La mujer llevaba un hacha en la mano y no era un hacha cualquiera. Las amatistas engarzadas en su empuñadura, así como el brillo azulado que emanaba del filo despejaban toda duda sobre su naturaleza: se trataba de un objeto mágico. Y uno de los buenos, además.

Un hombre la seguía de cerca, portaba un arco largo de madera de nogal. Pero aquella madera tampoco era en absoluto ordinaria ya que procedía del mismísimo bosque de Adulia, donde los elfos moldeaban las ramas a base de música y cánticos milenarios y las aterradoras sirenas del río Üiera afilaban con los propios dientes las puntas de sus flechas.

El trío lo completaba un joven hechicero. A juzgar por el color de su capa, azul oscuro con filigranas de plata, cualquier súbdito del Rey Drakar hubiera reconocido al instante que se trataba de un poderoso mago de rango cuatro. Una pena que, tras la ejecución del monarca, todos sus vasallos hubieran corrido la misma suerte y que aquellas capas se vendieran ahora a precio de saldo en cualquier mercado de la comarca.

Los tres aguardaban, agachados y silenciosos, al momento justo para saltar a escena.

ꟷ¡Uno! ꟷdijo ella.

ꟷ¡Dos! ꟷsusurró el arquero.

ꟷ¡Siete! ꟷclamaron al unísono.

Una explosión. Un boooom. Y la puerta de la mazmorra salió volando, arrancada de sus goznes metálicos, despedida por la fuerza del rayo cósmico que crepitaba entre los dedos del joven arcano. Acto seguido, una flecha incendiaria surcó el viciado aire de la sala para impactar contra un muro de escamas. ¡Y, por todos los dioses, menudas escamas!

Si nunca has visto en persona un dragón rojo, déjame decirte que lo primero que llama la atención es el brillo de su piel. Como si un millón de rubíes incandescentes vistieran a la magnífica bestia, protegiéndola con la fuerza de cien escudos. Envolviéndola con ternura en un manto de magia y con una elegancia que muchas damas de la más alta alcurnia quisieran para sí.

Un dragón rojo es una criatura magnífica, sublime, pero desgraciadamente ya no quedaban muchos en el reino; y si se trataba de hembras, apaga y vámonos. Ésta, en concreto, era única y se llamaba Cintia.

Ella rugió. Rugió al verse amenazada, al tener que esquivar otra flecha envuelta en llamas y un hacha arrojadiza con intenciones no muy nobles. Pero, sobre todo, rugió porque aquellas no eran formas de despertarla de una siesta.

ꟷ¡QUIÉN ANDA POR AHÍ, INMUNDAS RATAS DE BIBLIOTECA! ¡ARROJANDO OBJETOS INFORMES A DIESTRO Y SINIESTRO Y DESTROZANDO EL EXQUISITO MOBILIARIO QUE TANTO ME HA COSTADO MANTENER!

Hubo una nueva explosión mágica, esta vez en forma de estrellas de colores que ascendieron hacia el techo formando un círculo cada vez más grande. A parte de ofrecer un bonito espectáculo para la vista, el hechizo no tuvo mayor efecto. Se escuchó una maldición por parte del mago. ¡Cachis!

Entonces el dragón agitó la cola, barriendo el suelo de su guarida con una espinosa facilidad. El golpe hubiera sido cuanto menos letal, pero los héroes ya se esperaban un contraataque del estilo y les bastó con dar un pequeño brinco para esquivar el envite. Con fuerzas renovadas volvieron a la carga.

Esta vez optaron por una estrategia diferente, cada uno de ellos iría por un lado diferente con la idea de despistar al dragón. Primero, la mujer del hacha atacó por el flanco derecho, hundiendo su filo mágico en una de las patas de la bestia.

ꟷ¡AYAYAYAY! ꟷse lamentó Cintia. Acababan de echar a perder su pedicura del domingo.

El hombre del arco, un pendenciero montaraz de barba espesa, puso una, dos, ¡hasta tres flechas en su arco! Se ve que como no había tiempo que perder las disparó todas a la vez y cada una salió despedida en una dirección diferente, todas ellas igualmente erradas. Habría que volver a las saetas ígneas, reflexionó. El mago, por su parte, sacó un libro de su macuto. ¡Un libro! Y es que con los nervios le había entrado una duda en relación al conjuro que estaba a punto de recitar. ¿Anhídrido se escribe con h intercalada?

ꟷ¡ESTÁ BIEN! TIEMPO MUERTO, ¿DE ACUERDO? ¿SE PUEDE SABER QUÉ OS PASA? PARAD, PARAD YA, RECOJÓN ¡¡HE DICHO QUE PARÉIS!!

Cintia había tenido suficiente. Así que les dio a esos maleducados su merecido. Cogió aire por los orificios de su nariz reptiliana, hinchó el pecho y expulsó una enorme bola de fuego. Porque para eso era una dragona. Y las dragonas expulsan magma ardiente por la boca.

La nube incandescente se expandió por gran parte de la caverna, iluminando los oscuros recovecos donde se recostaban todo tipo de alimañas. Correteaban por aquí y por allá, totalmente ajenas a su inminente destino. Cintia distinguió, entre todas ellas la que sería la cena de esa misma noche, el desayuno de mañana y… ¡hasta al tentempié de las cinco de la tarde!

Por su parte, los intrusos se habían quedado fritos. No literalmente, aunque bien pudiera haber sido el caso. Me refiero a que se quedaron planchados, inmóviles, de piedra, patidifusos… Claro, nunca antes habían tenido ocasión de enfadar a un dragón, no al menos a uno como Cintia. Se hizo un silencio incómodo.

ꟷDE AQUÍ NO SALE NADIE HASTA QUE OS DISCULPÉIS COMO ES DEBIDO. ¿EN QUÉ ESTABAIS PENSANDO, LECHES?

La mujer, la guerrera del hacha, se encogió de hombros. Un hilillo de voz se le escapó por la garganta.

ꟷPues… eres un dragón, y vives en esta cueva. No sé… custodias un tesoro, ¿verdad? Pensamos que quizá sería buena idea… ejem… ¿tomarlo prestado?

Miró a sus compañeros en busca de apoyo. Al arquero barbudo se le había comido la lengua el gato y su compañero se había enfrascado en una lectura histórica sobre no sé qué guerra de sucesión del siglo XII. Menudo par de inútiles.

Cintia contestó con un rugido. Con uno más fuerte todavía.

ꟷ¿Y QUE OS HACE PENSAR, MERLUZOS, QUE PODÉIS ENTRAR EN MI CASA ARMANDO ESTE ESCÁNDALO Y LLEVAROS LO QUE ES MÍO? ¿SABÉIS LO QUE ES LA PROPIEDAD PRIVADA, ACASO?

La guerrera volvió a balbucear, dando un par de pasos hacia atrás.

ꟷPe-pensábamos que no te importaría, que lo estabas esperando. Al fin y al cabo, de eso se trata, ¿no? De entrar en la mazmorra y coger el tesoro. Como eres un dragón pensamos que…

ꟷ¡NO SOY UN DRAGÓN CUALQUIERA! YO SOY CINTIA, CABEZA DE MELÓN, ¡LA DRAGONA MÁS ARREBATADORA DE TODA LA CORDILLERA DE MISHALÁN! ¡UNA AUTÉNTICA DAMISELA QUE, PARA TU INFORMACIÓN, TAMBIÉN TIENE SENTIMIENTOS!

A más de mil millones de kilómetros de allí, abajo en el plano terrenal, Raúl soltó un taco y se levantó de la mesa, dejando al resto de sus amigos con un palmo de narices.

ꟷSe acabó, esto es una tontería ꟷmaldijo enfadado, dando un golpe sobre la mesa y esparciendo por suelo las figurillas del juego de rol. ꟷ¿La dragona Cintia? ¿En serio? ¿La más arrebatadora de la cordillera de no sé qué? ¡Vete a la mierda, Rafa! No he venido en autobús desde Alcobendas para que te cargues la partida de esta forma.

ꟷVenga tío, no te enfades ꟷle respondió su amigo desde el otro lado del tableroꟷ. Es que me revienta que siempre que jugamos a dragones y mazmorras vayáis de aquí para allá sin más objetivo que el de matar al monstruo y robar el tesoro. ꟷSe ajustó las gafas con el dedo índice, frunciendo ligeramente el ceñoꟷ. Los personajes tienen que tener un trasfondo, una historia. Una personalidad, joder.

ꟷ Pues a mí me estaba molando ꟷagregó Fabio desde una esquina, distraído como estaba, modificando alguna puntuación de su hoja de personajeꟷ, al menos es algo diferente. La dragona incluso me daba lástima… ꟷPablito, el más tímido de los cuatro amigos, no abrió la boca.

ꟷComo queráis ꟷRaúl agitó los brazos como intentando disolver la opinión de sus amigos en el aire. Cogió su chaqueta y se dispuso a subir las escaleras del sótanoꟷ. Pero yo me piro. Creo que estoy ya mayor para andar con estas chorradas. ¡Buenas noches!

Se apresuró a salir del sótano. Sus compañeros, sin saber qué decir, pudieron escuchar cómo Raúl subía las viejas escaleras de madera y se despedía de la madre de Rafael. Durante un momento se hizo un silencio que el director del juego decidió romper poco después.

ꟷBueno, entonces… ¿por dónde íbamos? ¡Ah, sí! La dragona Cintia se yergue sobre sus cuartos traseros y grita con una voz atronadora: ¡YO SOY CINTIA, CABEZA DE MELÓN!


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