La mujer llevaba un hacha en la mano. Su doble filo recién amolado brillaba bajo la luz de las dos lunas. Krona la vio sonreír satisfecha. La cachorrita humana parecía orgullosa de sí misma por ser capaz de blandir un arma como aquella. En opinión de Krona, parecía poco más que un juguete, pero supuso que para los humanos, desprovistos de gruesas escamas que protegieran su delicada piel, debía de resultar pavorosa. 

―¡Krona! ―la llamó con una radiante sonrisa―. Muchas gracias, me encanta.

—No hay de qué, muchacha.

—¿Cómo la conseguiste?

—Pertenecía a un capitán de los altos elfos. Criaturas arrogantes —resopló, soltando una voluta de humo—. Él y su guardia creyeron que podían echarme de mi guarida y quedarse con mi tesoro. Por desgracia sus armaduras no estaban preparadas para el fuego de un dragón. Todo un…

—…Error de novato —completó la joven con una risita—. Los simples hechizos ignífugos no pueden nada contra el fuego de dragón.

Krona sonrió y agachó la cabeza para quedar a su nivel.

—Habéis aprendido bien, princesa Umera.

La mujer apartó la mirada y su sonrisa adquirió un tinte melancólico.

—¿A qué distancia está Kulurea?

Krona se irguió de nuevo y miró al horizonte, más allá de los bosques, de las altas torres del castillo de Lhumira, a los picos de la cordillera que se recortaban contra el cielo. Hacía mucho que no volaba más allá, desde que los humanos habían comenzado a construir fortalezas en las cumbres con grandes balistas. Un agujero en el borde de su ala izquierda daba testimonio de la amenaza que representaban. Pero en el pasado llegó a sobrevolar la Pirámide Azul de Kulurea, que emergía del mar de arena como un desafío a los dioses del desierto.

—En mi juventud volé hasta allí en dos jornadas, haciendo noche en el Dedo. Tal vez sean sesenta coronas de distancia.

—Ya nadie usa las coronas, Krona —rio la mujer.

Krona refunfuñó mientras hacía un cálculo rápido

—Sesenta coronas deben de ser cerca de cuatrocientas millas.

Umera abrió los ojos como platos.

—Eso… es mucha distancia. Cómo… ¿Cómo voy a verte?

Aquel era precisamente el momento que Krona había estado temiendo desde el día en que se conocieron. Llumira tenía en aquel entonces una relación tensa con los altos elfos de Niohm; Krona rara vez se interesaba por los asuntos de los dos-piernas, pero cuando una chiquilla llorosa, el cabello tan rojo como sus escamas, apareció dando tumbos en su monte perseguida por una jauría élfica se vio inundada por una rabia abrasadora. Resultó que los elfos habían reclamado a la princesa como tributo para dejar a los humanos en paz. Krona, que residía en la frontera entre ambos reinos, estaba habituada a las maneras de los orejas-picudas, a la mezquindad que escondía su carácter afectado, pero aquello era demasiado. No dudó en carbonizarlos, a todos excepto a uno, para que llevase el mensaje de vuelta a su rey: nadie se llevaría a Umera a la fuerza mientras ella viviese.

No sabía por qué aquel súbito instinto de protección. Quizá porque añoraba a sus cachorros, que habían echado a volar muchos años atrás. Sea como fuere, Umera y Krona se volvieron garra y carne. La pequeña princesa se escabullía del castillo a cada oportunidad para encontrarse con la dragona, y esta hacía lo posible por instruirla en el arte de la magia y la lucha, ya que sus estúpidos maestros insistían en hacer de ella una damisela blanda y pomposa. Umera nunca fue tan feliz como el día en que Krona irrumpió en una recepción real para exigir a su padre que dejase de intentar casarla a la fuerza —ambas se sonreían cómplices al recordar la cara del hombre al tener un dragón rugiéndole en la cara.

Ahora, sin embargo, era diferente. Umera era una mujer y había accedido a casarse con un príncipe de los hafir, habitantes del desierto. Pero eso no hacía la despedida menos dura.

—Tienes tu llamador. —Rozó con la punta de la cola el colgante encantado hecho con una de sus escamas que adornaba el cuello de la joven—. Úsalo cuando me necesites y acudiré. Siempre.

—Pero, Krona… —sollozó, mirando durante un segundo el desgarrón de su ala.

—No te preocupes, cachorrita —la acarició gentilmente con el hocico—, no hay flechas suficientes en el mundo para separarme de ti.

-.-.-

Krona sintió la llamada una fría mañana de invierno. La sintió en el fondo de su pecho, suave como el aleteo de una garza pero imposible de ignorar. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un lustro, dos quizás? Poco importaba.

Umera la llamaba.

Estiró las alas, algo entumecidas por la helada, y se echó a los cielos sin dedicar ni medio pensamiento a los tesoros que dejaba abandonados en su caverna. Procuró evitar el castillo de Lhumira, que había armado sus torreones con armas de largo alcance cuando otros reinos comenzaron a fabricar máquinas voladoras, y alcanzó las estribaciones de la cordillera cuando el sol empezaba a caer. Aterrizó cerca de un río donde pudo pescar y saciar su sed antes de iniciar el ascenso hasta la cumbre. No fue un gran desafío llegar hasta allí.

Las fortalezas y torres que dominaban los picos la detectaron enseguida. Podía oír el aullido de los cuernos así como el temido traqueteo de las máquinas de guerra. Las perennes turbulencias hacían imposible volar lo suficientemente alto para evitar los proyectiles, así que Krona optó por recorrer la distancia por tierra, parapetándose en grietas y desniveles.

Una vez llegó al otro lado, dio un potente salto y planeó hacia la pétrea columna que se alzaba en mitad de la llanura: el Dedo. Antaño, aquel había sido un punto de encuentro entre mercaderes, un lugar donde descansar tras cruzar las montañas o prepararse para la ascensión. Tras la construcción de un paso más seguro al sur, quedó abandonado. Sin embargo Krona divisó una fogata en la base del Dedo, y le sorprendió que la llamada la guiase hasta allí.

—¡Krona!

Una mujer envuelta en amplias telas corrió a recibirla y se abrazó a una de sus garras en cuanto tocó tierra. Desde la hoguera las observaba una niña menuda; tenía orejas grandes como las de un fénec y piel oscura, herencia de su sangre hafir, y una rutilante cabellera roja.

—Krona… —gimió la mujer—, ¡has venido! Me alegro tanto de verte.

—Cachorrita —dijo con cariño—. ¿Qué ha ocurrido?

—Mi esposo —hipó Umera— ha sido asesinado. Su hermano, Hador, lo envenenó, pero nadie me cree. Pretendía desposarse conmigo y ocupar el trono, pero logré huir con Akara.

El esposo de Umera había sido un hombre amable, pero los hafir no solían mostrar consideración alguna hacia las mujeres; eran prácticamente objetos sin voluntad. Krona emitió un gruñido bajo. Umera le palmeó la zarpa, sonriendo entre el torrente de lágrimas. Esperanzada. Krona vio el hacha recién afilada clavada en la tierra y sintió una oleada de orgullo.

—Me aseguraré de que tu voz se escuche, mi niña.

Al día siguiente, el vuelo transcurrió sin incidentes, tan sólo contando los monolitos con coronas grabadas que jalonaban su recorrido. La llanura dio paso al desierto y no tardaron en atisbar Kulurea brillando al sol.

Su potente batir de alas atrajo las miradas incluso antes que su sombra, pero no le importaron los gritos ni los enjambres de soldados que bullían bajo ellas. Descendieron en la plaza frente a un suntuoso palacio y pronto las rodearon los guardias. Guardias temblorosos, notó Krona.

Un hombre cubierto de seda y oro se encontraba entre la multitud.

—¡Majestad, no os acerquéis! —le dijo un soldado.

«Así que ese es él.»

—¡Tú! —lo acusó Umera señalándolo—. Asesinaste a mi marido, ¡tu propio hermano! —Caminó hacia él, furibunda. —¡Dejadme en paz! —La mujer apartó de un manotazo al guardia que intentaba cerrarle el paso. Krona gruñó y los hombres se apartaron de Umera.

—No tienes pruebas —repuso Hador, aunque no dejaba de lanzar miradas hacia la dragona.

—Mi sirvienta os vio.

El hombre enrojeció y se alzaron murmullos entre los soldados.

—¿Vais a creer a una mujer?

Umera enarboló el hacha que llevaba a la espalda y le hundió el pie en el estómago. Krona mantuvo a los guardias a raya con un rugido amenazador mientras Umera acercaba el filo a su cuello.

—Confiesa ahora o te demostraré lo que una mujer puede hacer.

-.-.-

El título de Reina Dragón se pronunciaba con reverencia más allá de las fronteras de Kulurea, que conoció un nuevo esplendor con sus sucesivas regentes. Mujeres valientes todas ellas, instruidas por una dragona. Krona contempló satisfecha la ciudad desde lo alto de la Pirámide Azul, ahora flanqueada por dos obeliscos rojos con el símbolo de la doble hacha y el dragón.

—¡Krona! —la llamó una muchacha.

Giró el cuello hacia la recién llegada.

—Princesa Umera —saludó, sonriente. Los rasgos de la primera Umera seguían grabados en su memoria. Su bisnieta tenía la misma sonrisa y su cabello rojo—. ¿Lista para la lección de hoy?

—Sí, maestra Krona.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.