La mujer llevaba un hacha en la mano, manchada de sangre. Era hermosa. Sus ojos color turquesa brillaban sobre la piel ocre y agrietada, como el tronco de un árbol joven. Llevaba el torso desnudo, con la larga melena verde musgo cayendo hasta la cintura, y avanzaba hacia él con una hipnótica cadencia cargada de brutalidad.

«¿Has visto algo en su corazón?». Le preguntó a través de la comunicación entre sus mentes.

«Nada». Respondió Umi secamente.

«¿Qué haremos?». A pesar de su paciencia de dragón, aquella búsqueda empezaba a cansarle.

Ella limpió el hacha antes de guardarla en el cinturón.

«Ya no nos quedan sitios en los que buscar». Le atravesó con la mirada empañada de pena.

El dragón recordó la primera vez que había contemplado aquellos ojos indómitos, hacía ya más de quince años. La olió antes de verla, una chiquilla escondida entre los arbustos que le amenazaba con una lanza ridícula.

—Aléjate, monstruo. Soy Umi, hija del bosque, devoradora de corazones, la última Uru-Nashi, y usaré mi poder para matarte si no me dejas en paz.

La última integrante de la tribu del bosque… La posibilidad de comerse lo único que quedaba de algo siempre era tentadora. A lo largo de sus miles de años de vida, lo había hecho en más de una ocasión.

—Me comeré tu corazón —le aseguró la niña dispuesta a luchar.

Envidió su pasión, aquella obstinación por seguir viviendo que le había abandonado hacía tanto tiempo, ahogado en una solitaria existencia, tan apacible que costaba distinguirla de la muerte. Él también era el último de los suyos, el único dragón vivo. Le ahorraría a la pequeña el dolor de la soledad absoluta.

Se lanzó sobre ella con las fauces abiertas y cuando sus miradas se cruzaron, un chispazo estalló en su interior y le hizo retorcerse sobre la hojarasca.

«¿Qué me estás haciendo, bruja?»

«¿Yo? Eres tú el que se ha metido en mi cabeza. ¡Vete!»

Cuando la bestia comprendió lo que ocurría, supo que no podía hacerlo, ya nada rompería aquel vínculo. Cuánto había despreciado a sus congéneres por doblegarse a la maldición y unirse a un jinete, pero no le quedó más remedio que rendirse a la oleada que le invadió, llenando un vacío que ni siquiera sabía que existía.

«¡He dicho que me dejes!»

«No puedo» admitió mientras se debatía entre la desesperación y el júbilo. «Estamos vinculados, para siempre».

«¿Me harás daño?» preguntó cautelosa.

«Jamás». Al igual que nunca le mentiría.

«¿Me perteneces?». La pequeña salió de su escondite.

«Nos pertenecemos, mutuamente».

Ella bufó desdeñosa.

«No tengo dueño». Se irguió desafiante frente a él.

«Yo tampoco». Con el tiempo llegaría a entender lo que su unión significaba.

«¿Puedes volar?»

Resopló ofendido. Era una serpiente alada. Aunque sus patas fueran demasiado cortas para galopar, las majestuosas alas que desplegó le convertían en un dios del cielo.

«¿Tú qué crees?». Sonrió orgulloso al ver su mirada de fascinación.

«Entonces, vámonos». Se acercó a él con paso firme y le tocó antes de que pudiera detenerla. Para su sorpresa, no se quemó. La unión se había completado. «Por cierto, ¿cómo te llamas?». Se quedó callado mientras la sentía trepar hasta su lomo. Después de milenios en soledad, lo había olvidado. Ella leyó su pena. «No importa, viejo, ya te encontraremos un nombre».

Emprendió el vuelo, con la niña agarrada con fuerza a los mechones rojos alrededor de su cabeza. Umi le mostró sus recuerdos para guiarle hasta el Señor de los Huesos. Le encontraron cerca de Osamenta, su fortaleza, escoltado por un pequeño ejército.

«¿Estás loca?» preguntó el dragón en cuanto comprendió sus intenciones.

«Mató a mi gente. Acabaré con él, con o sin tu ayuda».

Gruñó resignado, no podría dejarla sola aunque quisiera. Lanzó una llamarada sobre el séquito y el aire se llenó de gritos y de olor a carne quemada. Después se arrojó sobre el tirano, pero se estrelló contra un muro invisible de magia.

«¿Qué ocurre?».

«No puedo pasar».

Su adversario les miraba sonriente, desde aquel rostro que era poco más que una calavera, con las manos abiertas hacia ellos. Al dragón cada vez le costaba más resistirse a su poder y no entregarse.

«¡Huye!». Umi le arrancó de su influjo emponzoñado y consiguió alejarse de allí.


Desde entonces, buscaban la manera de acabar con él. Uno tras otro, Umi se había comido los corazones de los hechiceros más poderosos para arrebatarles su conocimiento sin encontar nada útil. Con cada desengaño, la mujer se volvía más hosca. 

En ese momento, su última oportunidad yacía sobre la hierba, con el pecho abierto y vacío.

«Iremos a la Torre Alba» le anunció finalmente la Uru-Nashi. Gruñó contrariado, detestaba aquel lugar gélido y la elfa de las nieves que lo moraba. «Lo sé, a mí tampoco me gusta, pero tengo que verla».

«Claro que te gusta, discutís demasiado».

«Vaya, ilústrame con tu lógica de dragón».

«Si no te gustara, ya estaría muerta».

Percibió el cosquilleo de su sonrisa sin verla y sintió cómo hundía el rostro entre su melena rojiza, antes de lanzarse al cielo. Cuando estaban cerca de su destino, Umi se acurrucó sobre él.

«Vuela alto, viejo, como si no existiera el mañana».

«¿Estás segura?».

«Me agarraré fuerte».

La bestia se precipitó más allá de las nubes, inventando piruetas imposibles impulsado por la seguridad de que tenían la vida por delante para romper juntos el cielo. Qué afortunado era, Umi le completaba, jamás le haría daño.

Al llegar a la torre, hizo un elegante giro para entrar en la gruta excavada en la montaña bajo la atalaya. En cuanto tocó el suelo, Umi se precipitó escaleras arriba y desapareció. Él se ovilló, dispuesto a pasar una noche como tantas otras, esperando su regreso.

Las dos mujeres volvieron antes de lo que esperaba. Discutían, pero no era como otras veces, cuando la elfa la perseguía rogándole que se quedara y olvidara su venganza. Esa vez, Umi la arrastraba por la escalera, agarrada del brazo.

—¡No cederé! —gritaba la elfa de brillante piel blanca, como recubierta por la escarcha.

—Claro que sí. Sabes que encontraré a alguien que lo haga, pero tú serás más clemente. Por eso te lo pido.

—Hipócrita.

—Tiene que ocurrir, es la única forma de librarnos del Señor de los Huesos, pero de ti depende cómo.

—Si accedo, después estarás sola. ¿Es lo que quieres? —Erguida, con las manos en las caderas, Umi asintió—. Que así sea entonces.

La jinete se colocó frente al dragón, con la elfa entre ambos apoyando una mano sobre el pecho de la bestia y la otra en el de la Uru-Nashi, formando un puente entre sus corazones.

«¿Qué hace?»

«No pasa nada, viejo, no te resistas». Le miró mientras sus ojos turquesa se embalsaban.

«¿Resistirme?».

Antes de que pudiera reaccionar, el frío le traspasó, allí donde la mujer mágica apoyaba la mano, y se propagó por todo su cuerpo. Un rayo refulgente atravesaba a la elfa hasta llegar a Umi. Le estaba arrebatando su fuego.

«¿Umi?». Al crecer la gelidez, su visión del mundo empequeñecía.

«Lo siento, no hay otra manera, he buscado por todas partes. Necesito el poder de tu corazón». Su mirada ardía.

«Íbamos a estar juntos, para siempre». La veía a través de un agujero rodeado de oscuridad. «El cielo nos pertenece».

«Ojalá, pero no puedo olvidar».

Su piel ocre se prendió, consumida por el fuego, y se trasformó en una coraza negra mientras su pelo se reducía a cenizas. En su nuevo rostro, dos ascuas ardían incrustadas, usurpando el lugar de los ojos azules que tanto amaba. Cuando las dos enormes alas membranosas rompieron la espalda de Umi, el dragón ya había muerto.

—Nunca me he sentido tan viva —bramó la mujer de fuego—. Soy la llama que consume, la muerte que llega del cielo. Voy a lograrlo, amor —miró a la elfa, acuclillada entre ellos—, acabaré con él y volveré a por ti. 

El brazo de la hechicera se fundía con las escamas de la bestia, engullida por una escarcha voraz.

—¡Para! ¿Qué haces?

—Pagar por este pecado —respondió la elfa justo antes de convertirse en una estatua de hielo.

Umi iba a arrodillarse junto a ella, pero el fuego quemó los recuerdos que no hablaban de destrucción y odio. Así que lo olvidó todo y se fue, dejando atrás el cadáver del último dragón fundido con la figura durmiente de una elfa las nieves.


En otra cueva, un pequeño dragón veía caer la nieve. Un copo se meció delante de él, con la silueta de una mujer blanca atrapada dentro.

—Perdóname, es cuanto puedo ofrecerte, una dulce mentira hasta el fin de mis días. Sueña, dragón, sueña.

Escuchó al copo y al instante sus palabras se borraron. 

—Kirú, ven aquí, hace demasiado frío.

La voz de mamá le sacó de su ensoñación. Kirú, ese era su nombre, por un momento imaginó haberlo olvidado. Corrió hacia el nido, al fondo de la gruta, donde aguardaba mamá enroscada, con su enorme ala púrpura levantada; la entrada a ese rincón cálido pegado a sus escamas, donde no podía pasarle nada malo. Se lanzó a su interior. Allí le sonreían dos ojos azul turquesa. Se acurrucó junto a la cachorra humana. Sabía que no era comida, ni peligro. Se llenó con su aroma a hojarasca y hierba mojada. Era familia, era hogar. Sus corazones se acompasaron y bailaron al mismo son. Era su hermana, de sangre y fuego.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Rísquez @Risquez hace 3 meses

    Hala! No me puedo creer que este relato haya quedado segundo xD Está fenomenal. Mi más sincera enhorabuena

  • Peliwars @Peliwars hace 2 meses

    Brutal. Sin más palabras. No me esperaba esa traición. Te deja con una sensación un tanto agridulce... y eso mola


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