La mujer llevaba un hacha en la mano y aun viendo sus fieros ojos no detuvo su marcha y continuó adentrándose en la caverna, iluminando su camino con una antorcha.

—¡Levántate, dragón!, ¡levántate y reza porque hoy es el día en que te daré muerte!

La bestia se irguió sobre sus cuatro patas, encima de una pila de utensilios de oro que relucían a la luz del fuego. Observó a la chiquilla que se encaminaba hacia él, tan amenazante como una ardilla a los ojos de un león.

—¿Y cómo, valiente doncella, pensáis lograr tal proeza? —dijo el dragón—. El acero de las espadas no atraviesa mis escamas. ¿Acaso vuestra arma ha sido forjada en el corazón de un volcán?, ¿o no es más que la herramienta de oficio que habéis hurtado a algún descuidado leñador?

La joven se detuvo a pocos pies del dragón, dejó la antorcha a sus pies y aferró su hacha con ambas manos.

—No importa cómo se hará. Ejecutaré mi venganza o pereceré en el intento.

—¿Venganza?, ¿de qué se me acusa esta vez? Admito ser culpable de los bueyes, pero el invierno y la desmesurada caza del último año no me deja demasiadas opciones.

—¡Al diablo con los bueyes!, que los campesinos lloren su pérdida. Yo soy la princesa Amaia, prometida con el príncipe Athazel de los Ríos. Hace tres lunas me prometió conseguir el tesoro del dragón negro antes de desposarnos. Partió al sur con su caballo y no se le volvió a ver más. Todos saben que los dragones son codiciosos, ambiciosos, rastreros…

El dragón la acalló con un rugido, ella apretó más el mango del hacha en sus manos.

—Cuidado, princesa. No me gustan las niñas groseras que vienen a mi casa a decirme cuantos insultos quieran, y mucho menos aquellas que me acusan sin pruebas. En el caso de ser cierto, estaría en todo mi derecho. Si una rata entrara en vuestro palacio a robaros vuestros hermosos pendientes y vos lo vierais, ¿qué haríais? Ya os lo digo yo, o bien llamaríais a la guardia de turno para encargarse, o bien la ensartaríais vos misma con el atizador de la chimenea. ¿Por qué he de tener menos derecho a proteger mis pertenencias?, ¿por qué soy un dragón?

—Ese hombre no era un ladrón, era un príncipe que podía tomar lo que quisiera y lo mataste, ¿verdad?

—Déjame hacer memoria.

El dragón se rascó su escamosa barbilla con una de sus garras delanteras mientras fingía pensar sin demasiado interés.

—Sí, recuerdo a un joven entrando aquí. Tenía las manos temblorosas y a cada paso que daba tropezaba con el oro. Creí que caería de bruces en cualquier momento. Llevaba la espada en la mano y no dejaba de mirar la salida. Comenzó a guardar objetos y entonces me vio.

—Y lo mataste —sentenció ella lanzándole un dedo acusador.

—En principio quise hacerlo, pero al ver cómo su piel empalidecía, cómo la espada se escurría de sus dedos y cómo sus piernas parecieron dejar de sostenerle consideré dejarlo marchar si devolvía las joyas. No obstante, no me dio la ocasión de hablar. Arrojó todo el oro que llevaba y echó a correr tan aprisa que tropezó en varias ocasiones con sus propios pies. También recuerdo aquel grito que emitió, todos los murciélagos del techo se revolvieron de horror y yo decidí que no merecía la pena perseguir a alguien que ya sufría.

La joven princesa bajó el hacha con el ceño fruncido, reflexionando. Después sacudió la cabeza y volvió a alzarla.

—¡No!, ¡estáis hablando de mi príncipe! Athazel de los Ríos es un guerrero apuesto, mata a las bestias con sus manos desnudas y jamás le ha temido a nada.

—Entonces o bien vuestro prometido es el espanta-murciélagos que os he descrito, o bien ha incumplido su promesa respecto al tesoro.

—O puedes estar mintiendo como un bellaco.

El dragón buscó entonces en la estancia y con sus garras tomó el objeto que buscaba y lo dejó caer a los pies de la princesa. Era una espada reluciente, con un pomo bañado en oro y piedras preciosas incrustadas en él.

—¿Es esa la espada de vuestro príncipe?

Ella la observó acercando la antorcha y abrió los ojos de par en par.

—Lo es.

—Entonces vuestro príncipe es el huidizo muchacho. E aquí la prueba. Podéis volver con ella a vuestro palacio, enseñarla a vuestro padre y demostrar que soy inocente.

La princesa continuó observando la espada mientras murmuraba para sí y ladeaba la cabeza. Después volvió a alzar la vista y la espada hacia el dragón.

—¿Cómo sé que no os lo habéis comido?

—Por todos los diablos, no me habría llenado ni una cuarta parte de mi estómago, habría sido más provechoso dejar que se lo comieran las ratas. Según la dirección que tomó diría que lo encontraréis más al sur, allí hay buenos pueblos con buenas tabernas donde reponerse del sobresalto.

Ella reflexionó de nuevo y bajó definitivamente el hacha.

—Iré a esas tabernas que decís y si lo encuentro lo llevaré a palacio sin separar el filo del hacha de su cuello. Y si no es así regresaré para ejecutar mi venganza.

—Que tengáis suerte princesa.

La mujer recogió la antorcha y se alejó a paso decidido mientras maldecía en voz baja a su prometido. Aguardaron hasta que ella salió de la cueva y dejaron de oír sus pasos. La sombra de un hombre en la penumbra emergió tras el dragón y se adelantó unos pasos, comprobando que de verdad se había marchado. Athazel de los Ríos giró sobre sus pies y se abrazó al cuello escamoso del dragón negro con demasiado ímpetu. El dragón intentó sacudirlo y lo levantó en el aire hasta que este se soltó.

—Aplaca un poco esa alegría —le espetó en un rugido.

—Gracias, noble dragón. Mi deuda con vos será eterna. Podéis quedaros con mi espada, os daré todo el oro que me pidáis.

—El único deseo que podría hacerme feliz es que los humanos y el resto de criaturas dejen de entrometerse en mi cueva. Pero supongo que es como pedir que las manzanas no caigan a la tierra. Márchate y, por tu bien, ve todo al norte que puedas lo más deprisa que te permita tu caballo.

—Por supuesto, partiré de inmediato. Jamás me casaré con esa… bruta y malhumorada princesa. Antes me uniré a la guerra contra los gigantes que desposar a esa arpía. ¿Qué más puedo hacer para agradeceros vuestro gesto?

—¡Márchate de mi cueva!

El príncipe dio un respingo y salió corriendo de forma estrepitosa. Después desapareció en la entrada y el sonido de un caballo alejándose delató que se había marchado. El dragón volvió a tumbarse y a recostarse sobre su oro, saboreando la paz del silencio y descansando como tanto ansiaba.

Al cabo de unas pocas horas escuchó el sonido de otra presencia en la cueva y abrió un ojo.

—Coge ese lingote, estúpido —dijo una voz aguda y chillona.

—Si me ayudaras podríamos ir más deprisa.

Eran dos duendes del valle, los mismos que habían merodeado por allí días atrás. El dragón volvió a alzar la cabeza para hacerse ver. Estos en lugar de asustarse y huir sacaron dos diminutas dagas de sus cintos y le miraron de forma amenazante. El dragón volvió a alzarse sobre sus patas haciendo retumbar la caverna. Uno de los duendes se adelantó.

—¡Atrás, dragón!, ¡este oro nos pertenece por derecho!, apártate o te daremos muerte.

El dragón observó a los duendes durante varios segundos antes de abrir la boca y escupir sobre ellos una gigantesca llamarada que los redujo a cenizas en el acto.

Mientras volvía a acomodarse y se enroscaba miró a la entrada de la cueva donde las cenizas flotaban en el aire.

—Cuando las manzanas dejen de caer sobre la tierra… podré dormir en paz.


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