La mujer llevaba un hacha en la mano. Yo la miraba asustada, escondida tras unos matorrales. Sabía que era una cazadora, había visto sus armas más de una vez, aunque seguía sin comprender por qué nos querían acribillar. Al fin y al cabo, los dragones no éramos malos… eso sí, no tenían que molestar nuestro espacio vital. Si lo hacían, había muchas posibilidades de que nos enfadásemos. Aunque yo, sinceramente, tenía muchísima paciencia. Demasiada, según solía decir mi madre cuando aún era una cría.

Continué mirándola un buen rato. Parecía una humana joven, de las que a mí me gustaba comer. Se movía con sigilo, lo cual daba a entender que no era la primera vez que buscaba una presa, calculando cada paso que daba, buscándome con la mirada, pero sin encontrarme, porque no me quería dejar ver.

Al cabo de unos minutos así, yo mirándola y ella intentando verme, un humano de mayor edad se acercó a ella. Le dijo algo que no comprendí en su idioma pero que debió ofenderla, pues la chica elevó su tono de voz hacia el otro hombre.

Él dijo algo de dragones, pues fue la única palabra del lenguaje de esos asesinos que logré aprenderme en toda mi vida; ella volvió a alzar la voz y el hacha, y pude escuchar un golpe sordo y noté el delicioso olor a cadáver. Mi instinto me pedía salir de mi escondite para irme de cabeza y devorar al humano mayor, pero si lo hacía podrían matarme.

Pero, como siempre había sido una dragona valiente y atrevida, alcé el vuelo y cubrí con mi negro cuerpo el cielo azul de aquella mañana. La humana joven me vio, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Para cuando intentó darme un hachazo, yo lo había esquivado y me había lanzado sobre mi nuevo manjar.

Lo cogí entre mis poderosas garras y en menos de 3 minutos estaba en mi guarida, donde lo chamusqué y guardé para zampármelo junto con su compañera de especie a la que fui a buscar justo después.

Estaba en el suelo, sntada, alerta. Pero esta vez, mi userte no iba a ser la mejor. La chica se levantó de un salto, y en esa que aproveché y bajé para zampármela, hirió mi ala izquierda con un hachazo.

Mi rugido de ira se pudo oír a varios kilómetros, por tanto mi hermano Chester se acercó a intentar socorrerme, pero ya era demasiado tarde.

Otro hachazo en mi pecho acabó con mi cuerpo. Mi alma, liberada, en cambio, salió de él y pudo ver cómo mi hermano quemaba mi cuerpo sin vida y trazaba unas runas draconianas en el suelo, mientras la humana salía corriendo. Esto es lo que quedó grabado a fuego para siempre:

«Aquí fue la última caza de Chesterina, quien luchó con valentía hasta el final de su vida».


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