La mujer llevaba un hacha en la mano. El hollín que cargaba el aire se pegaba a las lágrimas de sus mejillas e irritaba su garganta a cada sollozo. El dragón no percibía ninguna amenaza emanando de ella. Y, sin embargo, era el único de entre todos aquellos seres chillones y asustadizos que le hacía frente.

Las cabañas crujían lamidas por las llamas, los aldeanos que aún quedaban con vida huían de la criatura esquivando fuego y escombros, sin detenerse a salvar otra cosa que sus vidas. Al rato, lo único que alcanzaba a oírse por encima del murmullo del fuego eran los gemidos de la mujer y el llanto de un bebé detrás de ella.

Los ojos del dragón no se apartaban de la mujer. El monstruo intentaba comprender qué tenía de particular aquel ser. Podía oler su terror, como el del resto de las criaturas que habían abandonado la aldea o habían perecido abrasadas o devoradas. Avanzó hacia ella con curiosidad, apoyando sus alas plegadas sobre la tierra. La mujer alzó el hacha y contuvo la respiración.

El dragón detuvo su avance, sin dejar de mirarla. Todo ese miedo… podía sentirlo en la parte de atrás de su lengua… pero ahí seguía, blandiendo un hacha que apenas era capaz de sostener. Con cuidado, inclinó su escamoso cuerpo hacia adelante, y, con el nudillo de una de sus alas, aplastó, como si fuera una uva, el cráneo del hombre que había alzado ese hacha antes que ella, probablemente su macho, y que hacía unos minutos que yacía ante ella con sus calientes entrañas desparramadas y los ojos fijos en el infinito. La mujer gritó, cerró los ojos, y trazó en un espasmo con su hacha un par de torpes medias lunas al aire que estuvieron a punto de hacerla caer. Luego recuperó su posición, jadeando entre sollozos.

Tras una corta espera, el dragón recibió una nueva oleada de esas partículas que acariciaban los agujeros de su nariz y cosquilleaban al contacto con su lengua, estimulando su saliva por instinto, a pesar de tener el estómago tan repleto que no habría podido tragar ni un meñique más.

Interesante criatura.

Debería estar huyendo y gritando como las otras, pero al verle destripar a su macho y acercarse a su cachorro, por puro instinto, le plantó cara. Sin fuerza, sin valor, sin ninguna oportunidad. Como un árbol irguiéndose ante el rayo.

El barullo de las llamas se iba apagando poco a poco, y los llantos del cachorro dominaban el espacio con imperiosa claridad. Dragón y humana se estudiaron.

Cuando el monstruo reposaba sin retraer sus viscosos labios ni mostrar su afilada sonrisa, no parecía tan amenazador. Era un simple animal. En realidad, una magnífica criatura. Los colores de sus escamas variaban ligeramente con reflejos verdes, dorados, violetas y anaranjados, dependiendo de la luz, una maraña de cuernos salpicaba su cabeza como lanceros apostados en las almenas de un castillo, y esas enormes y membranosas alas ya eran una maravilla de la naturaleza en sí mismas.

Pero lo más increíble de todo era la extraña calma que transmitía su rostro. Una tranquilidad, melancolía, y calidez, inconcebibles para una criatura que estaba diseñada, músculo por músculo, para la caza y la destrucción.

La mujer, todavía en guardia, bajó el hacha. Las lentas respiraciones del dragón eran marcadas por el siseo del gas expelido por sus cuencas nasales. El lejano resplandor del fuego, ya en retirada, todavía titilaba cada vez más tímido sobre sus escamas, pero refulgía sobre la superficie cristalina de sus ojos otorgándoles la vivacidad de dos antorchas.

La mujer se sorprendió por la serenidad de esos ojos.

Ojos intensos, ojos salvajes. Esferas hechas de rocas semipreciosas, negro carbón, y cristalino acabado, todo combinado en perfecta armonía. El fuego residual de la aldea bailaba con patrones coreográficos secretos sobre el conjunto de esos mágicos materiales.

Esos ojos la apaciguaban, la aislaban del mundo, la protegían de polvo y ceniza, del viento frío de la noche, y su cavernosa pupila le hablaba. Le susurraba palabras en un idioma gutural y desconocido. Cada sílaba de aquel inaudible lenguaje que la mujer creía percibir la arrullaba como una amante madre y calmaba sus sollozos de terror. Habría podido decirse que el dragón empezaba a respetar a aquella hembra que le hacía frente, y que estaba intentando comunicarla con el silencio de su mirada cuánto valoraba su arrojo, su entrega, y su sacrificio.  

La mujer sintió su corazón henchido. De alguna manera, sabía que esa criatura tan majestuosa, aquel monstruo de puro poder, la estaba tratando como a un igual. Relajó los hombros y estiró las rodillas, adoptando una posición confiada, y le devolvió su misma mirada de respeto, casi reverencia, hacia el enemigo.

En un silencio acompañado por el crepitar moribundo de la madera y la paja, dos seres de mundos diferentes se encontraron a medio camino y hablaron en un idioma sin sonidos.

O eso creía la mujer.

Porque sin saber cómo, y ninguna conciencia de que el tiempo hubiera pasado, oyó detrás de ella el batir de unas enormes alas y el llanto de un bebé alejándose hacia la negrura del cielo.

El dragón también tenía crías que alimentar.

De suaves escamas e inexpertos dientecillos.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 3 meses

    Me ha encantado el relato, he estad conteniendo el aliento hasta el final. ¡Qué pena lo del requisito! Pero las descripciones son tan vívidas y emotivas. Y el final... sencillamente redondo. Un auténtico gustazo leerlo, espero leerte en la próxima edición. Hasta entonces, si aún no lo conoces, te recomiendo el libro "70 trucos para sacar brillo a tu novela", te ayudará a pulir cosillas que vienen muy bien también para los relatos :) Nos leemos!!!


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