La mujer llevaba un hacha en la mano. Intentaba ser sigilosa, como si quisiera que no me enterase de su presencia. Ni si quiera se había dado cuenta que el tintineo de su armadura ya había delatado su presencia. Sin olvidar la antorcha que llevaba en las manos, como si fuera un maldito faro.


Ja, ja, ja. Estúpidos humanos. Siempre se autoinvitan donde nadie los quiere. En este caso, a mi cueva, mi casa. ¿Qué querrían esta vez? Mis tesoros o mi piel. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había logrado salir de aquí vivo. Algunos incluso pensaron en traer a otras criaturas como elfos o enanos. Todo en vano.


Al parecer, esta mujer había venido sola. ¿Qué extraño? Normalmente solían venir en grupos, pero esta era la primera vez que entraba solo una humana.


¡Snif, snif! No olí magia. Descarté que fuera una maga. Tampoco era una elfa. ¡Puaj! Esas sí que apestan, tanto los machos como las hembras. Se movían con tal soberbia que no pueden evitar dejar un tufillo por donde pasan. Además, eran asquerosos. El sabor, quiero decir. Poca carne y mucho hueso. Por eso prefería a los humanos: tienen más carne y vienen en diferentes tamaños: altos, pequeños, gordos, delgados... Solo de pensarlo ya se me hacía la boca agua.


¡Uy! Al parecer la humana me ha oído babear. Estaba en posición de alerta: el cuerpo inclinado hacia delante, las rodillas un poco flexionadas y un pie adelantado, lista para correr hacia el peligro. Giraba de un lado a otro la cabeza, seguramente para intentar averiguar el lugar del que procedía el ruido.


En otro momento tal vez hubiera alargado más este momento de tensión, pero estaba aburrido. Y tenía hambre, mucha hambre. Hacía semanas que no probaba bocado. Tal vez fuese porque la gente ya empezaba a hacer caso de las historias del dragón que vive en la cueva. Menos mal que todavía hay alguno que no pilla las indirectas. En este caso, alguna. Si no fuera por ellos hubiera tenido que ir a alguna aldea o al bosque para comer.


Así que me levanté y me desperece, sin preocuparme por el ruido que estaba haciendo. Poco a poco me fui acercando. La humana por fin me vio. Estábamos el uno frente a la otra. Cara a cara. De repente, empezó a acercarse, lentamente, a la vez que dijo:


—¿Crees que te tengo miedo? He venido para matarte, bestia inmunda.


¡Oye, sin faltar el respeto! Vale que mi tamaño sea más grande, pero no me ves insultándote. Que poca respeto hacia las criaturas mágicas, la verdad. Sin nosotros no habría ni héroes ni nada de nada.


¿Sabes qué? Se acabó. Ya me ha hartado.


—¡Gr! —gruñí a la vez que levanté mi cuello en alto, abrí la boca y... ¡ñam! Una menos.


Espera... ¡Jag tup! Escupí ¡Qué asco! ¡Se puede saber con qué abrillantó la armadura esta humana! Nota mental, la próxima vez quitar la armadura.


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