La mujer tenía un hacha en la mano. Al menos eso es lo que se veía desde fuera porque esa simple frase de ocho palabras tenía dos errores descomunales.

Por un lado, aquella no era un hacha cualquiera, estaba forjada por los elfos de las tinieblas durante la noche de las dos lunas de sangre. Ella había estado con ellos durante semanas para que la forja estuviera a punto, para que el filo absorbiera la magia de las sombras, para que no hubiera ni un error fatal que hiciera que el metal embebiera de su alma hasta dejarla seca. Después de tenerla entre sus manos, había estado entrenando día y noche, acostumbrándose a su peso, a su filo, a su velocidad con la que partía los troncos y las calabazas maduras. Había pasado seis lunas antes de que la mujer se encontrara preparada para hacerle frente a su destino.

Pero, tal y como te había dicho, había dos errores en aquella primera frase con la que te has embarcado en esta historia. El hacha no era un hacha. Y la mujer no era del todo una mujer.

A veces sí, durante el día adquiría la apariencia de una dama de pelo grisáceo y ojos azules. Iba vestida casi siempre de harapos y zuecos desgastados ya que los de su especie no le tenían ningún aprecio a su aspecto y, aunque la higiene era vital para su supervivencia, siempre prefería dejar su parte de agua a los retoños más jóvenes recién salidos del cascarón. Tenía debilidad por sus ojos gigantes y por sus encías desnudas con las que intentaban morder el aire y no podía evitar sonreír cuando uno de ellos volaba a su regazo para dormir un par de horas mientras ella desentrañaba los misterios de las escrituras antiguas.

Sin embargo, al caer el primer sol por el horizonte, todo cambiaba.

El proceso no era doloroso en sí, solo incómodo por explicarlo de alguna forma que entendáis. Su piel se dilataba y endurecía, sus huesos se agrandaban y multiplicaban, y sus uñas se volvía las garras más mortíferas que nadie había conocido nunca.

De día la llamaban Kiara. De noche, Destructora.

Ahora, apenas rayando el alba, Kiara se enfrentaba a su hermana Lhira por el derecho al trono. Y, aunque había entrenado día tras día, su hacha mágica había caído en pedazos sobre la tierra mojada, desintegrándose poco a poco bajo el poder de Lhira.

Kiara miró hacia su hermana y cayó de rodillas esperando su final. Nunca había querido el trono, siempre había pensado que Lhira sería una buena reina: era lista, veía más allá de lo que decían las personas y su porte regio y arduo reafirmaban su poder ya de por sí inmenso.

Pero jamás, en toda la historia de Zohtrum, habían eclosionado dos cachorritas blancas del mismo huevo y mucho menos cuando este huevo había sido elegido por los ancianos para ser el nuevo heredero al trono.

No había más opción, solo podía quedar una.

Y la superviviente era Lhira.

Kiara vio cómo su hermana se acercaba de forma silenciosa bajo la atenta mirada de todo el poblado. Unos se habían convertido en humano con la luz del día; otros, los más ancianos, necesitaban más tiempo para que su cuerpo se reajustase al cambio.

Lhira se agachó y Kiara contuvo el aliento al saber que se acercaba su final.

-¿Últimas palabras, hermana?

Kiara siempre había sabido que iba a morir aquel día, que Lhira la derrotaría con las manos desnudas en apenas un suspiro, así que tenía preparado lo que le quería decir desde hace veinte años:

-Serás una gran reina.

Lhira la observó con la mirada metódica. E hizo algo que nadie había previsto, que nadie jamás, había hecho.

Se transformó en dragón a plena luz del día.

Kiara quedó asombrada al ver que Justicia se alzaba ante ella. Los tres soles le provocaban brillos diferentes en las escamas entre plateado y marfil. Sus fauces se abrían de forma constante (tal y como hacía de pequeña, Kiara recuerda cuando abría la boca para intentar hablar con apenas un año) y rugió con todo el poder de sus pulmones.

Los ancianos volaron para detenerla, pero fueron muy lentos. Justicia agachó la cabeza y se tragó a su hermana.


Blanco. Brillante. Suave y blando. Aquel era el interior de Justicia, de Lhira. No había signos de tracto digestivo, de glándulas supurantes o de fuego eterno. Todo era paz y armonía y sintió la presencia de su hermana como un abrazo dulce.

-Así reinaremos juntas -escuchó que decía bajo el suelo-. Nos costará acostumbrarnos, pero seguro que lo conseguiremos, ¿verdad, Kiara?

-Tenías que matarme -se sorprendió ella buscando el origen de la voz-. Es lo que dijeron los ancianos.

-Los ancianos son débiles -se quejó Lhira-. No saben ver la energía que hay en nosotras. Nuestra conexión. Nuestros lazos.  Somos una, Kiara, siempre lo hemos sido.

Ella no respondió. Buscó a su hermana en aquel espacio inmaculado y, cuando vio su rostro en las paredes, se fundieron en un abrazo que ligó para siempre sus almas.

-Somos una -dijo la verdadera reina de Zohtrum-. Y reinaremos juntas.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.