Evolución y crecimiento

La mujer llevaba un hacha en la mano y la aferraba con decisión. Pero su rodilla izquierda sucumbió a la naturaleza de mi poder esencial.

La miré con desconfianza. Permanecía con su rodilla clavada en el suelo, a las puertas de mi refugio, seguramente admirada por mi natural grandeza. Ella era como una muñeca a mi lado. Con una exhalación la podría volatilizar con facilidad.

Comprendí que no usaría su arma contra mi cuando la depositó en el suelo, representando una reverencia no solicitada. A pesar de eso, sus intenciones me eran del todo desconocidas. Las relaciones con los humanos siempre nos han traído disgustos, pero pronto supe que ella no era una humana corriente, ni para estas tierras.

Nos observamos un rato en silencio. Ella con su rodilla en el suelo, la mirada clavada en mis ojos, pero sin desafío alguno en su postura. Cuando al fin bajó la cabeza, entendí que esperaba un gesto mío. No parecía importarle mucho haber muerto esa mañana, si yo así lo hubiese resuelto. Decidí entrar en su mente, nunca fue una condición segura del todo para nosotros, pero algo me impulsó a confiar en ella.

Cuando un ser menor y un dragón nos comunicamos mentalmente, se establece un vínculo que los hijos de Draco no podemos desligar de forma unilateral. La comunión establece unas normas no escritas de confianza que solo se pueden compartir en una intimidad total por ambas partes. Dejar el hacha lo entendí como una aceptación de las reglas de Draco, el primer dragón de las tierras Míticas conocidas. Hacía falta sometimiento por ambas partes, para establecer una comunicación mental.

—¿Cómo debo llamarte, ser mítico?

Se levantó por fin, mostrando cierto orgullo y mucha decisión en su actitud corporal. No vi arrogancia, cosa que aprobé y consideré como buena intención.

—Soy la humana Ingrid, dama del laberinto de Saltona. Hay quien me llama bruja, pero en realidad soy una dama del fuego, una ilddøtre de las tierras frías del norte.

—Yo soy Sauri y desciendo de Draco, el primer volador de fuego. ¿Y tú vienes de más allá de Pire?

—Cuando llegué con mis padres, yo era muy pequeña. En las montañas de vuestro norte, muy al sur del mío de nacimiento, viví mi infancia en el helado y eterno bosque Mitago, a los pies del monte Canigo.

—Donde está el monasterio Lírico.

—Exacto, donde vuestros ancestros fundaron la dinastía Draco— Ingrid mostró respeto inclinando la cabeza al nombrar a Draco.

Ese acto de consideración terminó de convencerme. Los humanos son poco dados a esos gestos, y solo una madre, guerrera tal vez, puede comprender hasta qué punto los dragones nos merecemos ese acatamiento.

—Tendrás que iluminar mis dudas, Ingrid, madre ilddøtre.

—Cuido el portal del laberinto de Saltona, para eso me prepararon en el monasterio Lírico. Vigilo y concedo objetos mágicos a los guerreros de la Tierras Únicas que lo merezcan.

—Pero estas son Tierras Allende, habrá un dragón en tus tierras a quién mostrar respeto y sumisión.

—Comparto mucho más que aventuras con Vidriende, la vibra madre de nuestras tierras Únicas, y la que es tu prima.

Ese nombre avivó recuerdos en mis entrañas. Vidriende era una poderosa dragona de luz, allí la llaman vibra. También desciende de Draco y en nuestra juventud, tuvimos momentos de lucidez y fuego compartido.

—Tienes toda mi atención, Ingrid.

—Sufre por un conjuro traidor convocado por un mago farsante, Tramidor se llama, venido de tierras más allá de nuestra realidad.

—Me duele oírte. Pero dime, ¿Qué puedo hacer?

—En mi hogar, tu fuego la puede salvar.

— Ciertamente no lo dudo. Tu magia primitiva y mi fuego pueden ayudar a mi prima. Deberás volar conmigo para indicarme el camino.

—Siempre he querido sentir el aire constriñendo mi rostro. Y su dolor nos apremia. Deberíamos salir ahora, si es este tu propósito.

La expresión corporal de Ingrid era de sumisión, de agradecimiento su mirada azul aguamarina, pero decidida y constante. Amaba también a Vidriende.

—Me complace observar que conoces los diversos lenguajes que nos mostró Draco. Los principales son la actitud y el verbo, que tú vences sin mostrar esfuerzo. ¡Volemos pues!

Ofrezco mi brazo alado para facilitarle la ascensión a Ingrid sobre mis espaldas. Una curvatura natural es el lugar escogido por ella para encajar su cuerpo al mío. Parecemos uno solo, nadie diría que una dama ilddøtre me cabalga. Hace una eternidad que no se lo permitía a nadie, y reconozco que el viaje me apetece y más aún volver a ver a mi prima.

Antes de emprender el vuelo, Ingrid me susurra una incertidumbre, debida y esperada. Ella conoce todos los caminos de Draco, es muy evidente.

—No dudo que conoces las consecuencias de esta visita.

No le respondo, solo resoplo y tomo impulso para subir hasta las nubes. Ella se agarra con fuerza, el primer envite volador siempre sorprende. Callo la respuesta, no se la transmito. Ha sido desconsiderado de mi parte haber obviado mis obligaciones con Vidriende y como dragón.

Partimos de mi abrigo entre las peñas y sobrevolamos las llanuras que nos llevan hasta el mar Salar. Buscando el norte, reseguimos a cierta distancia y desde el interior del mar la línea costera. Mis potentes alas aprovechan las corrientes de aire y nos desplazamos a gran velocidad para llegar antes del anochecer a la bahía donde muere el rio Esma. Reseguimos el curso fluvial hasta las cumbres que rodean la ciudad de Saltona. Ingrid me pide que volemos a baja altura para no ser vistos por las huestes del mago Tramidor. Tal vez sufra por ellos. En la cordillera que da nombre a la ciudad que protege, se hallan las ruinas del laberinto. Des de la cima se divisan las llanuras Olvidadas que dominan todo el oeste. Mirando al norte, se observa el blanco brillante de la gran cordillera de Pire. Es un lugar insólitamente bello.

Me sorprendió la magia que alberga el laberinto. Llegando parecía un castillo en ruinas, abandonado. Pero al superar la barrera mística resurgió en todo su esplendor y comprendí que el lugar atesoraba una grandeza mítica que un no místico o humano jamás podrán apreciar.

Dentro del draconiano refugio cercano al laberinto, en un rincón descubrí a Vidriende tumbada. Allí se respiraba el malsano soplo de un hechizo arcano, donde la podredumbre vencía a la razón lógica de la magia de los seres de luz. Nosotros los hijos de Draco custodiamos la frontera que separa ambas magias, y hasta hoy no había visto ningún ser mítico, menos aún a una vibra, con tal amargura. Los seis pechos de mi prima parecían marchitos y su aliento expulsaba un hastío rancio.

Demandé a Ingrid que nos dejara solos. Es poco cómodo compartir nuestros rituales, nadie que no conozca el camino de Draco sabe el dolor que sufrimos los dragones en el apareamiento que debemos realizar para vencer las arcanas artes del mal. Mostrando sumisión, me tumbé con las alas en el suelo y esperé que ella se encaramara sobre mi vientre, desde el cual encendió mi llama con su hálito de dolor, traspasando su sufrimiento a mis entrañas, donde el fuego debiera quemar toda la magia perjudicial del maldito mago, el malnacido humano de nombre Tramidor.

Durante tres noches luchamos cuerpo a cuerpo, hasta que el último soplo de Vidriende, influido por el doloso, expulsó su mal. Volvía ella a relucir como el ser de luz que es. Al final del cuarto día salimos del refugio. Ingrid nos esperaba impaciente, había escuchado nuestras luchas feroces. Ningún humano, ninguna mítica de luz ni de oscuridad había penetrado tanto en el umbral del dolor que Draco nos mostró en sus aprendizajes vitales. Todo crecimiento exige un esfuerzo y esa evolución conlleva una recompensa que los dragones solemos acatar.

Observé con admiración a Vidriende volar hacia su amiga, ofreciéndole la parte tierna del cuello, una muestra de gratitud que solo los seres míticos no humanos saben apreciar. Ingrid acarició con fuerza el cuello y la vibra entornó los ojos con placer.

Aquella noche me ofrecí para aquello que desearan la vibra y la humana ilddøtre. Pero ellas debían forjar encantamientos primarios como dar luz mágica a una espada que pronto seria asignada a una nueva guerrera y otros quehaceres que no requerían mi atención. Y regresé a mi hogar en las tierras de Allende.

Tardó poco Vidriende, ella sola, en devolverme la visita para depositar tres huevos en mi refugio. Los cuidé con mí calor durante cuatro solsticios y reconozco que fue emocionante ver a los nuevos dragones eclosionar. Era mi compromiso. La vibra regresó de nuevo para brindarles los primeros alimentos, transcurrido ese ciclo del crecimiento se marchó otra vez.

Aceptando mi destino con ellos, fue cuando yo me vi crecer, evolucionar. Me fascinó enseñarles a volar en libertad mostrándoles sus poderes, y sus obligaciones con los Pueblos Míticos, a los que nos debemos y protegemos.


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