti —se defendió, llevándose la mano libre a la cadena de plata con una pequeña piedra negra que llevaba al cuello—. No fue la mejor de las presentaciones.

—No fue así —le corrigió Ágata, con los labios ligeramente curvados en un gesto parecido a una sonrisa. La primera que esbozaba en toda la conversación—. Me las estaba apañando bien.

—No fue así —replicó el humano copiando sus palabras, y empezaron a discutir, sin perder en ningún momento el tono amistoso.

La dragona observó la evidente camaradería entre ambos. Era fascinante. Como contemplar lo imposible. En cierta forma lo era. Ágata y Gilbert cambiaron las reglas de la relación entre humanos y dragones. Aún seguían cambiándolas. Su leyenda les precedía. Era todo un honor que quisieran contar con ella.

Podía ser importante, igual que ellos. Decidió aprovechar la oportunidad, aunque no terminaba de fiarse de los humanos.

—Iré con vosotros. Mi nombre es Jade —dijo, interrumpiendo su falsa discusión.

—Encantado de tenerte con nosotros, Jade —contestó Gilbert, inclinándose en una reverencia delante de la dragona verde.

La imagen humana de Ágata se fusionó con la de una dragona negra cuando recuperó su verdadera forma. Ella, al igual que el rey, le presentó sus respetos a su nueva compañera.


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