La mujer llevaba un hacha en la mano, la sangre de mis hermanos impregnaba su filo. Yo permanecía inmóvil, oculto entre unos pedruscos al fondo de la cueva. Tenía que aguantar por ellos. Se acercaba a mi escondite, gritaba cosas en su extraño lenguaje. Mientras caminaba, restregaba su arma por la pared y el metal rechinaba contra la roca. Cerré los ojos aterrorizado, si me descubría, estaba perdido.

—Im ahcah àtse atneides ed ergnas ed nògard. —Canturreaba. El corazón me latía descontrolado—. ¿Adèuq nùgla otirrohcac sàm la euq rapirtsed?

La tenía justo delante. Nunca había visto a un humano de cerca; no eran tan grandes como imaginaba. Era una hembra de larga cabellera negra y ojos fríos como el hielo. Desprendía un olor fuerte y desagradable que me dio ganas de vomitar. La voz grave de uno de los machos llamó su atención.

—Sonomàv, on ayav a res euq agnev onugla ednarg. Ìuqa ay on adeuq adan.

Dio un último vistazo a su alrededor y regresó a la entrada. Aún esperé un tiempo hasta asegurarme que no se escuchaba ningún ruido antes de salir. Y hubiera deseado no haberlo hecho: Habían destrozado el nido, todo estaba manchado de sangre y escamas. Los ojos se me llenaron de lágrimas y un sentimiento de rabia e impotencia, que jamás había tenido, se apoderó de mi estómago.

Los humanos habían aprovechado que Padre y Madre ya no estaban, para atacarnos. No podía comprender por qué eran tan cobardes, solo éramos unas crías, una camada indefensa. Eran más de una docena, vinieron gritando y cubiertos con gruesas armaduras, blandían terribles hojas que cortaban y trinchaban. Se llevaron los cuerpos de mis cuatro hermanos. Y por primera vez, en mi corta vida, me encontré solo. 

Las escamas negras de Dío estaban por todas partes. Él era el más fuerte de nosotros, y pese a ser el segundo en nacer, era de mayor tamaño que Éna, la primogénita. Había peleado para defendernos; había mordido, desgarrado y abrasado a varios de ellos. Pero poco pudo hacer contra esas afiladas armas, que atravesaron sin descanso una y otra vez su joven piel. Sin duda ahora sería un gran guerrero.

Tría también peleó, pero ella no era tan hábil como Dío. Lo suyo era el ingenio. Era la favorita de Padre, pues tenía las escamas verdes, igual que él. Fue la mujer quien acabó con su vida, abrió su vientre con su hacha y dejó que se desangrara en una horrible agonía.

Me acerqué a la zona donde había muerto Éna. Estar cerca de ella era como estar con Madre, sus cálidas escamas eran blancas, como las suyas, y resultaban reconfortantes y tranquilizadoras. En cuanto empezó el ataque nos hizo escondernos a Téssera y a mí; éramos los más pequeños de la camada, los más vulnerables. Téssera y yo habíamos nacido del mismo huevo y nadie nos daba más de unas horas de vida. Sin embargo, luchamos contra natura, y salimos adelante para convertirnos en dos dragones mellizos de escamas naranjas, fuertes y sanos.

Cuando descubrieron a Téssera, Éna se lanzó a protegerla, pero ese animal bastardo le cercenó a las dos la cabeza con una enorme espada. En ese instante, una parte de mí, desapareció con ellas.

Ya no estaban, ninguno estaba. Les lloré durante muchas lunas. También esperé paciente por si regresaban Padre y Madre; ellos me llevarían a un lugar seguro. Pero no lo hicieron. No volvieron.

Un día desperté con una convicción: Nadie iba a salvarme. Subí al pico más alto y observé el bosque que rodeaba nuestra montaña. Nunca había volado más allá de esos árboles, pero el nido donde nací iba a ser mi tumba. Me armé de valor, desplegué mis alas anaranjadas y me lancé al vacío para no volver la vista atrás.

Con el paso del tiempo aprendí a valerme por mi mismo. Viajé durante más de trescientas lunas, descubrí lugares hermosos habitados por elfos tranquilos y trabajadores enanos. También encontré parajes espeluznantes donde oscuras criaturas me espantaron. Conocí a otros dragones, que como yo, eran seres asustadizos y solitarios. Me caí muchas veces y en todas tuve que esforzarme por volver a levantarme. Crecí y me convertí en un cazador más que decente. Y aunque mi miedo, se había convertido en odio, evité siempre los reinos de los humanos. Me aleje de sus aldeas, de sus campamentos.

Habían florecido las plantas y la tierra rebosaba vida. Después del frío de la estación blanca, el clima empezaba a ser caluroso. Me encantaba volar rápido para sentir como la brisa arrullaba mis escamas. Primero escuché unos gritos y casi al mismo tiempo percibí ese maldito olor que me dio arcadas. Los humanos estaban cerca. Mi primera reacción fue alejarme de ahí. Pero entonces sucedió.

—¡Mamá, no quiero morir!... ¡Duele!... ¡Me hacen daño!

La voz sonaba en mi cabeza. Pero no era solo sonido, la acompañaban una vorágine de sentimientos. Así era como yo me había sentido como atacaron el nido. La curiosidad me hizo buscar el origen. Se trataba de un grupo de hombres: dos machos y una hembra; golpeaban a un pequeño cachorro humano que lloraba aterrorizado.

—Yah euq rabaca noc atse arutairc larutanitna. —Uno de los hombres le entregó una daga a la mujer. Ella asintió y la cogió.

—Mamá, ¿qué haces? —Era el cachorro el que hablaba. No movía los labios y no parecía que lo oyeran.

La mujer lo miró y alzó el arma; el niño cerró los ojos llenos de lágrimas. No dijo nada pero sentí como había aceptado su destino. Por un instante volví a ser ese pequeño y temeroso dragón al que se lo habían arrebatado todo. Y no pude permitir que sucediera de nuevo.

Cuando quisieron dar cuenta ya me tenían encima. Mi tamaño era el doble al de cualquiera de ellos. Los dos machos no pudieron hacer nada contra mis afiladas garras y mi aliento de fuego. La hembra soltó el arma y echó a correr.

—¡No! —chilló el niño en mi cabeza— ¡Vete, bicho asqueroso!

Había cogido la daga del suelo y me amenazaba con ella. Su cuerpo diminuto y enclenque estaba magullado, pero su aura era tan fuerte que iluminaba todo de valor y fiereza. En ese momento me di cuenta de lo especial que era ese pequeño.

—Tranquilo, no voy a hacerte nada —dije. El niño abrió mucho los ojos y dejó caer el arma.

—¿Puedes… Oírme? —balbuceó otra vez en mi cabeza, lo sentía tan asombrado y confuso que apenas podía ordenar mis propios pensamientos. Asentí. —Nunca nadie me había escuchado.

El cachorro se abalanzó sobre mí y se abrazó a mi pecho. Su cuerpo era cálido y su piel muy suave. Su olor era diferente al de los otros, era casi soportable. No había miedo, solo ilusión e inocencia. Apoyé mi barbilla sobre su cabeza, dispuesto a saborear esa emoción.

—Estás a salvo —le susurré— esos hombres ya no te harán daño. 

El pequeño se separó y miró los cuerpos con seriedad. Negó con la cabeza.

—Ellos no, pero vendrán otros. —Todo mi ser se impregnó con su resignación—. No soy como ellos, me tienen miedo.

—¿Miedo? —Yo no lo entendía.

El pequeño alargó la mano y la apoyó en mi hocico. Cerró los ojos y me lo mostró: su dolor llegó en una brutal ráfaga que me golpeó sin compasión; su miedo heló mi sangre; su impotencia, que era como la mía, me terminó de desgarrar por dentro. Cuando todo acabó ambos temblábamos. El cachorro había nacido sin voz, pero con un maravilloso don que había sido capaz de estremecerme con una simple caricia. Ese niño estaba destinado a hacer cosas grandes.

Nuestra conexión fue inmediata, y entonces comprendí: el encuentro no había sido casualidad, yo estaba ahí para defenderle y protegerle. Me agaché para que subiera mi espalda.

—Vámonos de aquí —le dije. El niño se montó sobre mi lomo y alcé el vuelo con cuidado para no se cayera. 

Desde el cielo pudimos ver a la mujer corriendo por el camino, el estómago se me encogió de odio, y el sentimiento de traición del niño no tardó en apoderarse del resto de mi cuerpo. No necesitó decirme nada, bajé en picado a cortarle el paso. Ella se tiró al suelo aterrorizada, y empezó a llorar y suplicar por su vida.

No tuve clemencia, como ella no la había tenido de su propio hijo. Cuando su cuerpo calcinado cayó al suelo, nos sentimos satisfechos. Ambos sonreímos. Él me había dado el valor que no había sabido encontrar y a cambio yo le ofrecía la fuerza que aún no poseía.

—Gracias —susurró en mi cabeza mientras volvíamos a coger altura a la par que agarraba mi piel con fuerza—. Me llamo Ur.

—Yo soy Pénte —murmuré.

Y así empezó comenzó la leyenda, aún no lo sabíamos, pero muy en el fondo teníamos la certeza de que mientras siguiéramos juntos seríamos imparables.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Enhorabuena por el relato, Rak. Se nota que escribes terror en la crudeza de las situaciones y en lo gráficamente que describes la crueldad del relato.
    Un saludo!

  • Rak Pyro's @dopidop hace 3 meses

    Muchas gracias por tus palabras @OscarXiberta, comentarios así animan el día y la semana ¡un abrazote!

  • Peliwars @Peliwars hace 2 meses

    Me ha encantado. La perspectiva de la pobre cría es, como bien dices, desgarradora, y me encanta cómo has tratado al propio personaje de Pénte. Una narración introspectiva genial


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